9 de septiembre 2026 “Hemos recibido una dignidad única e
indeleble” Audiencia Papa León XIV Plaza de san Pedro.
Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
La Constitución conciliar Gaudium et Spes (GS), al dedicar
el primer capítulo a la dignidad de la persona humana, subraya que esta es
fundamento y condición de aquellos «valores que hoy disfrutan la máxima
consideración», pero que necesitan no perder la relación con «su fuente
divina», para sustraerse a las posibles distorsiones debidas a la «la
corrupción del corazón humano» (Gaudium et Spes, 11).
El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los
derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa, ciertamente,
una de las páginas más significativas de la historia humana. Sin embargo, el
camino que queda por recorrer no ha terminado y debe afrontar las
contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización.
La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando
que la dignidad humana brota del mismo ser de la persona. He tenido
ocasión de reafirmarlo también en la reciente Encíclica Magnifica Humanitas:
«Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida
por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la
creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las
riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que
toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como
expresión de su amor que nunca falla» (numeral 50).
La dignidad infinita del ser humano, por tanto, se
arraiga en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de
conocer y amar a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás
realidades creadas, las cuales están confiadas a su cuidado «para gobernarla y
usarla glorificando a Dios» (Gaudium et Spes, 12).
En la fe podemos comprender el fundamento último de la
dignidad de la persona, puesto que el Hijo, «en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (numeral 22).
La persona implica siempre relación, comunión y
participación con respecto a Dios y a los demás; por lo tanto, una relación
filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los seres
humanos. Excluye los cierres autorreferenciales. Ser persona significa
percibirse a sí mismo como un don que hay que compartir, creciendo y
madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.
Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada
uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando
las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su
percepción y obstaculizan su realización.
De hecho, por las decisiones en contra de su dignidad
tomadas a lo largo de la historia, todavía hoy «...esto ... explica la división
íntima del hombre» y «Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se
presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre
la luz y las tinieblas». Esta condición frágil y limitada, sin embargo, puede
contemplarse con esperanza, pues «el Señor vino en persona para liberar y
vigorizar al hombre, renovándole interiormente y expulsando al príncipe de
este mundo (cf. Juan 12,31), que le retenía en la esclavitud del pecado.» (Gaudium
et Spes, 13).
La Constitución Gaudium et Spes, además, afirma que la
dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, es
necesario superar las visiones dualistas: el ser humano es «unidad de
cuerpo y alma». La reducción del cuerpo a un “objeto”, del que se puede
disponer arbitrariamente, es siempre una negación de la dignidad de la persona:
«No debe [...] despreciar la vida corporal del hombre», y es necesario
«tener por bueno y honrar a su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha
de resucitar en el último día», vigilando que este no « permita que lo
esclavicen las inclinaciones depravadas de su corazón» (Gaudium et Spes, 14),
puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.
Por último, son tres las expresiones más significativas de
la dignidad de la persona que la Gaudium et Spes destaca: la inteligencia,
que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la
conciencia, por medio de la cual da unidad y sentido a su propia vida (n.
16); y la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus
propias decisiones (numeral 17).
Son dimensiones estrechamente vinculadas entre sí: es en
la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y donde la libertad puede
experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da
vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad
de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última:
aquella vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido:
solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre; de Él recibimos luz
sobre el enigma del dolor y de la muerte, y con Él caminamos hacia la
resurrección.
Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por
medio de Cristo y en vistas a Él, hemos recibido una dignidad única e
indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y
la fuerza del Evangelio. Fuente: Aciprensa. Com

