28 de octubre 2026 “La Fe es una realidad encarnada” Audiencia Papa León XIV, Plaza de san pedro. Gaudium et Spes numerales 53-62.
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos!
La Iglesia católica siempre se ha preocupado por acompañar
la predicación del Evangelio con la creación de escuelas de todo tipo,
destinadas a promover la formación humana, cultural y espiritual de hombres y
mujeres de los cinco continentes. Las universidades medievales nacieron, como
sabemos, en el seno de la Iglesia, y contribuyeron de manera decisiva al
desarrollo de la civilización occidental.
Al mismo tiempo, el progreso de la cultura y de los
conocimientos plantea interrogantes siempre nuevos y más profundos que
estimulan a los creyentes a dar razón de su fe (cf. 1 Pedro 3, 15-17). Por
último, en cuanto expresiones de la dimensión espiritual del ser humano, las
diversas manifestaciones de la cultura contribuyen a abrir las mentes a las
preguntas permanentes sobre el sentido del mundo y de la existencia humana,
preparando así el camino para acoger el Evangelio de Jesucristo.
La relación entre la fe y la cultura encuentra su
fundamento principal en la Encarnación: si la Palabra divina se hizo carne
y habitó entre nosotros (cf. Juan 1, 14), también la fe es una realidad
encarnada, entretejida con la cultura en la que está inmersa. La fe está
llamada, asimismo, a hacerse cultura, es decir, a llegar a la persona en su
entorno vital, constituido por palabras humanas, tradiciones, sentido
religioso, arte y poesía, pensamiento y ciencia. Como solía repetir san Juan
Pablo II, «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no
enteramente pensada, no fielmente vivida». [1]
La fe puede encarnarse en cualquier cultura, porque no se
identifica de manera específica con ninguna de ellas. Habita en ellas y las
configura desde dentro según la «forma» de Jesucristo, es decir, mediante la
caridad, el servicio y el reconocimiento filial de la paternidad de Dios. Así, la
Iglesia descubre en las diversas culturas todo lo que hay en ellas de bueno,
bello y verdadero, para encarnar y transmitir el mensaje del Evangelio.
Al mismo tiempo, puesto que ha sido «enviada a todos los
pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera
exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular
de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y
consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión
con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la
propia Iglesia y las diferentes culturas» (Gaudium et Spes, 58).
La Iglesia promueve la cultura porque esta es un bien en
sí misma y un servicio al ser humano y al cumplimiento de su vocación en la
tierra. Por esta razón, Gaudium et Spes exhorta a la comunidad internacional a
procurar que todos puedan acceder a los bienes culturales fundamentales,
superando el analfabetismo y la falta de instrucción. Todos aquellos que tienen
capacidad para acceder a los estudios superiores —afirma con valentía el
Concilio— deben contar con las condiciones necesarias para poder hacerlo
efectivamente. Asimismo, es «deber de todos procurar que se reconozca y
promueva la participación propia y necesaria de la mujer en la vida cultural» (Gaudium
et Spes, 60).
Además, Gaudium et Spes sostiene la necesidad de orientar la
enseñanza hacia cierta unidad del saber, aunque las condiciones de vida, al
haber cambiado, puedan hacer más difícil esta tarea (cf. Gaudium et Spes, 61). Los
cristianos son los primeros que deben esforzarse por realizar esta unidad
sapiencial, ante todo en sí mismos. Aunque hayan recibido de la Revelación
las respuestas a las grandes preguntas de la existencia, esto no los dispensa
de una paciente formación intelectual y cultural.
Por el contrario, sus
conocimientos humanos y científicos deben avanzar al mismo paso que los
contenidos de su fe, que han de profundizar continuamente a medida que avanza
su edad y según el nivel de sus estudios.

