2 de agosto 2026 “Cristo es el Pan de vida” Ángelus Regina Coeli, Papa León XIV. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas: ¡feliz domingo!
Cuando se proclama el Evangelio, con frecuencia escuchamos
el relato de los signos realizados por Jesús. Son gestos que manifiestan su
especial entrega por nosotros, es decir, la salvación que Él trae al mundo. El
Señor se presenta como Aquel que da sentido a la vida, liberándola del mal y
del pecado.
Cristo, al dar la vista a los ciegos y hacer oír a los
sordos, no sólo realiza acciones prodigiosas, sino que anuncia a todos que el
Reino de Dios está cerca. Por eso el Evangelio de hoy (Mateo 14,13-21) da
testimonio de que Jesús no se limita a dar los sentidos a quien carece
de ellos, sino que hace gustar a nuestros sentidos.
Al sordo, que vuelve a oír, el Señor le dirige la Buena
Noticia para que escuche; al ciego, que ve nuevamente, le muestra la espléndida
obra de la redención que se realiza en él. Del mismo modo, Jesús da de comer al
que tiene hambre. El episodio de la multiplicación de los panes significa que
el encuentro con el Señor es una experiencia que nos alimenta.
En el desierto, es decir, en el lugar de nuestras
necesidades, Cristo es el pan de vida. Con Él, lo esencial es
sobreabundante: «Comieron todos y se saciaron» y sobraron «doce cestos llenos»
(v. 20). Este número demuestra que el don del Señor es universal, y que su
Providencia hacia nosotros nunca falla.
Queridos hermanos, Cristo sacia realmente el hambre de la
humanidad, nuestra hambre de verdad y de vida. Al mismo tiempo, su gesto
nos enseña que nada se pierde cuando se comparte. La acumulación y el
descarte, en cambio, son las dos caras de un mismo mal: la avaricia. Esta
enfermedad del alma lleva a perder los sentidos porque embriaga de riquezas,
hasta el punto de olvidar a aquellos que lloran de hambre y gritan de sed. Y,
de ese modo, ante la opulencia de las cosas que se corrompen, están las manos
tendidas de quienes no tienen qué comer, las casas destruidas de quienes no
tienen paz.
En el desierto de la guerra y de la arrogancia, vemos con
cuánta bondad el Señor, «alzando la mirada al cielo», «pronunció la bendición»,
«partió los panes y se los dio» a los discípulos, para que los repartieran a la
gente (cf. v. 19). En este milagro de la caridad reconocemos las acciones
típicas de Jesús, que encuentran su punto culminante en la última Cena,
donde el Hijo de Dios nos entrega su misma vida como nuestro hermano en
humanidad.
Al saborear la gracia de la Eucaristía, comprometámonos a
testimoniar su belleza en nuestros gestos cotidianos, comenzando por la
bendición de la mesa, cuando compartimos el pan en familia y entre los amigos.
En compañía de Jesús, también las vacaciones pueden convertirse en tiempo de
serena fraternidad, incluyendo a quienes están a nuestro lado y pasan
necesidad.
Pidamos pues a la Virgen María, Madre premurosa, que nos
haga crecer en la caridad, para que a nadie le falte el pan cotidiano. Fuente: Vatican.
Va.

