12 de agosto 2026 “El año litúrgico propone la pedagogía de
la historia de la salvación" Papa León XIV, Audiencia general, Basílica de san
Pedro.
Queridos hermanos y hermanas,
El quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum
Concilium está dedicado al año litúrgico, tema sobre el cual hoy queremos detenernos,
para explicar su importancia en la vida de todo creyente.
En la encíclica Mediator Dei, Papa Pio XII afirma que «no es
una representación fría e inerte de cosas que pertenecen a tiempos pasados, ni
un simple […] recuerdo de una edad pretérita. Más bien, el año litúrgico es
Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de
inmensa misericordia que inició en esta vida mortal […] con el bondadosísimo
fin de que las almas de los hombres se pongan en contacto con sus misterios y
por ellos en cierto modo vivan; misterios que están presentes y obran
constantemente» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus
Mysteriorum).
Por lo tanto, el año litúrgico debe entenderse como
constante actualización de la obra de salvación que Cristo realiza en la
historia. A lo largo de este ciclo temporal, la Iglesia permanece en
contacto con la acción redentora del Señor, para que puedan los fieles llenarse
de la gracia de la salvación (cf. Sacrosanctum Concilium, 102c). El encuentro
con Jesús, que murió y resucitó por nosotros, es el fin que la Iglesia persigue
siempre, situando en el centro de cada momento la celebración del
acontecimiento pascual.
Por esta razón, los padres conciliares consideran
«fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico» precisamente el domingo
«el día de la fiesta primordial» (cf. Sacrosanctum Concilium, 106). En
varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”,
“el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la
referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con
Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!
San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de
mayo de 1998), enseña que el domingo es el día del Señor, el día de la
Iglesia, el día del hombre y, por último, “el día de los días”: «Al ser el
domingo la Pascua semanal, en la que se recuerda y se hace presente el día en
el cual Cristo resucitó de entre los muertos, es también el día que revela el
sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del
hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra
orientándolos hacia la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día
final, el de la Parusía» (n.75), cuando todos resucitaremos.
Para santificar el domingo es fundamental celebrar la
Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo
implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. Sacrosanctum
Concilium, 106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha
asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da
testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta
asamblea no puede sustituirse por una presencia meramente virtual, ni se reduce
a una reunión meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, en efecto, en
la participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para que «den
gracias a Dios, que los «hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección
de Jesucristo de entre los muertos (1 Pedro, 1,3)» (ibid.).
En este sentido, os animo a todos a crear las mejores
condiciones posibles para que también puedan participar en la Santa Misa
aquellos que los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del
trabajo.
Queridos hermanos, el año litúrgico, marcado por los
domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la
devoción de la Iglesia. De hecho, ya desde el siglo II d. C., a la
celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «la máxima
solemnidad» (Sacrosanctum Concilium, 102), que se extendía a lo que se
denomina el «tiempo de gran alegría» de cincuenta días, que culminaba en
Pentecostés y se preparaba mediante el tiempo de Cuaresma con su carácter
penitencial (cf. Sacrosanctum Concilium, 109).
El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar
posteriormente siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir
los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su
manifestación al mundo. La Iglesia ha incorporado además en los distintos
tiempos la veneración de la Santísima Virgen María, «unida con lazo indisoluble
a la obra salvífica del su Hijo» (Sacrosanctum Concilium, 103), y «el recuerdo
de los mártires y de los demás santos […] cantan la perfecta alabanza a Dios en
el cielo e interceden por nosotros» (Sacrosanctum Concilium, 104).
El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la
pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la
espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de
la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del
misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez
más profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador
y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral. Fuente: Vatican. Va.

