11 de junio 2026 “Abrazar
la Cruz de Cristo” Discurso Papa León XIV. Obispos, sacerdotes y religiosos. Visita
apostólica. La Gran Canaria (España).
Queridos hermanos
obispos, queridos sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, seminaristas,
hermanos y hermanas todos en Cristo Jesús:
Es una gran
alegría para mí poder compartir este encuentro con ustedes. Gracias por la
cálida bienvenida, por su presencia afable y sus testimonios, que son el
reflejo de una Iglesia viva, en cuyo corazón resuenan «los gozos y las
esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
sobre todo de los pobres y de cuantos sufren».
Vengo a estas
islas como Padre y hermano en la fe: “con ustedes soy cristiano y para ustedes,
Obispo”. Cada uno de nosotros ha recibido diversos dones y ministerios para
la edificación del cuerpo de Cristo, como hemos escuchado en la lectura de
la Carta a los Efesios. Y esta es la llamada del Señor que hoy vibra nuevamente
en nuestros corazones y confirma nuestra vocación y misión: construir juntos la
Iglesia cimentados en Cristo, la “piedra angular”, edificar en el bien,
armonizar nuestras diferencias y trabajar unidos en favor de todos.
Quisiera que
reflexionemos juntos sobre dos actitudes de nuestra vida cristiana que hemos de
tener en cuenta para ser “arquitectos sabios” en la construcción de la
civilización del amor.
Ustedes, canarios
nativos o por adopción, Pueblo de Dios que peregrina en tierras rodeadas por el
Atlántico, tienen el privilegio de gozar cada día de la presencia majestuosa
del mar. Dicen que en los ojos de un isleño esa imagen —que tiene sabor a patria
y a hogar— permanece grabada en sus pupilas de manera perenne, y que se echa
mucho de menos al estar lejos, “tierra adentro”.
Este sentimiento corresponde a
una sana nostalgia de inmensidad, de cielo y de mar abiertos que se extienden
en el horizonte, sin límites ni fronteras; y a un corazón sensible dispuesto a
despedir con una lágrima a los que se van y a recibir con los brazos abiertos a
los que llegan. En este sentido, el mar a veces puede ser también sinónimo
de distancia y de separación, de desafío y de camino por recorrer.
A este propósito,
nos dice san Agustín: «Si alguien divisara desde lejos su patria, pero un mar
se interpusiera entre los dos: ve a dónde ir, pero ignora el camino. Así nos
ocurre a nosotros: anhelamos alcanzar nuestra condición estable, […] pero
está por medio el mar de este mundo […] para enseñarnos el camino, vino el
mismo a quien queríamos ir. ¿Y qué hizo? Nos puso el leño con el que poder
atravesar el mar. Nadie es capaz de pasar el mar de este mundo si no lo
lleva la cruz de Cristo». Esta es la primera actitud que nos orienta para
navegar en las aguas de la vida y llegar al destino, a la patria celestial: abrazar
la cruz de Cristo.
Queridos hermanos
y hermanas, los santos experimentaron la nostalgia de Dios y, al tener que
afrontar las tempestades de la existencia, supieron llevar a Jesús en sus
barcas, confiaron en Él, abrazaron la cruz y calmaron así las olas de la
incertidumbre y el temor.
Ejemplo de ello
en estas benditas tierras, entre tantos otros, es el venerable Antonio Vicente
González, sacerdote diocesano, también conocido como “el buen pastor canario”.
Su vida, transfigurada por la gracia divina, nos estimula a cargar la cruz de
Cristo y a seguirlo, siendo testigos fieles del Evangelio en este nuevo tiempo
de la historia, no exento de turbulencias y contradicciones, para llegar así a
la meta prometida.
La primera
“pauta de navegación”, por tanto, es abrazar la cruz de Cristo; y ustedes lo hacen cotidianamente, por
ejemplo, como cireneos, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos
hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida. Les agradezco esta
generosa labor de caridad y misericordia.
Quisiera destacar
además otra actitud: cultivar una espiritualidad eucarística. Esto tiene
relación con la antigua tradición que se conserva en esta hermosa catedral: la
lluvia de pétalos de flores ante el Santísimo Sacramento que se realiza el día
de la Ascensión, como signo de los bienes espirituales y celestiales que
derrama el Señor al subir al cielo.
Ese gesto de devoción de tantas
generaciones a lo largo del tiempo posee un significado profundo: en nuestro
peregrinar, la meta es el encuentro con Cristo; que es el centro de la vida
cristiana, hacia quien se inclinan nuestras rodillas en adoración, en torno a
quien nos reunimos formando un solo cuerpo y junto a quien nos ofrecemos como «sacrificio
vivo, santo, agradable a Dios».
Nos lo dice el
Concilio: los fieles, «participando del sacrificio eucarístico, fuente y
cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se
ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, […] muestran de un modo
concreto la unidad del Pueblo de Dios». Por tanto, cultivar una espiritualidad
eucarística es ahondar en «una espiritualidad de la unidad eclesial en el
amor». Hagamos de nuestra vida una respuesta al deseo de Jesús: «Que todos
sean uno […] para que el mundo crea».
Una forma
concreta para manifestar esta espiritualidad de comunión es la solidaridad
cristiana, porque la «unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se
entrega». Por eso, los animo a seguir ofreciendo a todos el amor que ustedes, a
su vez, han recibido del Señor, amor que se hace alimento en la acogida, en la
escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles: «Porque tuve
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y
me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en
la cárcel y vinisteis a verme».
Querida Iglesia
que peregrina en Canarias, siguiendo la estela de santidad de tantos hombres y
mujeres que los han precedido, que han ofrecido sus vidas en comunión con el
sacrificio de Cristo en la cruz y en el altar, les animo a seguir adelante
fuertemente arraigados en Él, para seguir navegando con valentía en este nuevo
tiempo de la historia. Cuando encuentren dificultades, alcen la mirada, y
pidan al Espíritu Santo la gracia de vivir unidos en la fe, la esperanza y la
caridad, virtudes que «son como tres estrellas que brillan en el cielo de
nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios».
Que la
Bienaventurada Virgen María, Stella maris, nos oriente en nuestra travesía, nos
ayude a “remar mar adentro” y así lleguemos al puerto seguro del encuentro
definitivo con su Hijo Jesucristo. Fuente: Aciprensa.

