15 de febrero
2026. “No basta una justicia mínima; se necesita un gran amor”. Ángelus Regina
Coeli, Papa León XIV. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos
y hermanas, ¡feliz domingo!
También hoy
escuchamos en el Evangelio un fragmento del «Sermón de la Montaña» (cfr. Mateo
5,17-37). Tras proclamar las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a entrar en la
novedad del Reino de Dios y, para guiarnos en este camino, revela el
verdadero significado de los preceptos de la Ley de Moisés: no sirven para
satisfacer una necesidad religiosa externa de sentirnos bien ante Dios, sino
para guiarnos a una relación de amor con Dios y con nuestros hermanos. Por eso,
Jesús dice que no ha venido a abolir la Ley, «sino a darle cumplimiento».
El
cumplimiento de la Ley es precisamente el amor, que realiza su profundo
significado y propósito último. Se trata de adquirir una justicia superior (cf. v. 20) que supera a la de
los escribas y fariseos, una justicia que no se limita a la observancia de
los mandamientos, sino que nos abre al amor y nos compromete a amar. De
hecho, Jesús examina algunos preceptos de la Ley que se refieren a casos
concretos de la vida y utiliza una fórmula lingüística —las antinomias—
precisamente para destacar la diferencia entre una justicia religiosa formal y
la justicia del Reino de Dios: por un lado: «Habéis oído que se dijo a
los antiguos», y por otro, Jesús afirma: «Pero yo os digo» (cf. vv.
21-37).
Este enfoque es
muy importante. Nos dice que la Ley fue dada a Moisés y a los profetas
como una manera de comenzar a conocer a Dios y su plan para nosotros y para la
historia, o, para usar una expresión de san Pablo, como un maestro que nos guió
hacia Él (cf. Gálatas 3,23-25). Pero ahora Él mismo, en la persona de Jesús, ha
venido entre nosotros, cumpliendo la Ley, haciéndonos hijos del Padre y
concediéndonos la gracia de entrar en una relación con Él como hijos y como
hermanos entre nosotros.
Hermanos y
hermanas, Jesús nos enseña que la verdadera justicia es el amor y que, en
cada precepto de la Ley, debemos comprender la necesidad de amor. De hecho,
no basta con no matar físicamente a una persona si luego la mato con palabras o
no respeto su dignidad (cf. vv. 21-22). Del mismo modo, no basta con ser fiel
formalmente al cónyuge y no cometer adulterio si en esta relación faltan la
ternura mutua, la escucha, el respeto, el cuidado mutuo y el caminar juntos en
un proyecto común (cf. vv. 27-28, 31-32). A estos ejemplos, que el propio Jesús
nos ofrece, podríamos añadir otros. El Evangelio nos ofrece esta preciosa
enseñanza: no basta una justicia mínima; se necesita un gran amor, que es
posible gracias al poder de Dios.
Invoquemos juntos
a la Virgen María, que dio a Cristo al mundo, Aquella que lleva a cumplimiento
la Ley y el plan de salvación: que ella interceda por nosotros, nos ayude a
entrar en la lógica del Reino de Dios y a vivir su justicia. Fuente: Vatican.
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