14 de junio 2026. “Jesús ve y ama. Ama y sufre” Ángelus
Regina Coeli Papa León XIV. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de hoy (Mateo 9, 36-10,8) nos ofrece un gran
regalo, porque incluye a todos los que lo escuchan con la mirada de Jesús. Es
un relato que testimonia la atención de su vista, además de decirnos qué es lo
que observa. Leemos, en efecto, que Cristo «al ver a las muchedumbres, se
compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas» (v. 36).
Haciéndose nuestro hermano, el Hijo de Dios mira a la gente,
mira a la humanidad: ve la opresión que aplasta y la violencia que quita la
fuerza. Ve las heridas de las guerras y el vacío del consumismo. Ve rostros
reducidos a máscaras, familias rotas por el mal y jóvenes ilusionados por
falsos ideales. Jesús ve y ama. Ama y sufre por nosotros, con
nosotros: su compasión expresa no sólo cercanía fraterna, sino voluntad de
redención.
Él, en efecto, conoce nuestro corazón y lo cuida; frente a
tantas personas semejantes a «ovejas que no tienen pastor» (v. 36), Cristo
se dedica a todas como buen pastor y, como señor de la mies, envía obreros
al campo del mundo (cf. v. 38). ¿Cuál es el trabajo que deben realizar? Llevar
el consuelo de Dios a los que sufren: llevar caridad donde hay miseria,
esperanza donde hay aflicción, fe donde hay desconfianza.
El Evangelio menciona los nombres de los doce primeros
“obreros”; son discípulos convertidos en apóstoles, es decir, misioneros y
predicadores. Entre ellos está Simón llamado Pedro, el primero, y también
Judas Iscariote, el último, para recordarnos que se puede seguir a Jesús y
traicionarlo, pero el Evangelio continúa siendo palabra viva y verdadera para
todos. La Buena Noticia que atraviesa los siglos es idéntica, siempre joven,
fresca y liberadora: ¡«Ha llegado el reino de los cielos» (Mateo 10,7)!
Sí, está cerca porque en Jesucristo Dios se hace prójimo de
todo hombre y mujer, de todo pueblo y nación. Cuando este Evangelio es
anunciado y practicado, el mal se derrumba como una enfermedad que termina (cf.
v. 8), como una noche que deja paso a la aurora, como la muerte vencida por el
Resucitado.
De ese modo, la mirada de Jesús transforma la realidad:
llena de amor, su iniciativa da vida a un pueblo nuevo, la Iglesia, llamado a
continuar la misión de los apóstoles: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (v.
8). Sí, el don de Jesús es totalmente gratis, porque su valor excede toda
medida: es imposible merecerla o “comprarla”. Esta gracia es el bellísimo
nombre de la misericordia de Dios, que nos alcanza allí donde estemos, para
guiarnos hacia Él. «Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a
su mies» (Mateo 9, 38).
Queridos hermanos, la tarea de evangelizar nace del don
de Dios que en Cristo se vuelve perdón para el mundo, servicio a los más
pequeños y más pobres, compromiso por la justicia. Pidamos el auxilio de la
Virgen María, llena de gracia, para que respondamos con gozo y valentía a la
misión a la que Jesús nos llama. Fuente: Vatican. Va

