Mensaje Jornada 112 mundial del migrante y refugiado
Papa León XIV el 27 de
septiembre 2026
Queridos hermanos y queridas hermanas:
Año tras año, la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado
nos invita a centrar nuestra atención en diferentes aspectos del complejo
fenómeno migratorio. En esta 112ª Jornada, el lema «Incluso uno solo de
estos pequeños» nos llama a prestar atención a los menores que se ven
directamente afectados por la experiencia de la migración y la huida, a la
preocupación por ellos y a la promesa del Señor de que quien «acoge a un niño
como este en mi nombre, me acoge a mí» (Marcos 9, 37).
Menores desplazados: una realidad compleja de vulnerabilidad
Los menores son los más vulnerables dentro de los flujos
migratorios mundiales. Son rostros concretos, historias únicas, que apelan
a nuestra conciencia. Cada año, millones de niños y adolescentes se ven
obligados a abandonar su tierra a causa de guerras, pobreza, violencia,
desastres medioambientales y otras tragedias; y, lamentablemente, su número
sigue aumentando. Las responsabilidades económicas, políticas y militares de
este desastre son inmensas. El sufrimiento no se limita al desplazamiento,
hay niños muy pequeños que han perdido a sus padres, hermanos, hermanas y
amigos, y que son testigos de una violencia indescriptible. Otros, separados
durante largos períodos de sus familiares, intentan reunirse con ellos,
viviendo entre tanto, la angustia de la distancia. Hay también menores que
afrontan el viaje junto a sus padres, pero expuestos a condiciones extremas y
traumáticas. Por último, no podemos olvidar la trágica situación de quienes son
separados de sus padres a causa de la repatriación.
A este panorama, ya de por sí dramático, se suman otras
tragedias: las muertes a lo largo de las rutas migratorias, la trata y la
explotación, el reclutamiento de menores para su participación en conflictos
armados, la violencia sexual, los matrimonios forzados y las atrocidades
sufridas o presenciadas durante el trayecto. Su dignidad se ve pisoteada en
demasiadas formas.
El papa Francisco, en el mensaje con motivo de la Jornada
Mundial del Migrante y del Refugiado de 2017, dedicada al tema «Emigrantes
menores de edad, vulnerables y sin voz», recordaba que estos «se
encuentran desprotegidos por tres motivos: porque son menores, extranjeros e
indefensos; por diversas razones, son forzados a vivir lejos de su tierra natal
y separados del afecto de su familia».
No obstante, en medio de tanta oscuridad, no falta la luz de
la solidaridad: personas, familias, instituciones civiles y comunidades
eclesiales deciden no desviar la mirada hacia otro lado (cf. Lucas 10, 29-37). Pensemos
en las familias que abren las puertas de sus hogares para devolver a estos
menores el calor de un hogar, en los educadores de las comunidades de
acogida, en los voluntarios y en los trabajadores que, cada día, en las rutas y
en nuestras ciudades, se dedican a curar las heridas invisibles de estos
pequeños. Con su compromiso, dan testimonio de que el amor puede vencer a la
indiferencia.
Incluso uno solo de estos pequeños
Esta dramática realidad, me hace pensar en las palabras de
Jesús que interpelan profundamente la conciencia de cada uno: «El que acoge a
un niño como este en mi nombre me acoge a mí» (Mateo 18,5). No es una cuestión
de cifras ni de estadísticas. El Evangelio nos invita a no hacer cálculos:
incluso uno solo.
Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita.
Es imagen y semejanza de Dios (cf. Génesis 1,26), es presencia del Señor. Ante
cada menor emigrante, estamos llamados a realizar un acto de humanidad y de fe:
en el niño, de hecho, podemos acoger y encontrar al Señor. Esta llamada se hace
aún más apremiante a la luz de esta otra afirmación del Señor en el Evangelio
de Mateo: «fui forastero y me hospedaron» (Mateo 25,35).
Lamentablemente, los menores emigrantes se ven más
fácilmente relegados a la invisibilidad, al carecer de adultos que los protejan
y los apoyen. Es necesario intervenir en los países de origen para eliminar las
posibles causas que les obligan a huir, además de ofrecer protección y acogida
en los países de tránsito y de llegada.
El clamor de los menores desplazados
se eleva hoy hacia Dios, tal y como el que se escucha en el libro del Éxodo:
«He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los
opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo» (Éxodo 3,7-8). Dios
escucha y, para liberar, interpela con fuerza la conciencia y la acción de cada
uno de nosotros, tal y como hizo con Moisés. No podemos permanecer
indiferentes, ni acostumbrarnos a tanto sufrimiento.
Un llamamiento a la responsabilidad de todos
Incluso uno solo de estos pequeños nos llama, en nuestra
vida personal, a abrir los ojos y el corazón para escuchar en profundidad su
historia, sus miedos y sus sueños, superando esa indiferencia que reduce al ser
humano a un dato estadístico que no nos afecta directamente. Es una
invitación a reconocer al niño en su dignidad, aún antes que en su condición de
“migrante”, y a proteger sus derechos fundamentales: a la vida, a la
educación y a un nivel de vida que le permita crecer y desarrollarse plenamente
desde el punto de vista físico, mental, espiritual, moral y social.
Incluso uno solo de estos pequeños nos llama, en la vida eclesial, a convertir la hospitalidad de un concepto abstracto en una práctica pastoral constante. No podemos limitarnos a delegar esta tarea a instituciones o asociaciones dotadas de un carisma específico: ante los rostros concretos que nos interpelan en el día a día, toda la comunidad cristiana está llamada a sentirlos como a sus propios hijos y a acercarse a la historia concreta de cada uno.
Es necesario animar a las comunidades cristianas a integrar y valorar a
los refugiados e inmigrantes como miembros de pleno derecho de la familia
eclesial, promoviendo nuevos itinerarios educativos y espirituales, incluso
personalizados, que superen la lógica del puro asistencialismo. En particular,
es fundamental prevenir la soledad, el aislamiento y el rechazo, que no pocas
veces afectan también a los hijos de los emigrantes, y promover dinámicas
de encuentro e integración en las que los jóvenes del territorio y los jóvenes
inmigrantes puedan fortalecerse juntos, en un camino de respeto mutuo,
solidaridad y amistad.
Incluso uno solo de estos pequeños, en el marco de las
distintas religiones, nos recuerda que la vulnerabilidad de los más
pequeños no conoce fronteras confesionales y nos une en una responsabilidad
humanitaria y espiritual compartida. Se convierte en un terreno fértil para un
diálogo interreligioso concreto, en el que los creyentes, inspirándose en el
propio sentido de la trascendencia, cooperen en la creación de redes de
protección. Las comunidades de fe están llamadas a crear espacios en los que
cada niña y cada niño sean respetados y valorados en sus respectivas
identidades culturales, previniendo así el riesgo de radicalización por parte
de grupos extremistas. Proteger a un menor significa, en última instancia,
custodiar la huella divina impresa en él.
Incluso uno solo de estos pequeños, en el contexto de las
instituciones civiles, nos insta a reafirmar el principio del interés superior
del menor. Las instituciones públicas y privadas están obligadas a situar en el
centro la protección y la dignidad de cada niño y adolescente. Esto implica la
adopción de instrumentos jurídicos eficaces de protección, promoviendo la
reunificación familiar y evitando los traumas de la separación.
Es urgente
un cambio de perspectiva: hay que desplazar el eje del debate de la mera
gestión de los flujos migratorios a la protección plena e inmediata de los
derechos humanos, adoptando «una respuesta coordinada, solidaria y eficaz,
capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a
quienes emigran» (Discurso al Parlamento español, Madrid, 8 junio 2026).
Encomendemos a los menores migrantes y refugiados a la
protección maternal de María Santísima, quien, junto a san José y a Jesús,
aún niño, conoció la crueldad de la violencia de Herodes y el drama del exilio
en Egipto (cf. Mt 2,13-15); que sea Ella quien acompañe sus pasos y ayude a
nuestras comunidades a convertirse en signos vivos y creíbles del Evangelio.
Vaticano, 11 de agosto de 2026, memoria de Santa Clara de
Asís. Fuente: Vatican. Va.

