7 de junio 2026. "Nadie puede arrodillarse ante el Señor y
despreciar al hermano" Homilía Papa León XIV. Corpus Christi. Visita
apostólica, Plaza de civiles. Madrid (España)
Eminencias y Excelencias Reverendísimas, queridos
presbíteros, religiosos y religiosas, hermanos y hermanas.
Estamos reunidos en torno a la Eucaristía, el don de la
presencia viva de Cristo en medio de nosotros. Él, que quiso ofrecernos su vida
para hacernos entrar en la comunión del Padre y convertirnos en hijos suyos,
está aquí, como Pan vivo bajado del cielo, que nos alimenta con la misma vida
de Dios, con un amor más fuerte que la muerte.
Esta memoria del Señor presente en el Pan eucarístico
está en el corazón de vuestra fe y de la historia de vuestro pueblo. Aquí
en Madrid, pero también en tantos otros lugares de España, el Corpus Christi no
es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la
fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios.
Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante
siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo
español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de
este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras
florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los
expositores, de los cantos y de los ornamentos.
No se trata de una manifestación exterior, de una
supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la
fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en
medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los
rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros.
Así, si en la Celebración eucarística Cristo se entrega como
alimento, la procesión dice que Él no permanece encerrado en el templo, sino
que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las
plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida
cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la
historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los
enfermos, paz para quien sufre. El Cristo que pasa por las calles en la
custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que
están solos y desamparados. No es casual que aquí, en España, la Iglesia
haya unido durante años la Solemnidad del Corpus Christi con el Día de la
Caridad.
No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de
dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe
cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar
la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de
un mundo nuevo.
Por eso, la memoria histórica de las procesiones del Corpus
Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en
cambio, en una invitación para el hoy, para nuestra vida personal, para
nuestras relaciones, para la sociedad, para la construcción del futuro. En esta
perspectiva debe comprenderse la invitación a “recordar” que hemos escuchado en
la primera lectura:
«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho
recorrer estos cuarenta años por el desierto»; acuérdate de cómo, cuando tenías
hambre, te alimentó con el maná. Se trata de “recordar” precisamente para no
olvidar quién es el Señor, para no caer en la tentación de confiar en otros
ídolos y alimentarse de un pan que no sacia.
Por tanto, he aquí una encomienda para la España de hoy y de
mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un
museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber
también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el
prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al
hermano; una escuela que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don,
para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una
escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros
estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la
sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien
común.
Hermanos y hermanas, deseo recordar aquí a San Manuel
González, el “Obispo de los Sagrarios Abandonados”. Su vida nos recuerda que la
Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de modo
ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al
Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día.
Quisiera recordar también los versos poéticos de San Juan de
la Cruz: «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche»
(Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe).
En la prisión conventual de Toledo, donde estaba encarcelado
en condiciones durísimas, precisamente en torno al Corpus Christi de 1578, él
reconoce desde la noche de aquella prisión la presencia escondida del Señor, de
la que brota una luz que no conoce ocaso y mana una vida que no se agota. Jesús
Eucaristía es “aquella eterna fuente que está escondida” fuente que corre y
apaga la sed, pero sin deslumbrar, sin imponerse con poder exterior, sin
presentarse de modo espectacular (cf. ibid..).
Volvamos a Él con amor sincero. Abrámonos al encuentro con
Él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a
los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente
de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría.
Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos
encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a
las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la
esperanza. La gracia eucarística nos transforma, pero también nos convierte
en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de
esperanza para quienes encontramos.
Que el Señor Jesús presente en la Eucaristía os haga pan
partido, entregado y ofrecido, para que una vida plena pueda brotar para
vosotros, para vuestras familias y para vuestro país. Fuente: Aciprensa. Imagen:
Vatican. Va.

