6 de septiembre 2026 “Que la única deuda con los demás sea
el amor” Ángelus Regina Coeli, Papa León XIV, Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
La Palabra de Dios proclamada en la liturgia de este domingo
nos ofrece algunos criterios fundamentales de pensamiento y de acción. Leemos
en la Carta a los Romanos que todos los mandamientos «se resumen en este:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Romanos 13, 9). San Pablo insiste en
este punto con una imagen muy fuerte, presente también en el “Padre nuestro”.
Escribe: «Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo» (v.
8).
Jesús nos ha enseñado a invocar y a practicar el perdón de
las deudas. Sin embargo, hay una heredad que nos debemos los unos a los otros,
sin quedar atrapados por ella: es la deuda de un amor mutuo. Toda la atención,
el cuidado y el bien que hemos recibido nos hacen más libres y responsables.
En el Evangelio de este domingo, Jesús sugiere a cada
comunidad cristiana al menos dos modos de ejercitar el amor mutuo. El
primero es ser capaces de realizar la corrección fraterna. Es un arte delicado
y muchas veces olvidado, que requiere franqueza y gradualidad. Hablarse con
sinceridad —primero de tú a tú; después, si es preciso, entre dos o tres
personas; finalmente, cuando sea necesario, con toda la comunidad— significa
afrontar la realidad y transformar problemas y conflictos en pasos de
crecimiento. La lamentación y la maledicencia son más fáciles, pero no
generan nada y paralizan muchas situaciones. El Evangelio, sin embargo, nos
educa a la libertad en la caridad.
Además, hay un segundo modo de amar fraternalmente, que para
Jesús transforma incluso la oración: ponerse de acuerdo. No solamente
cuando hay un conflicto, sino para pedir a Dios cualquier don. Dice el Señor:
«Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en
el cielo se lo concederá» (Mateo 18,19).
Esta promesa sugiere que podemos tener
deseos comunes, dolores comunes, esperanzas comunes y, a través de la oración,
crecer en la unidad. Sin la fe, cualquiera podría sentirse solo y sospechar
de los demás, viéndolos como extraños y enemigos. Sin embargo, por gracia,
somos hermanos y hermanas que pueden ponerse de acuerdo: encontrándose,
perdonándose y escuchándose en el Señor.
Pidamos a María, quien tras el anuncio del ángel fue deprisa
al encuentro de su prima Isabel para compartir la alegría y el cansancio del
embarazo, que nos enseñe también a nosotros la gozosa deuda del amor fraterno.
Fuente: Vatican. Va.

