3 de junio 2026. “Rito, signo y símbolo en la liturgia”
Audiencia Papa León XIV. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas:
El Concilio Vaticano II, beneficiándose del valioso trabajo
del Movimiento litúrgico, nos ha ayudado a redescubrir una verdad muy viva en
la conciencia de la Iglesia antigua y en la enseñanza de los Padres. Los
ritos de la liturgia cristiana no son un revestimiento exterior del ministerio
sacramental, un conjunto de ceremonias arbitrarias, sino que son la
mediación eclesial a través de la que nos llega el don divino. Precisamente por
eso el Concilio invita a comprender el Mysterium fidei que se realiza en la
liturgia a través de los ritos y de las oraciones (cf. Sacrosanctum Concilium,
48).
El rito da forma a la acción litúrgica y, a través de
ella, a nuestra vida, generando en nosotros una sensibilidad espiritual que
nos hace capaces de saborear la presencia de Dios por medio de Jesucristo.
Naturalmente eso sucede si nosotros no nos quedamos al margen o como
espectadores mudos (cf. ibid.) respecto a la liturgia, sino que participamos
con todo nuestro ser – cuerpo, mente y corazón –, en obediencia al mandato del
Señor. A través del sagrado rito nos formamos en la escucha de la Palabra de
Dios, en la acción de gracias y en la adoración, en el hecho de compartir
de forma fraterna y en la comunión eclesial. Descubrimos que somos una asamblea
de muchos rostros, reunida por la misma fe.
El rito nos implica en una secuencia de gestos y de
oraciones bien definida, que a veces puede contrastar con nuestra tendencia
individual a la espontaneidad. Su lógica no consiste en encorsetar la
libertad en esquemas. Al contrario, con la sobriedad solemne de sus ritmos, el
rito interrumpe actividades frenéticas, reconduciéndonos a lo esencial.
Descubrimos así otra dimensión de la acción, que no se rige por los cálculos
productivos y otra experiencia del tiempo y del espacio. En el rito
experimentamos una lógica de gratuidad, encontramos un descanso que
regenera el corazón, reconocemos que nos precede la gracia divina, aprendemos a
vivir a un ritmo habitado por el Espíritu Santo.
La gramática del rito está entretejida con los signos y los
símbolos propios de la liturgia. En ella, como afirma el Concilio, «los signos
sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del
hombre» (Sacrosanctum Concilium, 7). El Catecismo de la Iglesia Católica
profundiza el valor de estos signos, recordando que «su significación tiene su
raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila en los
acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y
la obra de Cristo» (numeral. 1145). Es emblemático el signo del agua: de los
orígenes de la creación al diluvio, del paso del Mar Rojo al Jordán, hasta
el agua que brota del costado de Cristo y se convierte en signo sacramental de
la inmersión de su muerte y resurrección.
“Signo” y “símbolo” son términos que a menudo se usan
como sinónimos. En realidad, un signo es simbólico cuando es capaz de remitir
no solo a una idea, sino a todo un sistema de significados y de valores.
Así, por ejemplo, cuando se nos rocía con agua bendita se reaviva en nosotros
la conciencia del don recibido con el Bautismo y nuestra adhesión a la vida
nueva en Cristo. En segundo lugar, los símbolos tienen esencialmente un
carácter práctico, siendo sobre todo acciones: más sencillas y comunes,
como arrodillarse y darse la paz, o más exigentes, como los actos que
constituyen cada Sacramento. Sobre todo, los símbolos tienen una dimensión
singular performativa y transformadora, tanto hacia los elementos materiales
que los componen, como hacia aquellos que entran en contacto con ellos,
generando pertenencia, tocando el corazón y la mente, suscitando auténticas
relaciones eclesiales.
En la Carta Apostólica Desiderio Desideravi, el Papa
Francisco, haciendo suya una afirmación de Romano Guardini, identificaba «la
primera tarea del trabajo de la formación litúrgica: el hombre ha de volver a
ser capaz de símbolos» (numeral. 44). Necesitamos dejarnos educar por los
ritos de la liturgia, cuidando con delicadeza y sin arbitrariedad la belleza de
nuestras celebraciones y comprometiéndonos con una auténtica mistagogia.
La
experiencia de una liturgia viva y devota, acompañada por una oportuna
catequesis mistagógica, es el mejor recurso para volver a despertar en todos
esa apertura al encuentro con Dios que, en la lógica de la encarnación, solo
puede tener lugar involucrando a todo el hombre: espíritu, alma y cuerpo (cf.
1Ts 5,23). Fuente: Vatican. Va.

