6 de agosto 2026 El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos. Homilía Papa León XIV. EN EL "GO! FRANCISCAN YOUTH MEETING 2026" Basílica Santa María de los Ángeles, Porciúncula (Asís).
Queridísimos hermanos y hermanas,
queridísimos jóvenes:
La fiesta de la Transfiguración, que estamos celebrando, es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también cargado de interrogantes sobre el presente y el futuro. En el relato evangélico encontramos el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, estupor e incomprensión.
Al escuchar que «su rostro empezó a brillar como el sol y su
ropa se hizo blanca como la luz» (Mateo 17,2) pensamos en la mañana de Pascua,
cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y trajo el
anuncio de la resurrección. «Su aspecto era como el de un relámpago y su
vestidura tan blanca como la nieve» (Mateo 28,3). Es la luz de un nuevo día,
hacia el que estamos orientados, mientras que en torno a nosotros, y a veces
dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos
canonizados, como san Francisco y santa Clara, y en una miríada de hermanos y
hermanas que responden al mal con el bien. ¡No estamos solos! En estos días lo
han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces
que contrastan y se sobreponen al arte de la conversación. Hoy contemplamos
a Jesús que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre,
con quienes le precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los
discípulos.
La Iglesia existe para introducirnos en este dinamismo de
escucha y de decisión, en el cual comprendemos para quién vivir y cómo vivir.
Es en la comunidad en donde aprendemos a distinguir la voz de Dios, que no
coincide simplemente con nuestras opiniones, y a ser obedientes al Espíritu
Santo, que hace audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a
Jesús: nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos
transfiguramos, en cambio, en las relaciones que robustecen y llaman a la vida.
La espiritualidad franciscana, en la que ustedes se han formado, está muy
atenta a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus
criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca.
En este sentido, al comienzo de mi primera Encíclica, he
sugerido que: «cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a
su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja
la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la
fraternidad. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo
inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su
rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo
carne, sabiendo que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio
del Verbo encarnado”. En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el
camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer
hacia la plenitud» (Magnifica Humanitas, 1).
Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero
buscan en ustedes nuevos santos: ¡tengan la audacia de creer en la palabra
del Evangelio, sean muy humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la
hermana pobreza! El título de su encuentro —Go! — es una misión, un envío por
caminos, de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón,
obedeciendo al Espíritu y siguiendo al Resucitado donde ha querido precedernos.
Go! ¡Vayan! O mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los lugares marginales,
donde la injusticia y la prepotencia de unos pocos niegan la dignidad y los
sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios.
El Papa Francisco,
inspirándose en el pobrecillo de Asís, nos ha puesto en guardia frente a la
«tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las
llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que
toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos
cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia
del nudo de la tormenta humana» (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 270).
Que allí donde haya odio, ponga yo el amor;
donde haya ofensa, ponga yo el perdón;
donde haya discordia, ponga yo la unión;
donde haya error, ponga yo la verdad;
donde haya duda, ponga yo la fe;
donde haya desesperación, ponga yo la esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo la luz;
donde haya tristeza, ponga yo la alegría.
ser consolado como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
olvidando, como se encuentra;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.

