25 de septiembre 2026 “Una sociedad verdaderamente libre
no impone la uniformidad” Discurso del Papa León XIV en el encuentro con autoridades,
sociedad civil y cuerpo diplomático en París Francia.
Señor Presidente,
distinguidas autoridades y miembros del cuerpo diplomático,
Para mí es un gran placer estar hoy entre ustedes. Le estoy
particularmente agradecido, señor Presidente, por su cordial invitación a
visitar Francia, y le agradezco las palabras de bienvenida que acaba de
dirigirme. A través de usted, saludo también a todos los que habitan este país
de vasto patrimonio cultural y religioso. Juntos forman un pueblo en el que la
diversidad de orígenes contribuye a dinamizar y enriquecer la convivencia y la
vida democrática. También quiero asegurarles, señor Presidente, señoras y
señores, que Francia ocupa muy a menudo un lugar especial en las oraciones del
Papa, que no olvida sus raíces familiares normandas y bearnesas.
Mi visita a Francia comienza por la capital de su país,
París, a la que a menudo se le conoce como “la Ciudad de la Luz”. Desde
hace siglos, Francia brilla como un faro cultural, artístico y espiritual, no
sólo en Europa, sino también en el mundo. Gracias a sus escuelas catedralicias,
sus universidades y sus academias —lugares esenciales para la búsqueda de la
verdad—, Francia ha contribuido a forjar la inteligencia de los pueblos, mucho
más allá de sus fronteras. La lucidez de excepcionales espíritus franceses, que
fueron al mismo tiempo grandes católicos, pone de relieve hasta qué punto las
ciencias, las artes, la literatura y la filosofía pueden contribuir al bien de
la humanidad cuando se orientan hacia la búsqueda de lo bello, lo bueno y lo
verdadero, para que el mundo tenga vida.
La maestría francesa es sinónimo de excelencia en numerosos
ámbitos. Se ha destacado de manera notable, en particular, en la vasta obra de
restauración de la catedral de Notre-Dame de París, en la que participaron
desde el inicio numerosas instituciones, tanto privadas como públicas, y a la
que usted, Señor Presidente, le ha prestado una atención especial, que le
agradezco. Saludo con gratitud a todos los artesanos y gremios que se
comprometieron con este proyecto.
La reciente reapertura de la catedral para la celebración
del culto divino, así como para los visitantes de todo el mundo, constituye la
culminación de una hazaña técnica y, a la vez, el símbolo de una esperanza
recuperada, la prueba de que lo que se creía destruido para siempre puede
renacer gracias a la colaboración de todos y el testimonio de una unidad
alcanzada mediante el esfuerzo común. Un logro tan hermoso debe inspirar a
todos los actores de la vida política, social y religiosa del país, a tener un
nuevo impulso para trabajar sin cesar con espíritu de unidad y con la fuerza de
una esperanza viva.
Francia es también una tierra de profundas raíces
cristianas. Desde san Ireneo y el bautismo de Clodoveo, el alma de su
patria se ha desarrollado nutriéndose del cristianismo para forjar un genio
espiritual, cultural, intelectual, artístico y misionero que hoy irradia su
influencia por el mundo entero. Así fue como en la Francia del siglo XVI
floreció el humanismo, que buscaba unificar la herencia grecorromana y la fe
cristiana. A los célebres pensadores del Renacimiento, y luego del Gran
Siglo, sucederían los de la Ilustración; con ellos, entonces, Francia aportó al
mundo auténticos logros; entre ellos, el reconocimiento de los “Derechos
Humanos” inscritos en la naturaleza de la persona humana, en particular el
de la libertad religiosa. Esta atención permanente a la dignidad inherente a
toda persona humana encuentra eco en su lema nacional. La libertad, la
igualdad y la fraternidad no son simples palabras grabadas en los frontones
de sus edificios públicos, sino que remiten a exigencias éticas universales que
encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de
inspiración y plenitud.
La Declaración universal de los Derechos Humanos,
proclamada en esta ciudad de París —y en cuya elaboración el jurista
francés y Premio Nobel de la Paz, René Cassin, desempeñó un papel destacado—
tuvo como objetivo crear una conciencia general sobre la dignidad inalienable
de la persona humana. San Juan Pablo II, que consideraba este documento como
«una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad», era
consciente de que «toda amenaza a los derechos humanos, bien sea en el ámbito
de los bienes materiales, bien sea en el de los bienes espirituales, es
igualmente peligrosa para la paz, porque afecta siempre al hombre en su
integridad».
La cuestión del respeto a la dignidad humana y a los
derechos y libertades fundamentales que se derivan de la naturaleza humana se
plantea en todas las épocas y debe acompañar los cambios de la sociedad y el
avance técnico. En efecto, «a lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico
ha contribuido a una mejora significativa de las condiciones de vida de la
humanidad; al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto de
manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se
orientan hacia el bien» (Magnifica Humanitas, n. 4). Ya en su época, Georges
Bernanos percibía el riesgo de que la obediencia ciega y la
irresponsabilidad se convirtieran en los amos de un “Paraíso de las Máquinas”. Destacaba
cómo, para escapar de ellas, la civilización francesa, por el contrario, había
trabajado durante siglos en la formación de hombres libres, plenamente
responsables de sus actos.
Por esta razón, me pareció indispensable abordar en mi
primera carta Encíclica el tema de la Inteligencia Artificial, con el fin de
volver a situar a la persona humana en el centro de toda reflexión. Para no
perder nuestra humanidad en medio del “Paraíso de las Máquinas” que invaden y
condicionan nuestra vida cotidiana, es urgente formar las mentes en un
discernimiento ético capaz de distinguir lo que es moralmente bueno. Esta
exigencia es necesaria para reconocer el bien verdadero que hace crecer al
hombre según su vocación primordial, en el respeto incondicional de su libertad
interior y de su dignidad sagrada. A este respecto, quisiera recordar «que
una sociedad verdaderamente libre no impone la uniformidad, sino que
protege la diversidad de conciencias, previniendo las tendencias autoritarias y
promoviendo un diálogo ético que enriquece el tejido social» (Discurso a los
miembros del cuerpo diplomático, 9 enero 2026). Este diálogo resulta aún más
urgente en el contexto de la Francia de hoy, donde personas de diferentes
orígenes culturales y religiosos están llamadas a convivir y a contribuir a
la edificación de la sociedad.
Es precisamente gracias a la riqueza de su tejido social
que, desde hace siglos, Francia se distingue por su atención a la diversidad
y por un fuerte deseo de solidaridad. A través de la obra destacada de
hombres y mujeres que se mantuvieron fieles a su humanidad y a los valores del
Evangelio, la Iglesia católica en Francia no ha dejado de trabajar por el bien
de los más necesitados, convirtiéndose en el rostro vivo de la ternura y de
la compasión de Dios. Pensemos en la obra de san Vicente de Paúl, en la
renovación caritativa del siglo XVII y, aún hoy, en el personal de las
numerosas instituciones católicas que acompañan a nuestros hermanos y hermanas
debilitados por el sufrimiento.
Sus testimonios de atención y servicio constituyen una
verdadera escuela de humanidad sobre la grandeza del cuidado y un
recordatorio conmovedor del valor único e insustituible de cada ser humano. Son
también una invitación a una fraternidad renovada que exige aprender a acoger
la vida sin condiciones, a sostener la fragilidad con ternura, a acompañar con
respeto y confianza mutua cada etapa de la existencia y a defender, con
valentía y compasión, a quienes no tienen voz o no se sienten lo
suficientemente apoyados. Por eso reafirmo «con fuerza que la tutela del
derecho a la vida constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro
derecho humano» (ibid.).
Existe en nuestros días la tentación de esperar que la
ciencia nos brinde una solución y un consuelo para todos nuestros sufrimientos.
El riesgo es, a menudo, caer dicha ilusión. Cuando la ciencia y la tecnología
no están guiadas por la conciencia, pueden proponer soluciones inmediatas que
parecerían responder a los deseos y sufrimientos de los hombres y mujeres, pero
que, en realidad, consiguen desviarlos gravemente del bien al que aspiran
profundamente. A veces constato con preocupación ciertas derivas de las
sociedades actuales que corren el riesgo de convertir la ciencia y la
tecnología en empresas lucrativas que favorezcan las manipulaciones genéticas,
la gestación subrogada, la compra de órganos o la oferta de una muerte
programada. No olvidemos que el respeto mutuo y la protección de la vida de
toda persona humana constituyen una responsabilidad de cada uno y de todos, que
comienza con una conversión de la inteligencia y del corazón, y que requiere un
compromiso real y desinteresado para con nuestros hermanos y hermanas.
¿Cómo no observar también, en este compromiso, una expresión
de la justa laicidad de la ciudad terrenal? El cristiano que participa en la
vida pública y actúa según la luz de su conciencia iluminada por la fe no puede
ser considerado un proselitista ni una amenaza para la unidad de la patria.
Efectivamente, «el auténtico laicismo no excluye la dimensión religiosa, sino
que, por el contrario, sabe atesorarla como un recurso educativo» (Discurso a
los participantes en el Encuentro Nacional de Profesores de Religión Católica,
25 abril 2026).
Es precisamente por eso que la escuela católica ocupa un
lugar importante en el panorama educativo de un país como Francia. «Esto, por
otro lado, forma parte de una actitud más amplia, indispensable para todo
diálogo en la escuela como en la sociedad: conocer y amar lo que somos, para
ser capaces de encontrar a los demás con respeto y apertura» (íbid).
Por tanto, una justa laicidad no consiste en excluir a la
religión del espacio público o de la educación, sino en trabajar para que el
Estado y las instituciones religiosas dialoguen entre sí y unan sus fuerzas
al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello, para que el mundo tenga vida.
En este sentido, celebro el trabajo realizado en el marco de la Instancia de
Diálogo entre la Santa Sede, la Iglesia católica en Francia y el Gobierno francés.
La incansable labor de la Iglesia católica, a través de la riqueza de sus
expresiones e instituciones, es sin duda valiosa y loable para el bienestar de
toda la sociedad. Estos intercambios ilustran muy felizmente esa sana
complementariedad que fue reafirmada durante el Concilio Vaticano II, en el
sentido de que «la comunidad política y la Iglesia […] aunque por diverso
título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este
servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más
sana y mejor sea la cooperación entre ellas» (Concilio. Ecuménico Vaticano II,
Constitución pastoral Gaudium et Spes, 76-3).
Constato también, con alegría, que esa misma voluntad de
servir juntos a toda persona, sin importar su origen, ha inspirado durante
siglos la cooperación entre Francia y la Iglesia católica al servicio de los
cristianos de Oriente. La labor educativa, social, cultural y humanitaria que
se lleva a cabo en los países de Medio Oriente, en colaboración con diversas
asociaciones como Ayuda a la Iglesia Necesitada o Œuvre d’Orient, constituye
una valiosa contribución al diálogo entre los pueblos y a la defensa de los
derechos de toda persona.
Tenemos aquí un testimonio elocuente en el que la cultura
y la fe se presentan como pilares que favorecen la armonía entre diferentes
pueblos y religiones al servicio de la paz y la mediación entre los seres
humanos. También en este ámbito, la educación constituye un tema de especial
importancia. De hecho, sigue siendo, uno de los principales campos de
cooperación y encuentra una expresión, concreta y fructífera, en el Fondo para
las Escuelas de Oriente. Al respecto, deseo expresar mi gratitud a todas las
personas comprometidas con este proyecto y que, desde su fundación en 2021, ha
permitido brindar apoyo a más de doscientas sesenta instituciones educativas en
el Medio Oriente, incluidas siete universidades en el Líbano y la Universidad
de Belén.
Pero, ¿cómo evocar esta región del mundo, donde nació el
Príncipe de la Paz hace dos mil años, sin pensar también en todas esas
poblaciones afectadas por las consecuencias de los conflictos y en todos
aquellos que padecen el flagelo de la guerra? No podemos permanecer
indiferentes ante tales sufrimientos que hieren la dignidad humana y claman
justicia ante Dios. La gravedad de estas situaciones debe interpelarnos y
llama a cada uno, allí donde se encuentre, a una verdadera conversión del
corazón y a un cambio de actitud. Reconociendo humildemente la necesidad que
tenemos unos de otros podremos trabajar juntos, con mayor empeño, en la
construcción de la civilización del amor en el corazón de nuestro mundo, que se
ha vuelto tan complejo e interdependiente (cf. Carta encíclica Magnifica Humanitas,
n. 182).
Al mismo tiempo, como ya lo afirmaba en su momento mi santo
predecesor Juan XXIII, «la justicia, la recta razón y el sentido de la dignidad
humana exigen urgentemente que cese ya la carrera de armamentos; que, de un
lado y de otro, las naciones que los poseen los reduzcan simultáneamente; que
se prohíban las armas atómicas; que, por último, todos los pueblos, en virtud
de un acuerdo, lleguen a un desarme simultáneo, controlado por mutuas y
eficaces garantías» (Carta Encíclica Pacem in Terris, 112). En efecto, se
difunde cada vez más la convicción errónea de que la posesión de armas
nucleares sería una garantía de seguridad, lo que alimenta una nueva carrera
armamentista difícil de controlar (cf. Carta encíclica Magnifica Humanitas,
194). Sin embargo, la paz no es un equilibrio de fuerzas; se construye cada día
a través del diálogo y la justicia.
Por eso, les exhorto a no resignarse nunca ante la
perspectiva de una guerra considerándola “inevitable”, sino a promover sin
descanso el diálogo y la diplomacia, con el fin de preservar sociedades
pacíficas, respetuosas de la dignidad y los derechos de las personas y de
los pueblos. Ante el estruendo de las guerras y las variadas crisis que sacuden
a nuestro mundo, Francia tiene la vocación de seguir siendo un incansable
artífice de la paz y del multilateralismo, especialmente en el seno de nuestra
querida Europa. Que Francia, fiel a sus valores, abra el surco de una paz
desarmada y desarmante, y ofrezca con responsabilidad su insustituible
contribución a favor de la paz. Que su libertad crezca sin cesar en la búsqueda
del bien común. Que su fraternidad abrace a toda la humanidad. Y que la
igualdad a la que aspiran se establezca siempre sobre los cimientos de la
justicia y de la caridad, sin suprimir las diferencias entre las personas, sino
haciéndolas fructificar armoniosamente en beneficio de toda la sociedad.
Señor Presidente, señoras y señores, deseo expresarles una
vez más mi gratitud por este encuentro que, retomando las palabras
—significativas para todos— pronunciadas por Su Excelencia ante los obispos de
Francia en 2018, pone de manifiesto como «una Iglesia que pretende
desinteresarse de las cuestiones temporales no completaría su vocación; y un
presidente que pretendiera desinteresarse de la Iglesia y de los católicos
faltaría a su deber». Tengan la seguridad de mi fervientemente oración por su
hermosa Nación.
Que Dios le conceda paz, unidad y prosperidad para que el
mundo tenga vida. Encomiendo estos deseos a la intercesión maternal de la
Santísima Virgen María, Patrona principal de Francia.
¡Que Dios bendiga a Francia y a todos los franceses! Fuente:
Aciprensa. Com
