10 de enero 2026. COMPARTIENDO SUEÑOS … Padre Mario García Isaza
c.m. Formador, Seminario Mayor, Arquidiócesis de Ibagué. Correo: magarisaz@hotmail.com
Transcurren los primeros días de un nuevo año…Y todos
solemos soñar lo que, durante él, esperamos vivir. En quienes creemos que
nuestra vida está en manos de Dios, esos sueños se vuelven oración. Le pedimos
al Señor que nuestros sueños se hagan realidad; lo hicimos, muy probablemente,
al pie del pesebre en el que adoramos al Dios anonadado envuelto en humildes
pañales; lo hicimos, supongo, al compás de las doce campanadas del 31 de
diciembre a medianoche …
Y en estas líneas, yo quiero compartir con mis amigos algo
de mis sueños; que esta sea la manera de hacerles llegar mi abrazo de Año
Nuevo.
Estoy soñando con una Iglesia que continúe avanzando, guiada
por nuestro santo padre el Papa León XIV, por esos caminos de renovación que
trazaron san Juan XXIII, y san Juan Pablo
II, y san Pablo VI, y el también santo Benedicto XVI, y el siempre amado Papa
Francisco: caminos de conversión evangélica, caminos de retorno a lo más
genuino del mensaje de Jesucristo; con una Iglesia que no es aduana, sino
puerta abierta para todos; una Iglesia que condena el mal y el pecado, pero
acoge con un abrazo al pecador, cualesquiera que sean sus miserias;
una Iglesia que hace real y efectiva opción preferencial
por los pobres, sencillamente porque ellos son los preferidos de Jesús;
una Iglesia que no se identifica con
ninguna cultura humana, pero acoge en su enseñanza los valores de todas las
culturas, en los cuales sabe identificar semillas del Reino; una Iglesia que no tiene miedo de ser perseguida
o burlada cuando predica el Evangelio sin edulcorarlo, sin minimizar sus
exigencias; una Iglesia que nunca más
adopte la actitud del levita y el sacerdote de la parábola, sino siempre la del
buen samaritano;
una Iglesia, como escribe José María Cabodevilla, capaz de
“bajar a la plaza pública, de adaptar su mensaje a las mentes contemporáneas,
pero sin desvirtuar una sola coma del mensaje que le fue confiado hace tiempo,
sin renegar del reino de pureza que el Señor sigue defendiendo en el resto de
Israel” ( Cabodevilla, “Carta de la Caridad”); una Iglesia en la que los
niños se sientan amados y protegidos, los jóvenes hallen valores que
respondan a sus ilusiones y a sus entusiasmos, los pecadores experimentemos
siempre el consuelo del perdón misericordioso;
una Iglesia en que los laicos vayan teniendo cada vez más
amplios espacios para vivir y ejercer su sacerdocio real, y los clérigos
seamos cada vez más auténticamente servidores de los hermanos, los consagrados
sigan siendo anuncio vivo y profético de un Reino que no es de este mundo.;
una Iglesia en la que nos sintamos amados y salvados.
Estoy soñando con mundo en el que, por fin, se instauren
la paz y la justicia; un mundo en que dejen de correr los ríos incontenibles de
sangre y de violencia; un mundo que reconozca que existe un Dios que es el
único dueño de la vida y del destino de los hombres; un mundo en que de las
espadas se forjen arados y de las lanzas podaderas; un mundo en que las
naciones y los hombres que se sienten poderosos no continúen, como hoy lo
hacen, subyugando a los más débiles y conculcando los derechos de pueblos y
personas, explotando con egoísmo lo que a todos pertenece; un mundo en el que
quienes detentan la autoridad tengan siempre presente que existe una ley
natural que viene de Dios, y en contra de la cual ninguna ley humana puede ser
válida; un mundo en el que, en vez de muros se construyan puentes; un
mundo que todos, negros y blancos, ricos y pobres, conocidos y desconocidos,
podamos sentir, y amar, y cuidar como nuestra casa común;
un mundo del que se destierre el odio y se instaure el
amor; un mundo en el que las diferencias sean una riqueza y no un factor de
división; un mundo en el ya no encuentren espacio los tiranuelos, ni los
déspotas, ni los corifeos de la violencia, ni los sembradores de ideologías
perversas y destructoras; un mundo en el que la vida, toda vida, en cualquiera
de sus manifestaciones o estadios, sea respetada y cuidada; un mundo impregnado
de valores humanos y espirituales que lo hagan trasunto del Reino al que
estamos destinados.
Estoy soñando con una Colombia distinta. Con una patria
en la que sea realidad aquello de que “cesó la horrible noche”; una patria en
la que ya no dicten sentencia ni establezcan normas, como lo hacen hoy, los
ineptos, los corruptos, los venales, los enemigos de la ética cristiana,
los desquiciados, los atosigados por el odio, los que con sus manos manchadas
de sangre profanan el recinto en que se forjan nuestras leyes; una patria
regida por gobernantes probos, que hayan entendido que su autoridad viene de
Dios y es un servicio; una patria en que los vínculos de fraternidad que nos unen a todos los que
nacimos en este suelo entrañable sean más fuertes que cualquier motivo de
división; una patria que, como canta el
poeta de la tierra, “ sea una patria buena, donde la voz del pueblo sea la
voz de Dios;
una patria sin odios, sin sombras ni cadenas…una patria
cristiana, que eleve en cada aldea la cruz de un campanario, la lumbre de una
escuela, el pan de cada día y un grano de ilusión; una patria que escuche,
de frontera a frontera, los salmos de los jóvenes, los rezos de la abuela, la
copla del trapiche y el himno de la unión; una patria que anhela ver justicia
en su tierra, y ofrendarle a la herida vendajes de perdón” ( De “La Patria que buscamos”, de Jorge Robledo Ortiz) Estoy soñando una
Colombia con los rasgos de la ciudad pensada por Javier Arias Ramírez cuando
así canta : “Estoy soñando una ciudad con calles-donde la paz recorte su
silueta-con un blanco farol en cada esquina-donde los niños salgan de la
escuela-con un tierno cuaderno de sonrisas-y al llega a sus casas, el
hartazgo-sea lección de mieles y de espigas-que les enseñe por qué grana el
trigo- y para qué revientan las espigas.
Estoy soñando una ciudad desnuda-con caminos abiertos a la
vida- sin escombros humanos, sin harapos- sin un pávido horror en las
mejillas-sin la triste presencia en las aceras -de un espectro que vaga de
rodillas. Estoy soñando una ciudad desnuda-sin manos limosneras ni mendigas-sin
la muerte en expresos de puñales-agazapada siempre de cuclillas. Estoy
soñando una ciudad desnuda-que pueda recogernos sin rencores en su mesa
cordial, que salve al artesano y al artista- y a todos por igual un mismo
sitio – nos dé para soñar” (Javier Arias Ramírez, “Estoy soñando una ciudad…”)
Estoy
soñando en una Colombia en que el pavor sembrado por los grupos criminales ya
no sea ni siquiera un recuerdo. Estoy soñando una Colombia que vuelva a
orientar su vida, su quehacer, su rumbo, a la luz del Evangelio; que torne a
hacer de la ética cristiana defendida por la única Iglesia de Jesucristo, la
levadura del comportamiento individual y colectivo.
Estoy soñando… ¡ah!, cuántas cosas, cuántas bellezas,
cuántas deslumbrantes utopías. Pero sé que esas utopías y esos sueños responden
a los planes de Dios. Y al soñarlos, lo haga para cada uno de mis hermanos, de
mis amigos, para cada una de las personas cuyo afecto me hace feliz. A
todos, desde el fondo del alma, les deseo un 2026 colmado de amor y de ventura.
