25 de septiembre 2026 "La era digital, nunca debe convertirse en una oportunidad para la
explotación". Discurso del Papa León XIV en la Organización para la Educación, la
Ciencia y la Cultura (UNESCO) Paris (Francia).
Señoras y Señores:
Me da mucha alegría encontrarme hoy aquí, en esta Asamblea
de las Naciones Unidas, donde las lenguas y las culturas se unen para colaborar
en un proyecto que concierne a toda la familia humana: «Contribuir a la paz y a
la seguridad estrechando, mediante la educación, la ciencia y la cultura, la
colaboración entre las naciones, a fin de asegurar el respeto universal a la
justicia, a la ley, a los derechos humanos y a las libertades fundamentales»
(Constitución de la UNESCO, art. 1, párr. 1). Construir juntos un mundo justo
es, en efecto, el fundamento mismo de la cooperación internacional. Nuestras
experiencias, aptitudes y competencias tienen como objetivo crear un espacio
acogedor para todos y fecundo para cada uno, para que todos los pueblos puedan
crecer en paz.
Como testigo de la paz, dirijo mi cordial saludo a ustedes,
representantes de los Estados miembros y Observadores de las organizaciones
internacionales, del mundo académico y de la sociedad civil. Agradezco al señor
Khaled El-Enany, Director General de esta Organización, por su cálida
invitación [y por las palabras que nos ha dirigido]. En mi calidad de pastor,
les transmito la palabra de la Iglesia, que se hace incesante “mensaje y
coloquio” dirigido a todos los pueblos, mujeres y hombres de buena voluntad
(cf. S. Pablo VI, Carta Encíclica Ecclesiam Suam, 34).
El proyecto de construir juntos un mundo justo coincide
con una misión que hemos aprendido a compartir a lo largo de la historia.
En este sentido, la UNESCO representa tanto un objetivo como una herramienta
para continuar hoy esta tarea, con un compromiso aún mayor, de acuerdo con
nuestros múltiples ámbitos de actividad. En 2027 celebraremos el 75 aniversario
de la presencia de la Santa Sede en la UNESCO: una presencia que surge de la
convicción de que el futuro depende, ante todo, del respeto y la promoción
de la dignidad inalienable de cada ser humano creado a imagen de Dios.
Por
ello consideramos a esta Organización como un interlocutor privilegiado al
servicio del bien común, que es la «forma social de la dignidad» que todos
compartimos de manera original e igualitaria (cf. Carta Encíclica. Magnifica Humanitas,
59). Desde 1952, la Misión Permanente de Observación de la Santa Sede discierne
y acompaña, desde esta perspectiva, las iniciativas de la UNESCO, aportando su
contribución al diálogo entre las naciones, con el fin de promover un auténtico
desarrollo humano, que sólo es tal cuando está orientado a «promover a todos
los hombres y a todo el hombre» (S. Pablo VI, Carta encíclica Populorum Progressio,
14).
Dirigiéndose a esta asamblea, mi venerado predecesor, san
Juan Pablo II, recordaba que «Genus Humanum arte et Ratione Vivit». Puesto que,
de hecho, «el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la
cultura» (Discurso a la UNESCO, 2 junio 1980, 6; cf. Sto. Tomas de Aquino,
en Aristotelis Posteriora Analytica, 1), esta palabra se refiere a la forma de
ser mediante la cual el ser humano le da sentido a todo lo que hace. Cuarenta y
seis años después, al renovar ante ustedes el compromiso de colaboración de la
Santa Sede, los invito a considerar la UNESCO no sólo como una ilustre
organización internacional, sino también como un lugar donde la humanidad
reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro. En efecto, es
imposible promover la educación, las ciencias y la cultura sin promover la vida
del hombre y de la mujer, quienes son sus protagonistas.
En el ámbito de la educación, la Iglesia católica aporta una
experiencia muy antigua: desde hace siglos, sus comunidades abren escuelas y
universidades, enseñan a leer y a escribir, y están presentes incluso en los
lugares más pobres y remotos. Con el Pacto educativo global, mi predecesor
Francisco quiso integrar esta experiencia en una alianza educativa más amplia,
abierta a la contribución de todos. Pero lo que deseo transmitirles no son,
ante todo, las obras: es la convicción de la que surgen estas. Ninguna
educación está completa si no aborda la cuestión del sentido. En ese mismo
discurso, san Juan Pablo II lo recordaba: educar es ayudar al hombre a “ser”
más y no sólo a “tener” más, reconociendo en él también esa trascendencia
de la persona que pertenece a la plenitud de su humanidad (cf. ibid.., 10-11).
En esta asamblea, entonces, conviene explorar una pregunta
fundamental que nos interpela con urgencia: ¿Qué significa ser humano? Todas
las culturas se ven interpeladas por este interrogante, que se encuentra en el
núcleo de toda forma de conocimiento, de todo arte y de toda religión. Incluso
en el siglo XXI, no podemos dar por sentado que sabemos quién es la persona
humana o qué significa vivir como ser humano. Efectivamente, cada generación
está llamada a enfrentarse a esta pregunta, especialmente ante las tragedias
que, lamentablemente, se repiten incluso hoy en día.
Ante todo, la persona humana es alguien que es concebido y
nacido; por lo tanto, ser humano significa, en primer lugar, ser un hijo.
Ninguno de nosotros eligió serlo. Nadie decidió de quién, cuándo o dónde nacer.
Esta verdad evidente arroja luz sobre algo que no es meramente biológico, sino
ético: como hijos, todos somos hermanos y hermanas. Desde el principio, nuestra
humanidad es un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad. Para
cada ser humano, el nacimiento establece un vínculo primordial, una comunión de
vida que tiene su origen, y su primer entorno educativo, en la familia.
En segundo lugar, todos nacemos desnudos y necesitados.
Somos pobres por nacimiento: necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de
afecto; es decir, de todo aquello que nutre el cuerpo y el espíritu. Lo
sabemos bien; y, sin embargo, al volvernos adultos, corremos el riesgo de
olvidarlo. Precisamente quienes están necesitados son los que sufren las
consecuencias más graves de este olvido, cada vez que su humanidad es
traicionada o descartada, explotada o engañada. Olvidar las circunstancias de
nuestro nacimiento oscurece la idea misma de la vida humana, porque separa la
vida de la historia que todos compartimos.
Entonces, esta vida ya no se entiende
como un don, sino como un producto. Deja de verse como una llamada al cuidado y
a la responsabilidad y se convierte en un producto susceptible de explotación. De
hecho, esta trágica alternativa nos recuerda que ser humano es ser libre por
naturaleza. Dado que todos somos hijos, nuestra libertad comienza con
nuestra respuesta a la libertad de quien se dirige a nosotros primero, ya sea
con gestos de afecto o de rechazo, de acogida amorosa o de abandono y crueldad.
En tercer lugar, mantener viva la memoria de nuestra
humanidad común es reconocer su grandeza —es decir, su inmenso potencial—,
aunque se vea menoscabada por tantas formas de maldad e injusticia. Quienes se
dedican a la educación, la ciencia y la cultura están llamados, con mayor
razón, a cuidar de cada persona, para que resplandezca la belleza de nuestra
libertad. Esta belleza tiene un nombre: justicia. Sí, la libertad es hermosa
cuando se orienta hacia el bien y la verdad; se desfigura cuando degenera en
arbitrariedad, violencia o sed de poder. Ser humano implica, entonces, una
responsabilidad ante la historia. El ser humano es aquel que crece, aprende y
trabaja con las manos y con la mente. Mediante ese trabajo, se puede cultivar
la tierra o desfigurarla, crear obras de arte o destruirlas. En este momento
concreto, debemos reconocer que la más terrible de las “obras humanas” es la
guerra; porque en ella la propia ciencia queda puesta al servicio de una
voluntad inhumana de destruir y matar.
A este respecto, el Preámbulo de la Constitución de la
UNESCO comienza con unas palabras que siguen teniendo una sorprendente
relevancia en la actualidad: «Puesto que las guerras nacen en la mente de
los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los
baluartes de la paz» (Constitución de la UNESCO, Preámbulo, 1945). Estas
palabras se escribieron tras la Segunda Guerra Mundial, la tragedia más
devastadora del siglo pasado. La humanidad había llegado a comprender que el
progreso científico, cuando se separa de la sabiduría, puede convertirse en un
arma de destrucción; que la cultura, cuando se somete a la ideología, puede
degenerar en falsedad y propaganda; y que la educación, cuando abandona la
verdad, puede convertirse en un instrumento para manipular las conciencias.
Los Estados fundadores de la UNESCO entendieron que los
tratados son necesarios, pero no suficientes por sí mismos. Requieren una
cultura de paz y un compromiso compartido con la paz, que los sustenten. La paz
no puede construirse sólo con tratados, ni con compromisos entre fuerzas
opuestas. La paz es auténtica cuando brota de la virtud de la justicia y no de
un simple contrato, de una voluntad recta más que de un equilibrio inestable de
intereses. A decir verdad, sólo una voluntad recta puede reconocer en el otro a
un hermano o una hermana, a una persona semejante a uno mismo.
Ochenta años después, las palabras de su Carta constitutiva
no han perdido nada de su fuerza. Sin embargo, también vemos cuán profundamente
se ve amenazado este principio común por formas de barbarie que alimentan la
rivalidad y el conflicto. Entre los desafíos que enfrenta hoy el mundo de la
ciencia y de la educación, quisiera poner de relieve aquellos que surgen del
vasto campo de la tecnología. Nuestros esfuerzos en este ámbito deben
garantizar que las nuevas tecnologías sigan estando al servicio de la
persona humana, en lugar de convertirse en un instrumento más de dominación e
injusticia.
A lo largo de los siglos, muchas tareas que antes realizaban
los seres humanos han sido confiadas a las máquinas, cuyas capacidades y
aplicaciones no han dejado de ampliarse. Más recientemente, a ciertos sistemas
artificiales se les ha otorgado incluso el nombre de nuestra facultad humana
del pensamiento: la inteligencia. Al mismo tiempo, sin embargo, nuestras ideas
y relaciones corren el riesgo de empobrecerse debido a un proceso de
deshumanización. La paradoja resulta cada vez más evidente: mientras se
atribuye “inteligencia” a los sistemas computacionales, nos cuesta reconocer la
dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el
criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son
rechazadas y descartadas.
Esta dolorosa realidad nos invita a reflexionar tanto sobre
la fragilidad de nuestra naturaleza humana como sobre la inmensa dignidad de
cada persona —una dignidad que permanece intacta en las circunstancias de mayor
vulnerabilidad, incluso hasta la muerte—. Sí, el ser humano es, sin duda, aquel
que nace, pero también aquel que muere. Nuestra dignidad no se ve destruida por
la enfermedad ni por el sufrimiento, ni depende de nuestras capacidades. Al
contrario, exige un cuidado amoroso en cada etapa de la vida.
Para la fe cristiana, el misterio de la persona humana
encuentra su máxima plenitud en Cristo, quien, «en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (Concilio Ecuménico Vaticano
II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, 22). A la luz de Él, cada persona se
nos presenta como una criatura querida y amada por Dios. Esta luz también nos
ayuda a comprender más profundamente el significado de nuestra experiencia
humana compartida.
Señoras y señores, como hombres y mujeres de ciencia, están
llamados a cooperar incansablemente en nombre de nuestra historia común, para
que, desde una diversidad de perspectivas, surja una convergencia de visiones
y, de esa convergencia, una armonía en la acción. Esta armonía se expresa en la
labor de la UNESCO cuando da una voz sinfónica a las más altas aspiraciones
orientadas al bien y al cuidado de la humanidad. Donde hay armonía, las
diferentes voces llegan a un acuerdo, y las naciones que ustedes representan se
unen así en la concordia.
A este respecto, me gustaría recurrir a dos imágenes de la
Biblia, ese gran tesoro cultural de la humanidad: la Torre de Babel y la plaza
pública de Pentecostés. Las propongo como formas de representar la unidad de la
familia humana, la cual, incluso hoy, está continuamente llamada a discernir su
rumbo adecuado, es decir, el sentido de la historia que está viviendo. En
efecto, estos relatos bíblicos describen formas de vida social que nos invitan
a reflexionar sobre las circunstancias de nuestro propio tiempo.
La Torre de Babel representa una unidad impuesta mediante
la dominación (cf. Génesis 11, 4). Al mismo tiempo, este edificio revela
que, cuanto más busca el poder la opresión, más se debilita a sí mismo, dejando
al descubierto su rostro inhumano. Lo vemos en el sufrimiento y la injusticia
causados por el despotismo, así como en formas de explotación que hieren tanto
a la sociedad como al medio ambiente. Como enseña la historia, muchos imperios
se han dejado llevar por su poder antes de ser consumidos por él y derrumbarse
como una torre. El resultado de esta soberbia, primero exaltada y después abatida,
es la dispersión. La pretensión de hacerse como Dios y someter a los pueblos a
un único yugo conduce a la confusión de lenguas y a la falta de comprensión
mutua. En vez de alcanzar el cielo, como pretendía, la Torre de Babel se
derrumbó, con una doble consecuencia negativa.
Puesto que la unidad que imponía era forzada, también la
diversidad que sigue a su derrumbe se convirtió en fuente de conflicto. Hoy, la
tentación de Babel reaparece en una globalización perseguida sin fraternidad,
en formas rapaces de neocolonialismo, en imposiciones ideológicas y en todos
esos “contactos sin vínculos” que reducen la vida humana al comercio (cf.
Comisión Teológica Internacional, Quo Vadis, Humanitas?, 42). La ciencia
misma, cuando se reduce a una técnica de poder, ya no sirve para elevar a la
persona humana, sino que, por el contrario, corre el riesgo de degradar los
frutos de su esfuerzo.
De manera especial hoy, contamos con medios capaces de
conectar a las personas y a los continentes de manera instantánea; sin embargo,
al mismo tiempo, somos testigos de nuevas formas de aislamiento, de pobreza
material y espiritual y de abandono. La comunicación se ha vuelto mucho más
rápida, pero no necesariamente más veraz; la información es abundante, pero no
es sinónimo de sabiduría. Sin un fundamento ético compartido, los numerosos
canales de comunicación corren el riesgo de multiplicar la información falsa y
dar vigencia a palabras desprovistas de significado, lo que obstaculiza el
diálogo en lugar de fomentarlo.
La inteligencia artificial amplifica este problema:
aunque estos sistemas pueden correlacionar datos, no pueden responder a las
preguntas sobre el sentido de la vida humana, que tiene sus raíces en la
experiencia vivida. No obstante, los seres humanos no pueden vivir sin sentido.
El sentido es el oxígeno de la mente. Por esta razón, los desafíos de la
comunicación, que son también siempre desafíos de la educación, convierten la
búsqueda de la verdad en una cuestión de justicia social y equidad histórica.
De ahí que la educación en este ámbito sea esencial, y aplaudo la iniciativa de
la UNESCO a través de su programa de “Alfabetización Mediática e Informacional”
(AMI), que promueve el uso responsable de los medios y las herramientas
digitales.
Ciertamente, sin la verdad, el lenguaje queda sometido a
la lógica de la violencia y a la voluntad arbitraria de los poderosos. Así,
se excluye a otros en nombre de la ganancia, y se mata a inocentes en nombre de
la libertad. En lugar de respetar la ley, quienes están en el poder la invocan
cuando les conviene y la ignoran cuando les limita, tratando incluso a la
justicia misma como si fuera una mercancía que se puede comprar y vender. Si
comprendemos que la corrupción de la ley comienza con la corrupción del corazón,
podemos reconocer cómo toda ciencia corre el riesgo de perder su sentido propio
cuando se practica al margen de la ética, dejando así de servir y de reflejar
la dignidad humana. Con respecto a esto, animo a toda la comunidad
internacional a prestar especial atención a la protección de los niños y los
jóvenes. En la era digital, su vulnerabilidad nunca debe convertirse en una
oportunidad para la explotación. Que estas tecnologías apoyen su
crecimiento, su educación y sus relaciones, salvaguardando su libertad de
pensar y discernir, y permaneciendo siempre al servicio de la dignidad de la
persona humana.
La corrupción de la cultura que estamos considerando
encuentra su redención en la plaza pública de Pentecostés. Allí, todos los
pueblos reciben como buena noticia un mensaje de paz. Ese anuncio proclama la
resurrección de Jesús, es decir, la victoria de la vida sobre la muerte y la
salvación que da esperanza al mundo. El día de Pentecostés, la plaza pública se
convierte en un lugar donde se celebra la paz que sana toda ofensa contra la
persona humana. Cada uno de los presentes escuchaba el mensaje en su propia
«lengua nativa» (cf. Hechos 2,8). La comunión no suprime en absoluto la
diversidad. Más bien, permite que la diversidad florezca en la armonía de
las voces y los rostros. En el anuncio de la paz, la riqueza de las culturas se
convierte en portadora de una verdad universal.
La enseñanza bíblica nos muestra así el camino para alcanzar
lo que todos buscamos: «esa unidad que no anula las diferencias, sino que
valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada
pueblo» (Homilía en la Misa del Inicio del Ministerio Petrino, 18 mayo 2025). No
es la dominación de Babel, sino la paz de Pentecostés, la que hace posible esta
comunión entre todos los pueblos. Cada cultura, por tanto, alcanza su más
alta sabiduría cuando busca la paz y el bien de todos, dando testimonio del
auténtico significado de nuestra humanidad.
Quienes se dedican a la educación saben que sólo la
verdad nos hace libres. Quienes enseñan y quienes investigan saben que el
error nos esclaviza a la ignorancia y a la superstición. Cada vez que nos
encontremos con obstáculos en nuestra misión, recordemos que hay una sola
Tierra para todos y una naturaleza humana común. No se puede comprender al ser
humano separando lo que forma parte de un todo: el cuerpo y el alma, la vida
personal y las relaciones, nuestra relación con los demás y con el medio
ambiente.
Todo forma parte de la unidad de nuestra existencia. Por
esta razón, cultivar la tierra también significa cultivar la humanidad que la
habita. La educación y la ciencia están llamadas a esta tarea. En realidad,
no es casualidad que toda cultura, según la propia etimología de la palabra, se
refiera al acto de cultivar. Renuevo, por tanto, la llamada de mis predecesores
a cuidar juntos de la persona humana y de la creación: el Papa Benedicto XVI
habló de la necesidad de una ecología de la persona humana, mientras que el
Papa Francisco desarrolló la perspectiva de la ecología integral (cf. Benedicto
XVI, Discurso al Parlamento Federal Alemán, 22 septiembre 2011; Francisco,
Carta Encíclica Laudato si’, 137–162)
El punto de referencia con el que podemos evaluar nuestro
compromiso es el cuidado que prestamos a los más pequeños y a los pobres: los
niños en el vientre de sus madres y en los distintos escenarios de guerra; las
personas con discapacidades físicas e intelectuales; los adultos mayores; los
migrantes y los refugiados; y todos aquellos a quienes la arrogancia excluye
por considerarlos improductivos. Ellos son la verdadera prueba de nuestras
afirmaciones sobre el respeto a la dignidad humana, y su protección y promoción
se extienden también a la creación. En oposición a esto se encuentra una
voluntad de explotar y saquear, de extraer lo máximo posible de cada ser vivo,
de consumir sin preservar y destruir sin cultivar. Por eso, la actual
crisis ecológica es también una crisis antropológica.
La Iglesia está convencida, además, de que cada cultura
lleva en sí misma una sabiduría que madura en un ecosistema de pueblos. El
hábitat de la persona humana es la sociedad: no un entorno meramente físico
como el desierto o el océano para los animales, sino uno moral y relacional.
Donde prevalece la paz social, los pueblos prosperan en justicia.
Es ahí, pues, donde la UNESCO encuentra la síntesis de sus
altas misiones educativas y científicas: en la paciente tarea de construir la
paz. Ante las numerosas y complejas urgencias de nuestra época, el mundo mira a
las instituciones internacionales con sentimientos encontrados. Por un lado,
están llamadas a afrontar desafíos que ningún Estado puede resolver por sí
solo. Por otro lado, estas mismas instituciones atraviesan una crisis de
eficacia, sobre todo cuando el diálogo se considera un obstáculo para la
acción en lugar de un recurso para la paz; como una forma de hipocresía, en vez
de una oportunidad para buscar juntos el bien común. Ante estas
desviaciones, es necesario promover una virtud tan escasa como deseada: la
confianza; confianza en que las diferencias no constituyen necesariamente una
amenaza; confianza en que el diálogo sincero puede generar un bien mayor que
aquel que cada uno podría obtener por sí solo.
La Santa Sede desea infundir esta confianza en la UNESCO, al
igual que en las demás organizaciones internacionales, consciente de que cada
pueblo posee una riqueza que compartir en la búsqueda del progreso auténtico
que solo la paz puede garantizar. No se trata de proponer un optimismo ingenuo,
que ignore las dificultades, sino de perseverar en la esperanza de que el bien
siempre es posible. Cada niño que nace trae consigo esperanza. Cada hombre y
cada mujer que dedica su vida a la búsqueda de la verdad realiza un acto de
esperanza.
Que la UNESCO dé, pues, testimonio de esta esperanza al
promover el entendimiento entre las naciones, a través del diálogo entre sus
respectivas culturas. Creemos, en efecto, que la educación es el instrumento
que permite superar los temores recíprocos y que la ciencia puede ponerse al
servicio de la vida de cada ser humano, sembrando hoy las semillas de una buena
cosecha para el futuro. Esta confianza alimenta nuestra esperanza en la
caridad, es decir, en el servicio al bien del prójimo: si todos nos
dedicamos con coherencia a nuestra magnífica humanidad, la paz podrá finalmente
florecer.
Mientras colaboramos en esta labor, las tradiciones
religiosas desempeñan un papel culturalmente necesario e insustituible, y las
religiones expresan nuestras inquietudes ante el origen de la vida y su fin, al
darle sentido al propósito primero y último de la existencia, lo cual se
refleja en las decisiones cotidianas. En verdad, cuando los hombres y las
mujeres de buena voluntad orientan sus acciones hacia Dios, el pluralismo de
las culturas no se dispersa en el caos de Babel. La humanidad, por el
contrario, se reencuentra en una búsqueda común de sentido y hacia un destino
que no es la muerte. No caminamos hacia la nada. Por eso, el alma humana, en su
relación con Dios, percibe aún mejor la llamada a cultivar la paz mediante una
alianza entre pueblos que se reconocen como hijos del mismo Padre y como
hermanos y hermanas.
Deseo, por tanto, que nuestro encuentro fortalezca el
compromiso de cada uno para trabajar sin descanso para que la conciencia de
pertenecer a una sola familia humana se haga más viva, más activa y más
justa. Al respecto, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a todo el
personal de la UNESCO, que cumple con competencia y dedicación esta misión tan
noble: edificar la paz mediante el cultivo de todas las ciencias y todas las
artes del ser humano.
Dirijo estas palabras a todos ustedes, a los pueblos que
representan y, muy especialmente, a los jóvenes. Son, en efecto, las nuevas
generaciones las que observan con mayor atención nuestra labor. Mientras que
apoyo sus aspiraciones de justicia, con gratitud y estima, invoco sobre todos
ustedes y sobre sus naciones la abundancia de las bendiciones de Dios, Creador
todopoderoso y misericordioso. Gracias. Fuente: Aciprensa
