11 de octubre 2026. “No siempre el bien que ofrecemos es
comprendido”. Ángelus Regina Coeli, Papa León XIV. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy, en el Evangelio, Jesús habla de la fiesta de bodas que
un rey prepara para su hijo (cf. Mateo 22, 1-14).
El matrimonio de un hijo es un momento especial para cada
familia, y este padre, feliz, quiere compartir su alegría con todos. Ofrece un
banquete e invita a muchas personas. Santo Tomás de Aquino dice, al respecto,
que el bien tiende por naturaleza a difundirse: «Bonum dicitur
diffusivum sui» (Summa theologiae, I, q. 5 a. 4, ad 2). También la imagen de
nuestro relato, en el contexto concreto de una experiencia cotidiana, nos habla
de esta realidad. Cuando sucede algo bueno, se enciende una luz que lleva a
incluir a los demás en la propia felicidad.
Sin embargo, ante un ofrecimiento tan hermoso, los
invitados, en vez de unirse a la fiesta, dan un paso atrás y prefieren seguir
ocupándose de sus propios asuntos. Es más, algunos, molestos, insultan e
incluso matan a los mensajeros del rey. Lamentablemente, esto también sucede: el
bien que ofrecemos no siempre es comprendido, reconocido o apreciado; a
veces incluso es malinterpretado y rechazado. Pero eso no debe desanimarnos. El
rey, frente al rechazo, no suspende la boda ni cancela los festejos; es más,
extiende su invitación a un número aún mayor de personas, enviando a sus
siervos a llamarlas por las calles, de modo que la alegría de los esposos sea
un don para todos.
Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿a quién representan
los protagonistas de esta historia? San Jerónimo identifica al rey con el
Padre de los cielos, al esposo con Jesús y a la esposa con la Iglesia (cf.
Comentario al Evangelio de san Mateo, Libro III, cap. 22). Entre los
protagonistas, entonces, estamos también nosotros, elegidos por el Señor para
compartir con Él nuestra existencia y para ser junto a Él portadores de vida. La
fiesta de bodas es la nuestra, y la sala del banquete son nuestras iglesias,
nuestras casas, los lugares donde vivimos, y donde cada día el Hijo del Rey,
Jesucristo, vuelve a declararnos su amor y espera nuestro “sí”. Allí nosotros
lo encontramos, como la esposa, con la vestidura blanca del Bautismo y
ataviados con las joyas de las buenas obras, que nos acercan a Dios y entre
nosotros.
La alegría que anunciamos no es artificial, sino profunda,
concreta, real, hermosa como los rostros de las personas que encontramos,
verdadera como el trabajo, las sonrisas, las lágrimas, las manos estrechadas,
los gestos de bien de nuestras jornadas. Y es un don de Dios para la salvación
del mundo.
Pidamos a María, Madre del Señor, que nos ayude a crecer en
esta alegría y a anunciarla siempre y en todas partes, también allí donde no es
comprendida; con generosidad, con valentía y con fe. Fuente: Vatican. Va

