Hermanos y
hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Se trata de una
ocasión preciosa para redescubrir la belleza y la importancia de este
acontecimiento eclesial. San Juan Pablo II, al final del Jubileo del año 2000,
afirmaba: «Siento más que nunca el deber de señalar el Concilio como la gran
gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX» (Carta Apostólica.
Novo Millennio Ineunte, 57).
Junto con el
aniversario del Concilio de Nicea, en el año 2025 hemos recordado los sesenta
años del Concilio Vaticano II. Aunque el tiempo que nos separa de este
acontecimiento no es muy largo, también es cierto que la generación de obispos,
teólogos y creyentes del Vaticano II ya no está entre nosotros.
Por ello,
mientras sentimos la llamada a no apagar su profecía y a seguir buscando
caminos y modos para llevar a la práctica sus intuiciones, será importante
volver a conocerlo de cerca, y hacerlo no a través del “oído decir” o de las
interpretaciones que se han dado, sino releyendo sus Documentos y reflexionando
sobre su contenido.
Se trata, en
efecto, de un Magisterio que aún hoy constituye la estrella polar del camino de
la Iglesia. Como enseñaba Benedicto XVI, «con el paso de los años los
documentos no han perdido actualidad; sus enseñanzas se revelan
particularmente pertinentes en relación con las nuevas exigencias de la Iglesia
y de la actual sociedad globalizada» (Primer mensaje después de la Misa con los
cardenales electores, 20 de abril de 2005).
Cuando el Papa
san Juan XXIII abrió la asamblea conciliar, el 11 de octubre de 1962, habló de
ella como del amanecer de un día de luz para toda la Iglesia. El trabajo de los
numerosos Padres convocados, procedentes de las Iglesias de todos los
continentes, allanó efectivamente el camino para una nueva etapa eclesial.
Tras una rica
reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, el
Concilio Vaticano II redescubrió el rostro de Dios como Padre que, en
Cristo, nos llama a ser sus hijos; contempló a la Iglesia a la luz de
Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de
unidad entre Dios y su pueblo; e inició una importante reforma litúrgica,
poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y
consciente de todo el Pueblo de Dios.
Al mismo tiempo, nos
ayudó a abrirnos al mundo y a captar los cambios y desafíos de la época
moderna en el diálogo y la corresponsabilidad, como una Iglesia que desea abrir
los brazos a la humanidad, hacerse eco de las esperanzas y angustias de los
pueblos y colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más
fraterna.
Gracias al
Concilio Vaticano II, «la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace diálogo» (San Pablo
VI, Carta Encíclica. Ecclesiam Suam, 67), comprometiéndose a buscar la verdad a
través del camino del ecumenismo, del diálogo interreligioso y del diálogo con
las personas de buena voluntad.
Este espíritu,
esta actitud interior, debe caracterizar nuestra vida espiritual y la acción
pastoral de la Iglesia, porque todavía debemos realizar más plenamente la
reforma eclesial en clave ministerial y, ante los desafíos actuales,
estamos llamados a permanecer atentos intérpretes de los signos de los tiempos,
gozosos anunciadores del Evangelio y valientes testigos de la justicia y de la
paz.
Mons. Albino
Luciani, futuro Papa Juan Pablo I, siendo obispo de Vittorio Veneto, escribió
proféticamente al inicio del Concilio: «Existe, como siempre, la necesidad de
realizar no tanto organismos, métodos o estructuras, cuanto una santidad más
profunda y más extendida. […] Puede ser que los frutos óptimos y abundantes de
un Concilio se vean después de siglos y maduren superando con dificultad
contrastes y situaciones adversas».
Redescubrir el
Concilio, por tanto, como ha afirmado el Papa Francisco, nos ayuda a
«devolver el primado a Dios y a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y
por todos los hombres, amados por Él» (Homilía en el 60.º aniversario del
inicio del Concilio Vaticano II, 11 de octubre de 2022).
Hermanos y
hermanas, lo que dijo san Pablo VI a los Padres conciliares al término de los
trabajos sigue siendo también hoy para nosotros un criterio de orientación.
Afirmó que había
llegado la hora de partir, de dejar la asamblea conciliar para salir al
encuentro de la humanidad y llevarle la buena noticia del Evangelio, con la
conciencia de haber vivido un tiempo de gracia en el que se condensaban pasado,
presente y futuro:
«El pasado:
porque aquí está reunida la Iglesia de Cristo, con su tradición, su historia,
sus Concilios, sus Doctores, sus Santos. […] El presente: porque nos separamos
para ir hacia el mundo de hoy, con sus miserias, sus dolores, sus pecados, pero
también con sus prodigiosas conquistas, sus valores, sus virtudes. […] El
futuro, finalmente, está allí, en la llamada imperiosa de los pueblos a una
mayor justicia, en su voluntad de paz, en su sed consciente o inconsciente
de una vida más alta: precisamente la que la Iglesia de Cristo puede y quiere
darles» (San Pablo VI, Mensaje a los Padres conciliares, 8 de diciembre de
1965).
También para
nosotros es así. Al acercarnos a los Documentos del Concilio Vaticano II y
redescubrir su profecía y su actualidad, acogemos la rica tradición de la
vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, nos interrogamos sobre el presente y
renovamos la alegría de salir al encuentro del mundo para llevarle el Evangelio
del Reino de Dios, Reino de amor, de justicia y de paz. Fuente: Aciprensa.
Imagen de Vatican. Va.

