12 de julio 2026. “Jesús mismo es la semilla” Ángelus Regina
Coeli Papa León XIV. Plaza de la libertad. Castel Gandolfo.
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y feliz domingo.
Hoy, en la liturgia, el evangelista Mateo nos presenta la
parábola del sembrador (cf. Mateo 13, 1-23), que describe la generosidad y la
confianza con las que Dios esparce su Palabra en nuestro corazón y su poder en
nosotros.
Es verdad que, a veces, encuentra en nosotros un terreno
duro e insensible; otras veces, un terreno distraído, semejante al suelo
pisoteado de los caminos, al terreno pedregoso o a los matorrales de espinos.
Pero hay momentos en los que encuentra una tierra receptiva y fértil, y
entonces se producen milagros de amor capaces de cambiar todo lo demás,
como ciertamente también nosotros hemos experimentado en nuestra vida. Por eso
el Padre no deja de sembrar, porque sabe que el poder de su amor es más
fuerte que nuestra debilidad (cf. 2 Corintios 12, 9-10).
San Juan Crisóstomo, refiriéndose a la «semilla» de la
Palabra de Dios, afirma: «¿En qué cabeza cabe —me dirás— sembrar sobre espinas
y sobre roca y sobre camino? —Tratándose de semillas que han de sembrarse en la
tierra, eso no tendría sentido; mas, tratándose de las almas y de la siembra de
la doctrina, la cosa es digna de mucha alabanza». (Homilías sobre el Evangelio
de Mateo, 44, 3), porque en las manos de Dios es posible que «la roca se
transforme y se convierta en tierra grasa; y que el camino deje de ser pisado y
se convierta también en tierra fecunda, y que las espinas desaparezcan y dejen
crecer exuberantes las semillas» (ibid..).
La generosidad de Dios para con nosotros no es ingenua,
sino sabia, y sabe descubrir en nosotros la posibilidad de un bien del que,
a veces, ni siquiera nosotros mismos somos conscientes. Por eso el Señor, que
conoce bien el terreno de nuestro corazón mejor de lo que nosotros mismos lo
conocemos, no deja de creer en nosotros, en lo que somos y en lo que podemos
llegar a ser, día tras día, si con fe nos abandonamos en Él.
Así, de la gratuidad y la confianza con las que se esparce
la semilla, y de la humildad y la disponibilidad con las que es recibida, crecen
en nosotros y se difunden los frutos del Espíritu Santo, que son, como
enseña san Pablo: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad,
fidelidad, modestia, dominio de sí» (Gálatas 5, 22). ¡Cuánto necesita nuestro
mundo de estos frutos, de ser colmado y transformado por ellos!
Comprometámonos, entonces, especialmente en estos días de
vacaciones, a dar espacio a la escucha, a la lectura y a la meditación de la
Palabra de Dios, cultivando, junto con el descanso y la sana diversión,
también momentos significativos de silencio y de oración. Volveremos a nuestras
ocupaciones habituales renovados en el cuerpo y en el espíritu, dispuestos a
anunciar la Buena Noticia del Evangelio y cada vez con más capacidad de
colaborar en el crecimiento del Reino de Dios.
Que María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la
evangelización, nos ayude a todo esto. Fuente: Vatican. Va.

