27 de septiembre 2026 “Dios desea que el hombre viva”
Homilía Papa León XIV, Eucaristía santuario de Lourdes, Francia.
Hermanos y hermanas, peregrinos venidos de Francia y de todo
el mundo, al verlos esta mañana reunidos en la casa de nuestra Madre, contemplo
el rostro universal de la Iglesia. Algunos de ustedes han atravesado
continentes, superado fatigas y traído sus alegrías y sus cargas hasta esta
Gruta sagrada. ¡Qué alegría estar juntos, con un solo corazón, como una sola
familia!
Quiero saludar de manera especial a los peregrinos
procedentes de todas las provincias y diócesis de Francia. Hoy pisan el suelo
de esta tierra bendita que ha recibido tantas gracias. Que esta peregrinación
reavive la llama de la fe en sus hogares y en sus parroquias. Lleven el
consuelo de Lourdes a sus vecinos, a sus seres queridos y a todo el pueblo
francés.
Los textos que nos propone la liturgia este domingo se
relacionan con un aspecto central del mensaje que la Virgen María vino a
confiar a santa Bernardita: una llamada a la conversión, a la vez tierna y
apremiante. En el Evangelio, Jesús dirige una mirada de verdad y profunda
tristeza hacia los corazones cerrados: «y ustedes […] no se arrepienten» (Mateo
21, 32). ¿Por qué esta herida en el corazón de Cristo? Porque Dios no quiere la
perdición de sus hijos. El profeta Ezequiel nos lo recuerda: «Cuando el
justo se aparta de su justicia y comete delitos, morirá a causa de ello»
mientras que, si se convierte, «ciertamente, vivirá y no morirá» (cf. Ezequiel
18, 26.28).
Por esta razón, los llamados a la penitencia resuenan en las
Sagradas Escrituras y atraviesan toda la predicación del Evangelio a lo largo
de los siglos. Adquieren una gravedad salvífica para manifestar su urgencia y
necesidad: es hoy —no mañana— cuando hay que convertirse; ahora es el tiempo
favorable, el día de la salvación (cf. 2 Corintios 6,2). Sí, Dios desea que
el hombre viva, que abra los ojos y vuelva a Él. Convertirse significa
abandonar los senderos del extravío para seguir el Camino de la Vida, abriendo
así nuestro corazón a la única Alegría que nunca se acaba.
Jesús mismo no se anda con rodeos cuando exhorta a la
penitencia, tal y como nos lo relata, por ejemplo, san Lucas: «Si ustedes no
se convierten, morirán» (13,5). Pero él amplía el horizonte de la vida
terrenal al de la vida eterna. Mientras que la felicidad aquí en la tierra es
una realidad efímera, relativa y, por desgracia, a veces inaccesible para
algunos, la verdadera felicidad, en la esperanza, está prometida a todos y
debería ser el objetivo principal de nuestra búsqueda, de nuestros
esfuerzos y de nuestras decisiones. ¿Acaso no le dijo la Virgen María a santa
Bernardita: «No te prometo que serás feliz en este mundo, sino en el otro»?
Esta promesa, pronunciada aquí mismo, resuena con especial
fuerza en esta tierra de Francia y sacude nuestras mentalidades contemporáneas.
En este momento de la historia, en el seno de una sociedad que busca el
progreso y el bienestar material, pero que a veces se ve tentada a olvidar el
horizonte de la eternidad, María viene a recordarnos la grandeza y la
trascendencia de nuestra vocación a la vida, a la vida eterna. Frente a las
corrientes actuales que pretenden redefinir el valor de la vida humana ante la
enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la Gruta de Massabielle se erige como un
santuario de la esperanza cristiana.
Aquí no se rechaza ninguna fragilidad. Sus
muletas, sus sillas de ruedas, sus lágrimas ocultas no son obstáculos: son el
lugar, por excelencia, donde ustedes son respetados plenamente, acogidos y
transformados por el amor infinito de Dios. Lourdes es el lugar bendito de
una profesión de fe en la belleza y la sacralidad de la vida, porque allí
es acogida como un don precioso de Dios, llamado a florecer para la eternidad
en el amor del Padre.
«¡Te lo prometo!». Sí, la vida eterna es una promesa
firme y segura que el Señor nos hace. Ya nos la ha alcanzado con su muerte
en la cruz y su resurrección, y ya la hace realidad cada día en nosotros por la
gracia del bautismo. Está a nuestro alcance, pero a nosotros corresponde
acogerla libremente, aferrarnos a ella y no ponerle obstáculos; y el obstáculo
para la gracia y la vida eterna, el único obstáculo para este amor es el
pecado, el retraerse en sí mismo, ese rechazo a Dios que nos encierra en
nuestras propias tinieblas.
Por tanto, está en juego nuestra responsabilidad
personal, y es grande. Dios nos ha querido libres, pues la libertad es una
condición del amor; no se puede amar por obligación. Esta libertad que se
nos ha dado, debemos emplearla para decir “sí” a Cristo y, con la ayuda de su
gracia, seguir los pasos de María; un “sí” que se renueva sin cesar, hasta
nuestro último aliento: «ahora y en la hora de nuestra muerte», como decimos en
el Ave María.
Encontramos la insistente llamada a la conversión en las
palabras que María pronunció aquí mismo: “¡Penitencia! ¡Penitencia!
¡Penitencia!”. Ella repite la palabra tres veces; e invita a Bernardita a
realizar ciertos gestos. ¿Esto por qué? ¿Acaso somos lentos para comprender?
¿Nos consideramos sin pecado con demasiada facilidad? ¿Acaso no la practicamos
suficientemente? La Virgen nos pide que hagamos penitencia, no sólo por
nosotros mismos, que la necesitamos, sino también “por los pecadores”, por
un mundo que va mal. ¿Cómo no van a conmover nuestros corazones los conflictos
cada vez más extendidos, que destruyen tantas vidas inocentes? Sin embargo, el
mal que sufre nuestra época proviene del corazón del hombre; Dios no es
responsable de ello: «¿es injusta mi conducta? —dice a los hijos de Israel—, ¿Acaso
no es injusto el proceder de ustedes?» (Ezequiel 18,25). Por lo tanto, son
los corazones de los hombres los que hay que cambiar, empezando por el nuestro.
La penitencia es una obra inspirada por el amor en
solidaridad con la humanidad: amor a Dios, con el que queremos reparar la
herida de su Corazón causada por nuestros pecados; amor a todos nuestros
hermanos los hombres que no escuchan esta llamada a la conversión y a quienes
sus faltas los conducen hacia la muerte. Esta exigencia de conversión
compromete a la propia Iglesia en su peregrinación terrenal. Debe, ante todo,
tener el valor de vivir esa conversión. Para sanar las profundas heridas, las
infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno, debemos
someternos humildemente a la mirada purificadora del Señor. Es indispensable
reconocer nuestras propias faltas para nuestro progreso espiritual, como
escribía san Agustín: «Que te desagrade siempre lo que eres si quieres llegar a
lo que aún no eres» (Sermón 169, 18).
El recordatorio de nuestra Madre acerca del deber que
tenemos de oración y conversión nos llena de una gran esperanza, pues ella nos
indica el medio para cambiar el curso de los acontecimientos, medio que no es
otro que el de asociarnos a la Pasión de Cristo. Queridos enfermos que conocen
el sufrimiento, tan numerosos en Lourdes, ustedes tienen la posibilidad de
vivir sus penas y sus dolores en este espíritu de ofrenda para entrar en ese
proceso redentor que tanto necesita el mundo. En este sentido, están verdaderamente
en el corazón de la Iglesia y su papel es insustituible.
Peregrinos, hermanos y hermanas, no se irán de Lourdes tal y
como llegaron: se marcharán como misioneros de la esperanza. Ese es el milagro
de este lugar: suscitar la alegría de la esperanza en medio de la prueba y el
dolor. La Virgen María sana nuestras miradas y transfigura nuestros
corazones, dándoles paz. Conviértanse, en sus países, sus diócesis y sus
familias, en testigos activos de esta fuerza y esta ternura divinas, que nos
permiten continuar el camino y alcanzar la meta. Impulsados por la oración de
los enfermos y el amor de nuestra Madre, caminen con confianza hacia el futuro.
No teman las tormentas del mundo: la Santa Madre de Dios vela sobre su caminar,
protege a la Iglesia con su manto de ternura y, como Estrella radiante de la
mañana, guía sus pasos para darlos a luz, en la alegría, a la vida misma de su
Hijo Jesús.
Amén. Fuente: Aciprensa. Com

