5 de julio 2026 “La verdadera sabiduría se revela en la
humildad” Ángelus Regina Coeli, Papa León XIV. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
La sencillez de un gesto tan espontáneo y alegre corresponde
al estilo de Dios, que ama revelarse “a los pequeños”, mientras permanece
oculto “a los sabios y entendidos” (cf. v. 25).
Estos, en efecto, están tan llenos de sus propias ideas que
no reconocen la presencia de Cristo, el Mesías que visita a su pueblo. La
sabiduría humana se convierte entonces en arrogancia y la doctrina degenera en
soberbia. La verdadera sabiduría de Dios se revela, en cambio, en la
humildad de la carne y su enseñanza se dirige a quienes pasan más
dificultad: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas» (v. 28),
dice el Señor. Acudir a Jesús significa corresponder a su amor y compartir su
vida hasta la cruz, tal y como Él mismo nos explicó: «Si alguno quiere venir
detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga» (Mateo
16,24). Precisamente la entrega de sí mismo por amor es el “yugo” de Jesús (cf.
Mateo 11,29), es decir, la síntesis de su enseñanza, el corazón de su
sabiduría, ardiente de caridad hacia todos.
Hermanos y hermanas, ¿cómo puede ser “ligero” y “suave” el
peso de la cruz (cf. v. 30)? Por una única razón: porque el Señor lo lleva
primero y junto con todos nosotros, sin dejarnos nunca solos ante lo que nos
abate. Como auténtico maestro, Jesús se hace cargo de la humanidad herida por
el mal, para cuidar de ella. La sabiduría que Él nos dona es, pues, un
anuncio de salvación, y su yugo nos levanta en cada caída. Al seguir a
Cristo, nuestro camino no es, por tanto, una ascética que mortifica: es una
escuela de libertad, que se toma en serio el drama de la historia y siempre
ilumina su sentido, sobre todo en los momentos más oscuros. De hecho, sólo
en la cruz de Jesús se redime el mal: sólo en su pasión nuestro cansancio
mortal encuentra consuelo y redención.
En la esclavitud, Cristo es liberación. Bajo el azote
de la guerra, Cristo es esperanza. En la hora del pecado, Cristo es perdón.
Esta es la verdadera sabiduría, es decir, el camino que queremos recorrer
juntos, unidos en su nombre como discípulos. Jesús nos lo enseña como Hijo,
haciéndose nuestro hermano: con la fuerza del Espíritu Santo, Él mismo
revela a la Iglesia la verdad de Dios y del hombre, porque «nadie conoce al
Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (v. 27).
Queridos amigos, mientras damos gracias al Señor por esta
muestra de confianza llena de amor, pidamos la intercesión de María, Reina de
la paz, por el bien de la Iglesia y del mundo entero. Fuente: Vatican. Va.

