Hoy nos detenemos
en una parte del capítulo VII de la Constitución del Concilio Vaticano II sobre
la Iglesia, para meditar sobre una de sus características distintivas: la
dimensión escatológica.
En esta historia
terrena, la Iglesia camina siempre orientada hacia la meta final, que es
la patria celeste. Se trata de una dimensión esencial que, sin embargo, a
menudo descuidamos o minimizamos, porque estamos demasiado concentrados en lo
inmediatamente visible y en las dinámicas más concretas de la vida de la
comunidad cristiana.
La Iglesia es el
pueblo de Dios en camino en la historia; el fin de todo su obrar es el Reino
de Dios (cfr. Lumen Gentium, 9). Jesús dio comienzo a la Iglesia
precisamente anunciando este Reino de amor, de justicia y de paz (cfr. Lumen
Gentium, 5). Por ello, estamos llamados a considerar la dimensión comunitaria y
cósmica de la salvación en Cristo, y a dirigir la mirada a ese horizonte final,
para medir y evaluar todo desde esa perspectiva.
La Iglesia
vive en la historia al servicio de la llegada del Reino de Dios al mundo. Anuncia a todos y siempre las palabras
de esta promesa, recibe un anticipo en la celebración de los sacramentos,
especialmente de la Eucaristía, y pone en práctica y experimenta su lógica en
las relaciones de amor y de servicio. Asimismo, sabe que es lugar y medio donde
la unión con Cristo se realiza “más estrechamente” (Lumen Gentium, 48) y, al
mismo tiempo, reconoce que la salvación puede ser donada por Dios en el
Espíritu Santo también fuera de sus límites visibles.
En este sentido,
la Constitución Lumen Gentium realiza una afirmación fundamental: la Iglesia
es “sacramento universal de salvación” (Lumen Gentium, 48), es decir, signo
e instrumento de la plenitud de vida y de paz prometida por Dios. Esto
significa que no se identifica plenamente con el Reino, sino que es su germen e
inicio, pues su cumplimiento será dado a la humanidad y al cosmos solamente al
final.
Por eso, los
creyentes en Cristo caminan por esta historia terrena, marcada por la
maduración del bien, pero también por injusticias y sufrimientos, sin caer
en ilusiones ni en la desesperanza. Viven orientados por la promesa
recibida de «Aquel que hace nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21,5). Así, la
Iglesia realiza su misión entre el “ya” del inicio del Reino de Dios en
Jesús y el “aún no” de su cumplimiento prometido y esperado.
La Iglesia
custodia una esperanza que ilumina el camino y tiene también la misión de
pronunciar palabras claras para rechazar todo lo que mortifica la vida e impide su desarrollo, y para
tomar posición a favor de los pobres, los explotados, las víctimas de la
violencia y de la guerra, y de todos los que sufren en el cuerpo y en el
espíritu (cfr. Compendio de la doctrina social de la Iglesia, n. 159).
Signo y
sacramento del Reino, la Iglesia es el pueblo de Dios peregrino en la tierra
que, a partir de la promesa final, lee e interpreta, según el Evangelio,
los dinamismos de la historia, denunciando el mal en todas sus formas y
anunciando, con palabras y obras, la salvación que Cristo quiere realizar para
toda la humanidad y su Reino de justicia, de amor y de paz. La Iglesia, por
tanto, no se anuncia a sí misma; al contrario, todo en ella debe remitir
a la salvación en Cristo.
Desde esta
perspectiva, la Iglesia está llamada a reconocer humildemente la fragilidad
humana y la caducidad de sus propias instituciones, que, aun estando al
servicio del Reino de Dios, llevan la imagen de este siglo que pasa (cfr. Lumen
Gentium, 48). Ninguna de las instituciones eclesiales puede ser absolutizada;
es más, como viven en la historia y en el tiempo, están llamadas a una
conversión constante, a la renovación de las formas y a la reforma de las
estructuras, a la continua regeneración de las relaciones, de modo que puedan
responder verdaderamente a su misión.
En el horizonte
del Reino de Dios se debe comprender también la relación entre los cristianos
que cumplen hoy su misión y aquellos que ya han concluido su existencia terrena
y se encuentran en un estado de purificación o de bienaventuranza. Lumen Gentium
afirma que todos los cristianos forman una única Iglesia, en la que existe
una comunión y una participación en los bienes espirituales fundada en la
unión con Cristo de todos los creyentes; una fraterna solicitud entre la
Iglesia terrena y la Iglesia celeste: esa comunión de los santos que se
experimenta especialmente en la liturgia (cfr. Lumen Gentium, 49-51).
Rezando por los
difuntos y siguiendo las huellas de quienes ya vivieron como discípulos de
Jesús, también nosotros recibimos ayuda en nuestro camino y fortalecemos la
adoración a Dios. Marcados por el único Espíritu y unidos en la misma liturgia,
junto con aquellos que nos han precedido en la fe, alabamos y damos gloria a la
Santísima Trinidad.
Agradezcamos a
los Padres conciliares por habernos recordado esta dimensión tan importante y
tan hermosa de nuestro ser cristianos, y esforcémonos por cultivarla en nuestra
vida. Fuente: Aciprensa.

