11 de febrero
2026 “La Iglesia es el lugar propio de la Sagrada Escritura” Audiencia Papa
León XIV, Aula Pablo VI.
Queridos hermanos
y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En la catequesis
de hoy nos detendremos en la profunda y vital relación que existe entre la Palabra
de Dios y la Iglesia, relación expresada en la Constitución conciliar Dei
Verbum, en el capítulo sexto.
La Iglesia es el lugar propio de la Sagrada
Escritura. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, la Biblia nació del
pueblo de Dios, y está destinada al pueblo de Dios. En la comunidad
cristiana tiene, por así decir, su hábitat: efectivamente, en la vida y en la
fe de la Iglesia encuentra el espacio donde revelar su significado y manifestar
su fuerza. El Vaticano II
recuerda que "la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al
igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de
distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la Palabra de Dios como del
Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia". Además,” siempre las
ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la
regla suprema de su fe" (Dei Verbum, 21).
La Iglesia
nunca deja de reflexionar sobre el valor de las Sagradas Escrituras. Después
del Concilio, un momento muy importante a este respecto fue la Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la
misión de la Iglesia”, en octubre de 2008. El Papa Benedicto XVI recogió sus
frutos en la Exhortación postsinodal Verbum Domini (30 de septiembre de 2010),
en la que afirma: "Precisamente el vínculo intrínseco entre Palabra y fe
muestra que la auténtica hermenéutica de la Biblia sólo es posible en la fe
eclesial, que tiene su paradigma en el sí de María. […] El lugar originario de la interpretación
escriturística es la vida de la Iglesia" (n. 29).
Por tanto, la
Escritura encuentra en la comunidad eclesial el ámbito en el que desarrollar su
propia tarea y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo
con Dios. "La ignorancia de la Escritura – de hecho – es ignorancia de
Cristo"1. Esta célebre frase de san Jerónimo nos recuerda la finalidad
última de la lectura y la meditación de la Escritura: conocer a Cristo y, a
través de Él, entrar en relación con Dios; relación que puede ser entendida
como una conversación, un diálogo. Y la Constitución Dei Verbum nos presenta la
Revelación precisamente como un diálogo en el que Dios habla a los hombres como
a amigos (cfr. Dei Verbum, 2). Esto sucede cuando leemos la Biblia con una
actitud interior de oración: entonces Dios viene a nuestro encuentro y entra en
conversación con nosotros.
La Sagrada
Escritura, confiada a la Iglesia y custodiada y explicada por ella, desempeña
un papel activo: con su eficacia y
potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana. Todos los fieles
están llamados a beber de esta fuente, sobre todo en la celebración de la
Eucaristía y de los demás sacramentos. El amor por las Sagradas Escrituras
y la familiaridad con ellas deben guiar a quien ejerce el ministerio de la
Palabra: obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas. El trabajo de los exégetas
y de cuantos practican las ciencias bíblicas es muy valioso; y en la Teología,
que tiene su fundamento y su alma en la Palabra de Dios, la Escritura ha de
ocupar el puesto central.
Lo que la Iglesia
desea ardientemente es que la Palabra de Dios pueda alcanzar a todos sus
miembros y nutrir su camino de fe. Pero la Palabra de Dios también empuja a
la Iglesia más allá de sí misma, la abre continuamente a la misión hacia todos.
De hecho, vivimos rodeados de multitud de palabras; sin embargo, ¡cuántas de
ellas son palabras vacías! A veces escuchamos también palabras sabias pero que
no tocan nuestro destino último. En cambio, la Palabra de Dios sacia nuestra
sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida. Es la única Palabra siempre
nueva: revelándonos el misterio de Dios es inexhaurible, no cesa nunca de
ofrecer sus riquezas.
Queridos, viviendo
en la Iglesia se aprende que la Sagrada Escritura se refiere totalmente
a Jesucristo, y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y su
potencia. Cristo es la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho
carne. Todas las Escrituras anuncian su Persona y su presencia que salva, para
todos nosotros y para toda la humanidad. Abramos, entonces, el corazón y la
mente para acoger este don, siguiendo a María, Madre de la Iglesia. Fuente:
Aciprensa. Imagen de Vatican. Va.

