1 de enero 2026. “María con su sí, contribuyó a dar la fuente de toda misericordia”. Homilía Papa León XIV. Basílica de san Pedro. Jornada mundial de la paz. María madre de Dios.
Queridos hermanos
y hermanas:
Hoy, solemnidad
de María Santísima Madre de Dios, inicio del nuevo año civil, la Liturgia nos
ofrece el texto de una bellísima bendición: «Que el Señor te bendiga y te
proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y muestre su gracia. Que
el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 24-26).
Esta sigue, en el
libro de los Números, a las indicaciones acerca de la consagración de los
Nazireos, para subrayar, en la relación entre Dios y el pueblo de Israel, la
dimensión sagrada y fecunda del don. El hombre ofrece al Creador todo lo que
ha recibido y Él responde volviendo hacia él su mirada benévola, como en
los orígenes del mundo (cfr. Génesis 1, 31).
Por lo demás, el
pueblo de Israel, al que se dirigía esta bendición, era un pueblo de liberados,
de hombres y mujeres renacidos después de una larga esclavitud gracias a la
intervención de Dios y a la respuesta generosa de su siervo Moisés. Era un
pueblo que en Egipto había gozado de algunas seguridades —no faltaba el
alimento, así como un techo y cierta estabilidad—, pero al precio de ser
esclavo, oprimido por una tiranía que exigía cada vez más dando siempre menos
(cfr. Éxodo 5, 6-7).
Ahora, en el desierto, muchas de las certezas pasadas se
habían perdido, pero a cambio estaba la libertad, que se concretaba en un
camino abierto hacia el futuro, en el don de una ley de sabiduría y en la
promesa de una tierra en la que vivir y crecer sin más grilletes ni cadenas; en
definitiva, en un renacer.
Así, al inicio
del nuevo año, la Liturgia nos recuerda que cada día puede ser, para cada
uno de nosotros, el comienzo de una vida nueva, gracias al amor generoso de
Dios, a su misericordia y a la respuesta de nuestra libertad. Y es hermoso
pensar así el año que comienza: como un camino abierto, por descubrir, en el
que aventurarnos, por gracia, libres y portadores de libertad, perdonados y
dispensadores de perdón, confiados en la cercanía y en la bondad del Señor que
siempre nos acompaña.
Recordamos todo
esto mientras celebramos el misterio de la Divina Maternidad de María, que con
su “sí” contribuyó a dar a la Fuente de toda misericordia y benevolencia un
rostro humano: el rostro de Jesús, a través de cuyos ojos de niño, luego de
joven y de hombre, el amor del Padre nos alcanza y nos transforma.
Así pues, al
inicio del año, mientras nos ponemos en camino hacia los días nuevos y únicos
que nos esperan, pidamos al Señor experimentar en todo momento, a nuestro
alrededor y sobre nosotros, el calor de su abrazo paterno y la luz de su mirada
que bendice, para comprender cada vez mejor y tener siempre presente quiénes
somos y hacia qué destino maravilloso avanzamos (cf. Concilio. Ecuménico. Vaticano.
II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, 41). Al mismo tiempo, sin embargo,
también nosotros démosle gloria, con la oración, con la santidad de vida y
haciéndonos, los unos para los otros, espejo de su bondad.
San Agustín
enseñaba que en María «se hizo hombre quien hizo al hombre. De esa manera toma
el pecho quien gobierna los astros; siente hambre el pan (cf. Juan 6, 35; Mateo
4, 2); […] para librarnos a nosotros, a pesar de ser indignos» (Sermo 191,
1.1). Recordaba así uno de los rasgos fundamentales del rostro de Dios: el
de la total gratuidad de su amor, por la cual se nos presenta —como he
querido subrayar en el Mensaje de esta Jornada Mundial de la Paz— “desarmado y
desarmante”, desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna.
Y esto para
enseñarnos que el mundo no se salva afilando las espadas, juzgando,
oprimiendo o eliminando a los hermanos, sino más bien esforzándose
incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin
cálculos y sin miedo.
Este es el rostro
de Dios que María dejó que se formara y creciera en su seno, cambiándole
completamente la vida. Es el rostro que anunció a través de la luz gozosa y
frágil de sus ojos de madre que espera; el rostro cuya belleza contempló día
tras día, mientras Jesús crecía, niño, muchacho y joven, en su casa; y que
luego siguió, con su corazón de discípula humilde, mientras recorría los
senderos de su misión, hasta la cruz y la resurrección. Para hacerlo, también ella
bajó la guardia, renunciando a expectativas, pretensiones y seguridades,
como saben hacer las madres, consagrando sin reservas su vida al Hijo que por
gracia había recibido para, a su vez, volver a donarlo al mundo.
En la
Maternidad Divina de María vemos así el encuentro de dos inmensas realidades
“desarmadas”: la de Dios
que renuncia a todo privilegio de su divinidad para nacer según la carne (cf. Filipenses
2, 6-11) y la de la persona que con confianza abraza totalmente su voluntad,
rindiéndole homenaje, en un acto perfecto de amor, de su potencia más grande:
la libertad.
San Juan Pablo
II, meditando sobre este misterio, invitaba a mirar lo que los pastores
encontraron en Belén: «La desarmante ternura del Niño, la pobreza sorprendente
en la que se halla, y la humilde sencillez de María y José transforman la vida
de los pastores: se convierten así en
mensajeros de salvación» (Homilía en la solemnidad de santa María, Madre de
Dios, XXXIV Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2001).
Lo decía al final
del gran Jubileo del 2000, con palabras que también pueden ayudarnos a
reflexionar: «¡Cuántos dones —afirmaba—, cuántas ocasiones extraordinarias ha
ofrecido el gran jubileo a los creyentes! En la experiencia del perdón recibido
y dado, en el recuerdo de los mártires, en la escucha del grito de los pobres
del mundo […] también nosotros hemos percibido la presencia salvífica de Dios
en la historia. Hemos palpado su amor que renueva la faz de la tierra», y
concluía: «Como a los pastores que fueron a adorarlo, Cristo pide a los
creyentes, a quienes ha dado la alegría de encontrarlo, una valiente
disponibilidad a ponerse nuevamente en camino para anunciar su Evangelio,
antiguo y siempre nuevo. Los envía a vivificar la historia y las culturas de
los hombres con su mensaje salvífico» (ibíd.).
Queridos hermanos
y hermanas, en esta fiesta solemne, al inicio del nuevo año, cerca de la
conclusión del Jubileo de la esperanza, acerquémonos al pesebre, en la fe, como
al lugar de la paz “desarmada y desarmante” por excelencia, lugar de la
bendición, donde hacer memoria de los prodigios que el Señor ha realizado en la
historia de la salvación y en nuestra existencia, para luego volver a partir,
como los humildes testigos de la gruta, «alabando y glorificando a Dios» (Lucas
2,20) por todo lo que hemos visto y oído. Que este sea nuestro compromiso,
nuestro propósito para los meses venideros y para toda nuestra vida cristiana.
Fuente e Imagen de Vatican. Va.

