26 de agosto 2026. “Una liturgia que resplandezca por su
noble sencillez” Audiencia Papa León XIV. Basílica de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas: En esta última catequesis
sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las
razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de
la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el
Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de
Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La
liturgia —escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano.
Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio
con Dios.
Está claro que ella no puede renunciar a su función
didáctica, y no puede no ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de
expresarse con espontánea inteligibilidad». Motivado por estas convicciones, el
futuro Papa San Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden ni deben
permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con
su ausencia espiritual».
Es evidente la consonancia de estas declaraciones con
aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia,
con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio
de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a
través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y
activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se
fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a
ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del
sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo
mediador en la unión con Dios y entre sí».
Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del
valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras
se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de
vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento
salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son
decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no
puede ser pasiva.
La reforma conciliar, al poner en el centro lo que
constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la
liturgia como «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica». De tal
convicción nació la exigencia de hacer más accesible a todos los fieles la
riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el
ordenamiento celebrativo respecto al previsto en los libros litúrgicos entonces
vigentes.
La liturgia, en efecto, al ser una realidad viva, siempre ha
estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios. El magisterio
ha adaptado sus formas a las exigencias de las diversas épocas. No sorprende
entonces que también el Concilio Vaticano II, con el máximo respeto por el
patrimonio de la tradición, y precisamente con el fin de hacerlo más accesible,
haya considerado necesaria una revisión de los libros litúrgicos.
El objetivo que los padres tenían en el corazón se explicita
en el numeral 21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium: «Para que en la
sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias
abundantes, la santa madre Iglesia desea realizar una esmerada reforma general
de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de una parte que es
inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio,
que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar, si en ellas se han
introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma
Liturgia o han llegado a ser menos apropiados.
En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar
de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan
y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y
participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria».
Se remonta a la Encíclica Mediator Dei del Papa Pío XII la
distinción, en la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos
humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la
sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las
necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae
Sedis 39, 1947, 541-542).
Por lo demás, el deseo de una “reforma general” no nacía de
improviso, sino que se había manifestado en la acción de los Papas que se
sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las demandas del
Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no
asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había
sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus de Papa Pío XI.
Además, se pueden recordar las intervenciones de Pío XII sobre el ordenamiento
de los ritos de la Semana Santa, los cuales reubicó en las horas
correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos
se hubieran anticipado a las horas de la mañana.
Tampoco se debe olvidar que San Juan XIII consideró
necesaria una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal,
aprobándola con el Motu proprio Rubricarum Instructum, del 25 julio de 1960, en
el cual remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios
fundamentales para una reforma de la liturgia.
La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano
II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia.
Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos que se han
verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que
lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo
mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma.
A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución
conciliar afirma que «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino
celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es
decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos. Por
eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan»
(Sacrosanctum Concilium n. 26).
Es, por lo tanto, responsabilidad primordial de los
pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual,
custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas,
resplandezca por su noble sencillez (cfr. numeral 34) y manifieste así a la
Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia de este tipo será
también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a
través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros
mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con
Dios y entre nosotros (cfr. numeral 48). Fuente: Aciprensa. Com

