12 de junio 2026.
«El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» Mensaje Papa León XIV.
Jornada Santificación de los sacerdotes.
Queridos hermanos
sacerdotes:
En el día en el
que la Iglesia contempla el Corazón traspasado de su Señor, del que brota una
fuente inagotable de paz y unidad para todo el género humano, dirijo sobre todo
a mí mismo y a todos ustedes las palabras que Dios dirigió al pueblo de Israel:
«Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Levítico 19,2;
cf. 1 Pedro 1,16).
Esta llamada
divina atraviesa los siglos, resonando también hoy con fuerza para todo
creyente y, con exigencia particular, para nosotros sacerdotes. La santidad
no es una opción entre tantas ni un ideal abstracto; tiene que ver con la
identidad misma de cada persona que quiere participar en la vida del
Resucitado.
Santidad y
participación en el misterio de Cristo
Dios nos
invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es
santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para
nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El
Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con
ciencia y prudencia» (Jeremías 3,15). La santidad que se nos pide es un
abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu.
Sin embargo,
precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos
llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro
en vasijas de barro (cf. 2 Corinto 4,7), somos limitados e imperfectos, a
menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas.
¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan
alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el
costado abierto del Señor Jesús.
Un camino de
unión
La unión de
nuestro corazón con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos
cuantos elegidos, sino un camino sacramental, eucarístico, que se realiza en lo
cotidiano. Queridos hermanos, en la Ordenación hemos sido configurados con
Cristo, pero es necesario reavivar siempre en nosotros el don de la gracia
por medio de la celebración cotidiana de la Eucaristía, de la oración, de la
meditación de la Palabra de Dios y del servicio humilde a los hermanos y
hermanas.
Permanecemos
unidos a Cristo en todo: en lo que hacemos y en lo que nos sucede
cotidianamente. La santidad, entonces, en vano buscada con esfuerzos aislados,
se revelará por lo que es: correspondencia a la gracia que nos precede, nos
sostiene y nos transfigura. No existen, en efecto, compartimentos estancos en
nuestra humanidad. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las
alegrías y los fracasos, incluso el tiempo aparentemente perdido o el amor que
parece malgastado, todo se vuelve un lugar privilegiado de la revelación de
Dios y de su amor infinito.
El sacerdote
que tiene un corazón íntegro, sencillo y puro es contemplativo en la acción,
misericordioso, fiel en la prueba y alegre en la entrega de sí. El mundo tiene una gran necesidad de
pastores que no ofrezcan sólo palabras o programas, sino el testimonio vivo de
un corazón reconciliado, difundiendo el buen olor de la santidad de Cristo. Una
vida sacerdotal sólida y configurada con el Corazón de Jesús es signo creíble
de unidad, de paz y de misericordia.
Así, en un tiempo
marcado por divisiones y miedos, podemos ser constructores de paz, testigos de
la ternura del Buen Pastor, que sabe reunir al que está extraviado y sanar al
que está herido, y nuestro celo no es agitación, sino el desbordamiento de un amor
que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro» (Francisco, Carta encíclica
Dilexit Nos, numeral 28).
El Corazón de
Cristo es el corazón de los santos
La respuesta a
la vocación a ser santos
no está tanto en el esfuerzo de ascesis y perfección, que es necesario, sino en
la adhesión confiada al amor revelado en el Corazón traspasado de Jesús. El
apóstol Juan nos hace contemplar el costado abierto del Crucificado (cf. Juan
19,34), donde Dios nos muestra definitivamente cómo Él es santo: no en la
distancia inaccesible de una perfección separada, sino en un amor que se
entrega hasta hacerse herir y que puede, por tanto, ser manantial de
misericordia y de vida. El Sagrado Corazón de Jesús es la imagen por
excelencia del amor de Dios: un amor omnipotente precisamente porque es
capaz de hacerse vulnerable, de cambiar el dolor en gracia, el sufrimiento en
esperanza.
Ese Corazón
bendito, por tanto, es el “lugar” en el que la santidad se muestra como
proximidad y ternura. La santidad del sacerdote entonces puede manifestarse
en la cercanía humilde y valiente, en el ser de todos y para todos,
manteniendo abierta la puerta del redil para que muchos puedan entrar y
encontrar alimento y descanso (cf. Juan 10,9). Por eso, se nos pide una
relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a
todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de
compasión y de escucha.
Así, por medio de
la unión de nuestro corazón imperfecto con el Corazón traspasado de Jesús, se
realiza nuestro camino de santidad. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo
vive en nosotros (cf. Gálatas 2,20). Una tal santidad no se vive en
soledad. Cuiden la fraternidad sacerdotal: búsquense, escúchense,
sosténganse. El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote
que camina con los hermanos crece. Nos lo recuerda san Agustín: «¿Cómo
evitaremos estar en tinieblas? Amando a los hermanos. ¿En qué se prueba que
amamos la fraternidad? En que no rasgamos la unidad, en que mantenemos la
caridad» (Homilía sobre la Segunda Carta de San Juan a los Partos II, 3).
Queridos
sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de
Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama.
Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el
sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para
la convocación del Año Sacerdotal (16 junio 2009): AAS 101 (2009), 569). Este
amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo
nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la
Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el
misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el
Corazón de Cristo, Salvador del mundo. 12 de junio de 2026, Solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús. Fuente: Vatican. Va.

