6 de junio 2026 “Evitemos las Palabras que humillan o
enfrentan”. Visita apostólica Papa León XIV. Madrid (España) Discurso autoridades,
sociedad civil, cuerpo diplomático.
Majestades, Altezas Reales,
distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo Diplomático,
señoras y señores:
Doy gracias al Señor por este encuentro y expreso mi
agradecimiento por la invitación a realizar este viaje apostólico a España: un
itinerario en varias etapas, cada una de las cuales revelará algún aspecto de
la riqueza multifacética de un gran país que, desde hace casi dos milenios, ha
acogido la Palabra del Evangelio. La tradición siempre ha vinculado la
primera evangelización de la Península ibérica a la predicación del apóstol
Santiago el Mayor.
Este vínculo reviste una importancia teológica considerable,
porque expresa la conciencia de la Iglesia local de estar en continuidad con la
misión apostólica nacida en Pentecostés. El vínculo antiquísimo entre la fe
cristiana y esta tierra, si bien por un lado no agota la multiforme
identidad de vuestro pueblo, por otro ha moldeado profundamente su cultura y
representa una fuente de esperanza y de orientación entre los desafíos que hoy,
como familia humana, debemos afrontar juntos.
Pienso en las expresiones de la fe popular que, en cada
ciudad y pueblo, representan una auténtica dramaturgia de la salvación al ritmo
del año y en los diversos contextos de la vida. Junto con el patrimonio
artístico y musical, con las múltiples cofradías y asociaciones de carácter
caritativo, dan testimonio del fecundo encuentro entre Jesucristo y vuestro
pueblo. ¡Es un pueblo lleno de pasión, que ama la vida y lo manifiesta!
Vengo entre ustedes para confirmar, alentar e inspirar una
renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y
una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de esta Nación. De
hecho, su propia historia sugiere que no es la cultura del enfrentamiento,
sino la del encuentro, la que genera estabilidad y prosperidad. El mensaje
de paz que en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y
para otros como provocador, encuentra acogida en quienes no se encierran en
ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad. Como nos ha enseñado
el Papa Francisco, existe, en efecto, «una tensión bipolar entre la idea y
la realidad.
La realidad
simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo
constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es
peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma»
(Evangelii Gaudium, 231). De hecho —concluía—, «la realidad es superior a la
idea» (ibid..). La verdad es siempre más grande que nosotros y por eso nos
sorprende y nos atrae hacia caminos de purificación y reconciliación, en los
que el diálogo con los demás —y con el Otro con mayúscula— se vuelve
fundamental.
A este respecto, quisiera referirme a dos figuras de este
país que, desde hace cinco siglos, nutren la vida de la Iglesia y la búsqueda
espiritual de muchos, incluso más allá de sus fronteras visibles. Se trata
de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, que se hicieron amigos en la pasión
por el Misterio divino. La suya es una mística con los ojos abiertos, es decir,
no ajena a la historia, sino que, por el contrario, lleva a la raíz de las
cuestiones, al corazón de la realidad. En particular, al interpretar las
transformaciones y soportar las tensiones que hacen tan oscura nuestra época,
nos ayuda el tema de la noche, tan querido por san Juan de la Cruz, cuyo Año
Jubilar estamos celebrando. En su sed de luz, paradójicamente, aprendió a
apreciar la oscuridad —«noche dichosa» (Noche oscura, 3)— como el tiempo en que
el alma se libera de lo que presumía de conocer y poseer.
También hoy lo que más nos asusta, lo que en muchos provoca
la oscuridad de la razón y la violencia de las emociones, es lo desconocido,
ante lo cual puede prevalecer la sensación de no tener ya mapas, la
desorientación. Por eso se necesitan, también en la vida pública, hombres y
mujeres que intuyan, en la oscuridad, la luz; en el fin, un posible comienzo,
casi el irrumpir de una verdad como luz que aún ciega, pero que —si confiamos y
encontramos paz— nos llevará delicadamente hacia sí misma: «¡Oh noche que
guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste
Amado con amada, amada en el Amado transformada!» (ibid.., 5).
Nuestra época, que en apariencia se ve sacudida por
terribles desequilibrios y conflictos, clama en lo más profundo por la paz, por
un nuevo conocimiento de la persona humana y de su dignidad inviolable, por la
civilización del amor (cf. Magnifica Humanitas, 186).
Santa Teresa describe este mismo itinerario con la imagen
del castillo interior. Avanzando de habitación en habitación hacia el lugar más
íntimo —es decir, cada uno hacia su propio corazón, santuario de la verdad—, el
espacio se amplía, la mente se abre, las contradicciones se resuelven, las
tensiones se disuelven, los demás encuentran su lugar, el universo se convierte
en hogar. No se trata de una huida intimista, sino de una apertura radical al Totus
Alius et semper Novus, que se realiza cuando volvemos a nosotros mismos. Esta
dimensión del ser humano es la razón por la que hay que proteger la libertad
religiosa y de conciencia.
Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de
las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana
no deja de ser violada. Por eso necesitamos cultura, interioridad, una
educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia. Y, sin embargo, desde
estas noches oscuras, hombres y mujeres fieles a la verdad se han visto
impulsados a avanzar de estancia en estancia hasta el punto en que, en la
conciencia, la justicia y la paz se abrazan. Es de su libertad aprendemos a
ser libres.
La Iglesia católica está al servicio de esta sed del
corazón humano. No de forma impositiva, sino con el testimonio evangélico
respaldado por una multitud de mártires y santos, y hoy está dispuesta a
ponerse al servicio del futuro de un pueblo que busca la reconciliación y la
paz.
Invito a todos, por amor a la verdad, a abandonar las
narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia,
para pasar de las simplificaciones estériles a la apreciación fecunda de la
complejidad. Veo aquí una vocación específica de Europa, de la que España es
protagonista original y fundamental. Es el regalo que el Viejo Continente puede
hacer al mundo si quiere permanecer joven, pues joven es quien siente que tiene
un futuro y una misión que aún interpelan. Apreciar la complejidad y
estudiarla, aprender a no negarla y a vivirla como una bendición, huir de esos
enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de
fantasmas y enemigos: he aquí la tarea de quien tiene una gran historia a sus
espaldas. Las nuevas tecnologías se han convertido en un entorno artificial
en el que nuestras opciones fundamentales se ponen a prueba: en su interior,
los prejuicios se exacerban, el pensamiento crítico se debilita, los intereses
prepotentes siembran pulsiones de muerte. Por otra parte, el bien puede
resistir y comunicarse.
Es necesario, sobre todo por parte de quienes tienen
responsabilidades económicas, políticas e institucionales, dar un salto
cualitativo, un cambio de rumbo en las inversiones destinadas a la escuela, la
universidad y la investigación, a las comunidades locales y a la sociedad civil
como semillero de participación y mediación cultural. La seguridad, que con
demasiada frecuencia nos ilusionamos que provenga de las armas y los muros,
madura más bien al aprender a avanzar junto al otro, a crecer juntos, codo con
codo. Vuestra propia historia lo atestigua. La presencia del islam en la
Península ibérica, por ejemplo, constituyó una realidad política, cultural y
religiosa de larga duración. Durante ese periodo no sólo hubo confrontación,
sino que se intentó crear un espacio de contacto, conversación y diálogo sobre
el sentido de la verdad entre cristianos, musulmanes y judíos.
En la escuela de traductores de Alfonso X el Sabio, expertos
pertenecientes a las tres religiones colaboraron en la traducción del rico
patrimonio árabe, griego y hebreo, contribuyendo a la difusión de textos como,
entre otros, los de los filósofos Averroes (1126-1198) y Maimónides
(1138-1204). En particular, ciudades como Córdoba y Toledo se convirtieron en
lugares de mediación entre lenguas, religiones y saberes. Pero esta es la
verdad que cuentan las ciudades europeas, su estratificación histórica, el tejido
de solidaridad que a lo largo de los siglos ha conformado sus diferencias,
transformando los inevitables conflictos en puntos de partida.
Como nos enseñó otro noble hijo de esta tierra, en las
pruebas y los fracasos es posible replantearse todo: Ignacio de Loyola tuvo
esta audacia, dando crédito a las desolaciones y consolaciones de su corazón,
en un ejercicio de discernimiento e imaginación por el cual prefirió la paz a
las armas y los santos a los poderosos. Comprendió que el bien al que se
sentía atraído no era utópico, y entonces su crisis se transformó en
gracia. Lo mismo puede suceder con las “novedades” que nos inquietan hoy y
sobre las que nuestras sensibilidades están divididas. «Evitemos las
palabras que humillan o enfrentan.
Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que
abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos
estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la
persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el
cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación
responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más
frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la
justicia y la paz» (Magnifica Humanitas, 14).
Majestades, Altezas Reales, señoras y señores, expreso mi
agradecimiento a vuestro país por su fidelidad al derecho internacional y al
multilateralismo, que se traduce en un compromiso activo con la paz y la
solidaridad entre los pueblos. Al mismo tiempo, animo a cultivar también en su
interior el diálogo y la amistad social, a tener en cuenta las perspectivas de
los pobres y los jóvenes al imaginar el futuro, a armonizar las demandas de
autonomía y de unidad, y a impulsar el proceso de unión europea, no en
oposición a otras potencias, sino como un don para toda la familia humana.
¡Que Dios bendiga a España! Fuente: Aciprensa.

