16 de julio de 2026

VIVIR Y MORIR DIGNAMENTE Padre Mario García Isaza


16 de julio 2026. VIVIR Y MORIR DIGNAMENTE. Autor: Padre Mario García Isaza c.m. Formador Seminario Mayor Arquidiócesis de Ibagué. Correo: magarisaz@hotmail.com   
Da cuenta El Tiempo  de hoy, 15 de julio, en una secundaria columna de  tercera página, del asesinato de la sicóloga bogotana Catalina Giraldo, de 31 años de edad. El diario capitalino informa el hecho con la frialdad de quien da cuenta de un hecho cualquiera…de un día lluvioso, o  del colapso de un puente... No se adivinan, en el texto de la columna, la realidad estremecedora, el drama humano desgarrador, la tragedia y el sacudimiento que en ella se desarrollan si uno tiene una pizca de sentido ético y de pensamiento trascendente; y mucho menos, por supuesto, hay un asomo de valoración ética o religiosa del acontecimiento.
 
Claro, esto último no es asunto del periódico. Que, por supuesto, no habla de asesinato, sino que envuelve las cosas en ese  lenguaje mentiroso y cobarde que, para no llamar las cosas por su nombre, acude a eufemismos y ambigüedades araneras. Reza así el texto:” Catalina Girado murió dignamente, aunque no de la forma que deseaba. La sicóloga bogotana acudió a la eutanasia después de que el sistema de salud le negara la posibilidad de recibir asistencia médica al suicidio (AMS)…” Y a renglón seguido, nos recuerda El Tiempo las actuaciones  mediante las cuales la inefable Corte Constitucional despenalizó tanto la eutanasia como el suicidio asistido.
 
He elevado mi  oración por el alma de Catalina; la he confiado a la misericordia infinita de Dios, único dueño de la vida y único juez definitivo de nuestros actos.
“Murió dignamente” ¡No, que no! Ni el homicidio, -¡que eso es la eutanasia! - ni el suicidio, son formas dignas de morir. A fuerza de oírlas nombrar con eufemismos trapaceros, vamos casi aceptando, sin  percatarnos de su perversidad, aberraciones morales  - el aborto, la eutanasia, las anormalidades sexuales, las asimilaciones imposibles de relaciones vitandas con el amor conyugal…y otras tantas realidades nefandas que son contrarias a la ley natural.
 
Digna es la muerte de quien llega a ella rodeado del afecto de los suyos, recibiendo de ellos y del Estado los cuidados suficientes y eficaces para buscar su salud, y, cuando eso no es ya posible, para hacer llevadero hasta donde sea posible el sufrimiento; digno el final de quien es capaz de hallarle un valor humano e inclusive espiritual y sobrenatural, al dolor. Digno el morir de quien respeta la ley de Dios, reconoce y valora la vida como un don suyo, y alimenta en el corazón y en la mente la certeza consoladora de una vida que nos espera cuando dejamos este mundo.
 
Estoy escribiendo estas líneas precisamente en el día en que se cumplen veintiséis años de la dignísima muerte de mi papá. El 15 de julio del año dos mil, con ciento cuatro años  de edad, mi padre regresó  a la Casa del Padre Dios; asistido, en sus últimos meses, no solo por una atención médica meritísima que buscaba atenuar sus dolores, sino por el hondísimo y tierno afecto de mi mamá y de todos los que somos herederos de su vida ejemplar. 

Sea este deshilvanado comentario un homenaje filial a su santa memoria inmarcesible.
Cuán bella y profunda es la doctrina católica que se nos enseña en el Catecismo, (Números 1006 -1013) y que nos recuerda que nuestra muerte, consecuencia del pecado, fue “transformada por Cristo”; que gracias a Él “la muerte tiene un sentido positivo”; que en la muerte “Dios llama al hombre hacia sí”, y que la aceptación de nuestra muerte puede, por la fe, convertirse en un hermoso “acto de obediencia y de amor hacia el Padre”
 
Y cuán severa y categórica es esa misma enseñanza de la Iglesia cuando nos recuerda que “una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona y al respeto de Dios” (CEC Numeral 2277), y que “ somos administradores, no dueños, de la vida que Dios nos ha confiado…el suicidio contradice la inclinación natural del hombre a conservar su vida…es gravemente contrario al justo amor a sí mismo…ofende el amor al prójimo…y es contrario al amor del Dios vivo” ( Ibid., 2280-81)
 
Sigamos orando al Dios de Colombia para que nuestra patria retorne a un camino  iluminado por la verdad cristiana y regido por sus valores intocables; y sigamos viviendo en la perspectiva luminosa de quien sabe que cuando traspasemos el umbral postrero entraremos a la vida verdadera.