24 de junio 2026 “La Eucaristía es así el sacramento del
Reino que viene”. Audiencia Papa León XIV, Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas,
Cuando san Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados
el misterio del Cuerpo de Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos
escuchado: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su
parte» (1 Corintios 12, 27).
Y añade: «Recibís el misterio que sois vosotros. A eso
que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas,
pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”.
Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén”
responda a la verdad. [...] Sed lo que veis y recibid lo que sois» (Sermón
272). Justo después de haber evocado la Última Cena de Jesús, la Constitución
sobre la Liturgia habla de la Eucaristía con estos acentos agustinianos. Para
los cristianos, formar parte de la mesa del Señor significa que «sean
instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del
Señor, den gracias a Dios» (Sacrosanctum Concilium, 48).
Recibiéndolo en su Palabra y en la Eucaristía nos
convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos en el Cuerpo cuya Cabeza
es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre (cfr. Colosenses 1,
18), el cual nos prepara un lugar en los cielos (cfr. Juan 14, 3): la
Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el Pan del camino,
que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en el que «Dios sea
todo en todo» (1 Corintios 15, 28).
La asamblea litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo
por manos del sacerdote, sino juntamente con él» (Sacrosanctum Concilium, 48).
En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del sacrificio espiritual de los
cristianos (cfr. Hebreos 13, 16; Romanos 12, 1), en cuanto camino de la unión
con Dios y de la unión recíproca.
Al participar en ella, aprenden a que «se perfeccionen día a
día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente,
Dios sea todo en todos» (ibid.). Así, incorporándonos a Cristo, la
Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo de vida del mismo Señor Jesús,
marcado por el don gratuito de sí mismo.
Este don nos hace entrar, por esto, en la dinámica de la
unidad, que ofrece un poderoso antídoto a los fermentos de división que
amenazan nuestro mundo, nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro
corazón (cfr. Sacrosanctum Concilium, 47).
Queridos, cuando participamos en la Eucaristía somos
invitados a escuchar la Palabra de Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor,
donde Él mismo se ofrece al Padre. Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de
la Palabra y la Liturgia eucarística, «están tan íntimamente unidas que
constituyen un solo acto de culto» (Sacrosanctum Concilium, 56).
En lo que se refiere a la Palabra, es necesario recordar que
no se trata solamente de adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras,
sino de recibir la Palabra «viva y eficaz» (Hebreos 4, 12), dirigida por Dios a
todos y al mismo tiempo a cada uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan
eucarístico y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en
Cristo.
«La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura,
así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio
eucarístico» (Papa Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal.
Verbum Domini, 55).
El Concilio Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor
amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de
años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura»
(Sacrosanctum Concilium, 51).
La reforma litúrgica ha traducido esta petición en ese
tesoro que es el Leccionario, es decir, el libro que recoge todas las Lecturas
bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la
fuente más pura de la Tradición viviente, que combina la «sana tradición» con
«el camino a un progreso legítimo» (Sacrosanctum Concilium, 23).
El inicio del capítulo II de la Constitución sobre la
Liturgia está entretejido con referencias al gran río de la Tradición, que va
desde los Padres de la Iglesia hasta nosotros.
Lo cito: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que
le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre,
con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de
la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y
Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad,
banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se
nos da una prenda de la gloria venidera» (Sacrosanctum Concilium, 47).
Queridos hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente
de vida divina y dejémonos transformar por el misterio que celebramos. Fuente:
Vatican. Va

