Nos preparamos
para celebrar el misterio fundamental en nuestra religión católica: “Jesucristo
a quienes ustedes crucificaron, Dios lo resucitó de entre los muertos” (Hechos
4, 10). Me han pedido el favor de organizar unas reflexiones sobre cuatro temas
importantes. Espero sean de ayuda pastoral: Que tu limosna la vea solo Dios.
(Mateo 6, 2-4) Cuanto ores entra en tu cuarto a hablar con Dios. (Mateo 6, 6)
Cuando ayunes perfúmate la cara, que solo Dios lo sepa. (Mateo 6, 17)
Jesucristo superó la muerte, el pecado y la tentación, está vivo.
Es un acto de
justicia y amor compasivo hacia el prójimo, considerado una ofrenda a Dios y no solo un acto
externo. Jesús enseñó a darla en secreto, sin buscar reconocimiento, cultivando
la humildad y la desprendimiento del materialismo.
San Juan Pablo
II enseñaba: «Limosna» significa, ante todo, don interior. Significa la actitud de apertura «hacia
el otro». Precisamente tal actitud es un factor indispensable de la «metanoia»,
esto es, de la conversión, así como son también indispensables la oración y el
ayuno. En efecto, se expresa bien San Agustín: «¡Cuán prontamente son acogidas
las oraciones de quien obra el bien!, y esta es la justicia del hombre en la
vida presente: el ayuno, la limosna, la oración»
San Gregorio
Nacianceno: «El Señor de todas las cosas quiere la misericordia, no el
sacrificio; y nosotros la damos a través de los pobres» (De pauperum amore XI).
La limosna, según
el Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma de 2008, "representa
una manera concreta de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un
ejercicio ascético para liberarse del apego a los bienes terrenales. ¡Cuán
fuerte es la seducción de las riquezas materiales y cuán tajante tiene que ser
nuestra decisión de no idolatrarlas! lo afirma Jesús de manera perentoria: ‘No
podéis servir a Dios y al dinero’ (Lucas 16,13).
La limosna -
nos ayuda a vencer esta constante tentación, educándonos a socorrer al prójimo en sus necesidades y a compartir con los
demás lo que poseemos por bondad divina. Las colectas especiales en favor de
los pobres, que en Cuaresma se realizan en muchas partes del mundo, tienen esta
finalidad".
El Papa
Francisco enseñaba: la limosna es un gesto sincero de amor y de atención “ante
quien nos encontramos y
nos pide ayuda hecho en secreto, donde sólo Dios ve y entiende el valor del
acto realizado”. Pero dar limosna debe ser también un sacrificio y, para
involucrarse con los pobres, hay que dar de lo que es nuestro. “Yo me privo de
algo mío para dártelo a tí, decía el apóstol san Pablo: "En todo os he
enseñado que es así, trabajando como se debe socorrer a los débiles y que hay
que tener presentes las palabras del Señor Jesús que dijo. “Mayor felicidad hay
en dar que en recibir”. (Audiencia, 9 de abril, 2016)
HAY QUE EVITAR
LA FALSA INTERPRETACIÓN DE LA LIMOSNA
Debemos evitar a
toda costa todo lo que falsifica el sentido de la limosna, de la misericordia,
de las obras de caridad: todo lo que puede deformar su imagen en nosotros
mismos. En este campo es muy importante cultivar la sensibilidad interior hacia
las necesidades reales del prójimo, para saber en qué debemos ayudarle, cómo
actuar para no herirle y cómo comportarnos para que lo que damos, lo que
aportamos a su vida, sea un don auténtico, un don no cargado por sentido
ordinario negativo de la palabra «limosna» (cfr. Mateo 6, 24 y Lucas 11, 41)
LA LIMOSNA
TIENE SUS EXPLICACIONES
Amor y no solo
dinero
Secreto y
humildad “Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda”
Mateo 6, 3-4
Es justicia y
bendición: La limosna libra de la muerte y purifica los pecados.
(Tobías 4, 10)
Es una respuesta
al amor de Dios.
Es un mandato
constante
“Da al que te
pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado” (Mateo 5,
42)
“Ustedes han
recibido gratuitamente, den también gratuitamente” (Mateo 10, 8)
“El que robaba,
que deje de robar y se ponga a trabajar honestamente con sus manos, para poder
ayudar al que está necesitado” (Efesios 4, 28)
Tuve hambre, y
ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y
me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me
vinieron a ver". (Mateo 25, 34-36).
"Sepan
que el que siembra mezquinamente, tendrá una cosecha muy pobre; en cambio,
el que siembra con generosidad, cosechará abundantemente". Que cada uno dé
conforme a lo que ha resuelto en su corazón, no de mala gana o por la fuerza,
porque Dios ama al que da con alegría. Por otra parte, Dios tiene poder para
colmarlos de todos sus dones, a fin de que siempre tengan lo que les hace
falta, y aún les sobre para hacer toda clase de buenas obras». (2 Corintios 9,
6-8)
SOCIALICEMOS
LAS SIGUIENTES PROPUESTAS BÍBLICAS
“Jesús dijo a sus discípulos:
Tengan cuidado de
no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de
lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre de ustedes que está en
el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti,
como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados
por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.
Cuando tú des limosna, que tu mano
izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto
(Mateo 6, 1-6. 16-18
REFLEXIONEMOS
La verdadera religión la debemos
vivir de cara a Dios, buscando la gloria de Dios, haciendo la voluntad de Dios,
permitiendo que sea Dios quien edifique y santifique nuestras vidas. El Maestro
de Nazareth propone una religión centrada en Dios. Una religión que tiene como
base la caridad y la misericordia
“Jesús dijo a sus discípulos: «No
teman, pequeño rebaño, porque su Padre le ha parecido bien darles el Reino.
«Vendan sus bienes y den limosna. Lleven bolsas que no se deterioren, un tesoro
inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde
esté su tesoro, allí estará también su corazón. Lucas 12, 32-48
REFLEXIONEMOS
La Sagrada Biblia
expresa el Reino de Dios, como un sistema de vida, planteado por el Salvador
del mundo, diseñado en la mente del Padre celestial. Lo que en el fondo Dios
quiere, es que reine la justica, la caridad, el amor, la misericordia. Por
encima debe estar el Reino de Dios, los tesoros de su amor
¿EXISTEN
CLASES DE LIMOSNAS?
En la limosna se
distinguen siete tipos de limosna corporal: dar de comer al hambriento, dar de
beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los
enfermos, redimir al cautivo y enterrar a los muertos, recogidas en el verso:
visito, doy de beber, doy de comer, redimo, cubro, recojo, entierro.
Igualmente se
distinguen otras siete espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo
al que lo ha menester, consolar al triste, corregir al que yerra, perdonar las
injurias, sufrir las flaquezas del prójimo y rogar por todos, recogidas
asimismo en este verso: aconseja, enseña, corrige, consuela perdona, sufre,
ora, comprendiendo bajo el mismo término el consejo y la doctrina.
Las obras de misericordia son acciones caritativas
mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y
espirituales. Instruir,
aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como
también lo son perdonar y sufrir con paciencia.
Las obras de misericordia corporales consisten especialmente en dar de
comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar
a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos). Entre estas obras, la
limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad
fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios. (Catecismo de
la Iglesia Católica, 2447)
¿Cuál es el
efecto de las obras de misericordia en quien las practica?
El ejercicio de
la obras de misericordia comunica gracias a quien las ejerce. En el evangelio
de Lucas Jesús dice: “Dad, y se os dará”. Por tanto, con las obras de
misericordia hacemos la Voluntad de Dios, damos algo nuestro a los demás y el
Señor nos promete que nos dará también a nosotros lo que necesitemos.
Por otro lado,
una manera de ir borrando la pena que queda en el alma por nuestros pecados ya
perdonados es mediante obras buenas. Obras buenas son, por supuesto, las Obras de Misericordia.
“Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos alcanzarán misericordia”
(Mateo 5, 7), es una de las Bienaventuranzas.
10 de abril
2016
No es la
apariencia lo que cuenta
El Evangelio que
hemos escuchado nos permite descubrir un aspecto esencial de la misericordia:
la limosna. Puede parecer una cosa sencilla dar limosna, pero debemos estar
atentos a no vaciar este gesto del gran contenido que posee. En efecto, el
término “limosna”, deriva del griego y significa precisamente
“misericordia”.
La limosna, pues,
debería traer consigo toda la riqueza de la misericordia. Y como la
misericordia tiene mil caminos, mil modalidades, así la limosna se expresa en
tantos modos, para aliviar la dificultad de cuantos se encuentran en necesidad.
El deber de la
limosna es antiguo cuánto la Biblia. El sacrificio y la limosna eran dos
deberes de los cuales una persona religiosa debía cumplir. Existen páginas
importantes en el Antiguo Testamento, donde Dios exige una atención particular
por los pobres que, de tanto en tanto, eran los que no poseían nada, los
extranjeros, los huérfanos y las viudas.
Y en la Biblia
este es un estribillo continuo, ¿eh?: el necesitado, la viuda, el extranjero,
el forastero, el huérfano. Es un estribillo. Porque Dios quiere que su pueblo
mire a estos hermanos nuestros. Pero, yo diré que están al centro del mensaje:
alabar a Dios con el sacrificio y alabar a Dios con la limosna. Junto a la
obligación de recordarse de ellos, es dada también una indicación preciosa: «Cuando
le des algo, lo harás de buena gana» (Deuteronomio 15,10). Esto significa
que la caridad exige, sobre todo, una actitud de alegría interior. Ofrecer
misericordia no puede ser un peso o un fastidio de la cual liberarse a prisa.
Y cuánta gente se
justifica por dar, porque no da la limosna diciendo: “Pero, ¿Cómo será esto?
Éste a quien yo daré, irá a comprar vino para emborracharse”. ¡Pero si él se
embriaga, es porque no tiene otro camino! Y tú, ¿qué cosa haces a escondidas,
cuando nadie ve? Y tú, ¿eres juez de aquel pobre hombre que te pide una moneda
para un vaso de vino? Me gusta recordar el episodio del viejo Tobías que,
después de haber recibido una gran suma de dinero, llamó a su hijo y lo
instruyó con estas palabras: «A todos los que practican la justicia. Da la
limosna de tus bienes y no lo hagas de mala gana. No apartes tu rostro del
pobre y el Señor no apartará su rostro de ti» (Tobías 4,7-8). Son palabras muy
sabias que ayudan a entender el valor de la limosna.
Jesús, como hemos
escuchado, nos ha dejado una enseñanza insustituible al respecto. Sobre todo,
nos pide no dar limosna para ser alabados y admirados por los hombres por
nuestra generosidad: “Haz de modo que tu mano derecha no sepa lo que hace tú
izquierda”.
No es la
apariencia la que cuenta, sino la capacidad de detenerse para mirar en la cara
a la persona que pide ayuda. Cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Yo soy capaz de detenerme y
mirar en la cara, mirar a los ojos, a la persona que me está pidiendo ayuda?
¿Soy capaz?
No debemos
identificar, pues, la limosna con la simple moneda ofrecida a prisa, sin mirar
a la persona y sin detenerse a hablar para comprender que cosa tienen
verdaderamente necesidad.
Al mismo tiempo, debemos distinguir entre los pobres y las diversas formas de
mendicidad que no hacen justicia a los verdaderos pobres. En conclusión, la
limosna es un gesto de amor que se dirige a cuantos encontramos; es un gesto de
atención sincera a quien se acerca a nosotros y pide nuestra ayuda, hecho en el
secreto donde solo Dios ve y comprende el valor del acto realizado. Pero, dar
limosna también debe ser para nosotros una cosa que sea un sacrificio.
Hagamos nuestras
entonces las palabras del apóstol Pablo: «De todas las maneras posibles, les he
mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es
preciso recordar las palabras del Señor Jesús: “La felicidad está más en dar
que en recibir”». (Hechos 20, 35; Cfr. 2 Corintios 9, 7). ¡Gracias!
ES UNA VIRTUD, ES UNA GRACIA
ES UN DEBER, ES UNA NECESIDAD
El Catecismo eclesiástico nos enseña: “La oración es un don
de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte. Supone siempre un
esfuerzo.
Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de Cristo, así como
la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la oración es un combate.
¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las astucias del Tentador que
hace todo lo posible por separar al hombre de la oración, de la unión con su
Dios. Se ora como se vive, porque se vive como se ora”. (Numeral, 2725).
Orientador: Padre,
Jairo Yate Ramírez. Arquidiócesis de Ibagué. Año 2026
EN QUÉ CONSISTE LA ORACIÓN
Santa
Teresa del Niño Jesús decía: “La oración es un impulso del corazón, una
sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor
tanto desde dentro de la prueba como en la alegría”.
Ø
El Espíritu Santo es el gran artífice de nuestra
oración.
Ø
Los apóstoles esperaban la venida del Espíritu
Santo en un ambiente de oración. (cfr. Hechos 1, 14).
Ø
La primera experiencia como vida de Iglesia, se
dio en la enseñanza, en la comunión, en la fracción del pan y en la oración.
(cfr. Hechos 2, 42).
Ø
Los salmos en la Sagrada Escritura, son un buen
ambiente de oración y alabanza a Dios creador. (cfr. Lucas 24, 27. 44). (cfr. Catecismo Iglesia, 2623-2625)
EXISTEN MODELOS DE ORACIÓN
Ø
Existe una buena variedad que se ajusta a los
momentos, a la persona, a la cultura, a las necesidades, etc.
Ø
Existe una oración de bendición, como
respuesta del hombre a los dones de Dios
Ø
Existe oración y adoración, el orante
exalta la grandeza de Dios, la omnipotencia del Salvador (cfr. Salmo 95, 1-6)
Ø
Existe oración de petición, nos
reconocemos pecadores y queremos regresara al Padre.
Ø
Existe petición de perdón, la humildad confiada
nos devuelve a la luz con el Padre celestial. Vgr. “Oh Dios ten compasión de
este pecador” (Lucas 18, 13).
Ø
Existe oración de intercesión: Pedir en
favor de otro, según la Escritura, es desde Abraham lo propio de un corazón
conforme a la misericordia de Dios.
Ø
Existe oración de acción de gracias: La
Eucaristía es un excelente ejemplo de acción de gracias. Las cartas del apóstol
san Pablo siempre inician dándole gracias a Dios.
Ø
Existe la oración de alabanza: En ella
reconocemos el ser y la grandeza de Dios. Advierte el apóstol san Pablo,
““Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y
salmodiad en vuestro corazón al Señor” (Efesios 5, 19). (cfr. Catecismo
Iglesia, 2623 – 2643).
Ø
La oración debe ser humilde: Vgr. Fariseo
y publicano. “Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes”;
Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será
ensalzado” Lucas 18, 14.
Ø
La
oración debe ser confiada: “¿Todo cuanto pidáis en la oración creed que
ya lo habéis recibido y lo obtendréis” Marcos 11,24
Ø
La oración debe ser sincera: sin hipocresía,
sin palabrería. “Oh Dios te doy gracias porque no soy como los demás” °°° Lucas
18, 9-14).
Ø
La oración debe ser perseverante: Ej. El
juez inicuo y la viuda inoportuna. “Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios,
¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche y les
hace esperar”? (cfr. Lucas 18, 1).
¿EXISTEN DIFICULTADES EN LA
ORACIÓN?
Ø
La distracción, es la dificultad que todos
tenemos
Ø
La aridez espiritual, damos muchas vueltas y no
encontramos de qué orar
Ø
El tiempo. Vivimos en una cultura muy acelerada.
Ø
El Papa Benedicto XVI advertía el peligro de
caer en la dureza de corazón, por no tener tiempo para la oración. Muchas
ocupaciones, poca oración.
¿EXISTEN LUGARES DONDE PUEDO
ORAR?
Ø
Los verdaderos adoradores, adoraran a Dios en espíritu
y en verdad. (cfr. Juan 4, 21-24).
Ø
Buscar un lugar solitario, calmado. Jesús buscó
el desierto, la montaña. Pero el lugar de la oración es el corazón: “Tú en
cambio cuando vayas a orar, entra en tu aposento y después de cerrar la puerta,
ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo
secreto, te recompensará” Mateo 6, 5-6
Ø
Existe una verdadera oración. Combinas oración y
acción. Oración y caridad, oración y perdón. Oración y alabanza. Dice la
Escritura: La verdadera oración, el Padre Nuestro. (cfr. Mateo 6, 7 – 15).
¿EXISTEN MOMENTOS PARA ORAR?
Ø
En todo momento y circunstancia: “Por
tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquiera otra cosa, hacedlo todo para
gloria de Dios” 1 Corintios 10, 31; Y todo cuanto hagáis, de palabra y de obra,
hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios
Padre” Colosenses 3, 17.
Ø
Jesús oraba en la noche, muy de madrugada, en el
momento de elegir a sus discípulos, hacer cualquier milagro, alabar al Padre,
En el huerto de los Olivos, al tomar las grandes decisiones, en el momento de
la aflicción y muy cerca de la muerte, etc.
Ø
JESÚS ORA
Ø
Aprendió a orar conforme a su corazón de hombre.
Ø
Aprendió de su madre que conservaba todas las
cosas en su corazón (Lucas 1,49)
Ø
Su oración brota de una fuente secreta: Yo debo
estar en las cosas de mi Padre …. Lucas 2,49
Ø
ora ante los momentos decisivos de su
misión: Antes de que el Padre de
testimonio de Él, en su bautismo, Lucas 3,21
Ø
En su transfiguración Lucas 9, 28
Ø
Antes de dar cumplimiento a su pasión: Lucas 22, 41-44
La
oración es un impulso, es una invocación que va más allá de nosotros
mismos: algo que nace en lo más profundo de nuestra persona y llega, porque
siente la nostalgia de un encuentro.
Esa nostalgia que es más que una
necesidad, más que una necesidad: es un camino. La oración es la voz de un
"yo" que va a tientas, que procede a tientas, en busca de un
"tú". El encuentro entre el "yo" y el "tú" no se
puede hacer con calculadoras: es un encuentro humano y muchas veces procedemos
a tientas para encontrar el "tú" que mi "yo" está buscando.
La oración del hombre está
estrechamente ligada al sentimiento de asombro. La grandeza del hombre es
infinitesimal en comparación con las dimensiones del universo. Sus mayores
logros parecen muy poco... Pero el hombre no es nada. En la oración se afirma
poderosamente el sentimiento de misericordia. Nada existe por casualidad: el
secreto del universo está en la mirada benévola que alguien encuentra en
nuestros ojos. (cfr. Audiencia, 16 de junio, 2020).
SOCIALIZACIÓN
Ø
¿Qué aprendiste sobre la oración?
Ø
¿Cuál tipo de oración te impacta más?
Ø
Imagínate cómo debería ser una persona de
oración, según el Padre Nuestro
Ø
San Vicente de Paúl afirmaba: Dame una persona
de oración y será capaz de cualquier cosa. ¿Cómo se explica eso?
SUJETO Y OBJETO DE LA ORACIÓN CRISTIANA
Audiencia Papa Francisco.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La acción santificadora del Espíritu Santo, además de en la
Palabra de Dios y en los Sacramentos, se expresa en la oración, y es a ella a
la que queremos dedicar la reflexión de hoy: la oración.
El Espíritu Santo es, al mismo tiempo,
sujeto y objeto de la oración cristiana. Es decir, Él es el que dona la
oración y Él es el que se nos dona mediante la oración. Nosotros oramos para
recibir al Espíritu Santo, y recibimos al Espíritu Santo para poder orar
verdaderamente, es decir, como hijos de Dios, no como esclavos.
Pensemos un poco en esto: rezar como hijos de Dios, no
como esclavos. Hay que rezar siempre con libertad. «Hoy debo rezar esto,
esto, esto, porque he prometido esto, esto, esto... ¡De lo contrario iré al
infierno!». No, esto no es rezar. La oración es libre. Se reza cuando el
Espíritu ayuda a rezar. Se ora cuando se siente en el corazón la necesidad
de orar; y cuando no se siente nada, hay que detenerse y preguntarse: ¿por qué
no siento el deseo de orar? ¿Qué está pasando en mi vida? La espontaneidad en
la oración es siempre lo que más nos ayuda. Esto es lo que significa rezar como
hijos, no como esclavos.
En primer lugar, debemos rezar para recibir el Espíritu
Santo. A este respecto, hay unas palabras muy precisas de Jesús en el
Evangelio: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos,
¡cuánto más el Padre del Cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»
(Lucas 11, 13). Todos nosotros sabemos darles cosas buenas a los pequeños, ya
sean hijos, nietos, sobrinos o amigos. Los pequeños siempre reciben cosas
buenas de nosotros. ¿Y cómo no nos va a dar el Padre el Espíritu? Esto nos
anima y podemos seguir adelante.
En el Nuevo Testamento, vemos que el Espíritu Santo
desciende siempre durante la oración. Desciende sobre Jesús tras el
bautismo en el Jordán, mientras «estaba en oración» (Lucas 3, 21); y desciende
sobre los discípulos en Pentecostés, mientras «todos ellos perseveraban juntos
en la oración» (Hechos 1,14).
Es el único «poder» que tenemos sobre el Espíritu de
Dios. El «poder» de la oración: Él no resiste a la oración. Rezamos y
llega. En el monte Carmelo, los falsos profetas de Baal - recuerden ese paso de
la Biblia - se agitaban para invocar fuego del cielo sobre su sacrificio, pero
no ocurrió nada, porque eran idólatras, adoraban a un dios que no existe; Elías
se puso a orar y el fuego descendió y consumió el holocausto (cfr. 1 Reyes 18,
20-38). La Iglesia sigue fielmente este ejemplo: siempre tiene en los labios la
invocación «¡Ven! ¡Ven!» cuando se dirige al Espíritu Santo. Y lo hace sobre
todo en la Misa, para que descienda como rocío y santifique el pan y el vino
para el sacrificio eucarístico.
Pero también existe el otro aspecto, que es el más
importante y alentador para nosotros: el Espíritu Santo es el que nos dona
la verdadera oración. San Pablo dice: «El Espíritu nos ayuda en nuestra
debilidad. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene,
pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables; y el que
escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su
intercesión a favor de los santos es según Dios.» (Romanos 8, 26-27).
Es cierto, no sabemos rezar, no sabemos. Tenemos que
aprender cada día. La razón de esta debilidad en nuestra oración se expresaba
en el pasado en una sola palabra, utilizada de tres formas distintas: como
adjetivo, como sustantivo y como adverbio. Es fácil de recordar, incluso para
los que no saben latín, y merece la pena tenerla presente, porque ella sola
encierra todo un tratado. Nosotros, los seres humanos, decía aquel dicho,
“mali, mala, male petimus”, que significa: siendo malos (mali), pedimos cosas equivocadas
(mala) y de la manera equivocada (male).
Jesús dice: «Busquen primero el Reino y la Justicia de
Dios, y se les darán también todas esas cosas por añadidura» (Mateo 6, 33);
en cambio, nosotros buscamos en primer lugar “las añadiduras”, es decir,
nuestros intereses - ¡muchas veces! - y
nos olvidamos totalmente de pedir el Reino de Dios. Pidamos al Señor el Reino,
y todo vendrá con él.
El Espíritu Santo viene, sí, en auxilio de nuestra
debilidad, pero hace algo aún más importante: nos confirma que somos hijos de
Dios y pone en nuestros labios el grito: «¡Padre!» (Romanos 8,15; Gálatas
4, 6). Nosotros no podemos decir “Padre, Abba” sin la fuerza del Espíritu
Santo. La oración cristiana no es el ser humano que, a un lado del teléfono,
habla con Dios que está al otro lado, no, ¡es Dios que reza en nosotros!
Rezamos a Dios a través de Dios. Rezar es ponernos dentro de Dios y que Dios
entre en nosotros.
Es precisamente en la oración cuando el Espíritu Santo se
revela como «Paráclito», es decir, abogado y defensor. No nos acusa ante el
Padre, sino que nos defiende. Sí, nos defiende, nos convence del hecho de que
somos pecadores (cfr. Juan 16, 8), pero lo hace para hacernos experimentar
la alegría de la misericordia del Padre, no para destruirnos con estériles
sentimientos de culpa. Incluso cuando nuestro corazón nos reprocha algo, Él nos
recuerda que «Dios es mayor que nuestro corazón» (1 Juan 3, 20).
Dios es más grande que nuestro pecado. Todos somos
pecadores... Pensemos: quizá algunos de ustedes -no lo sé- tienen mucho
miedo por las cosas que han hecho, tienen miedo de ser reprendidos por Dios,
tienen miedo de muchas cosas y no encuentran la paz. Pónganse en oración,
invoquen al Espíritu Santo y Él les enseñará a pedir perdón. ¿Y saben qué? Dios
no sabe mucha gramática y cuando pedimos perdón, ¡no nos deja terminar!
«Perd...» y ahí, Él no nos deja terminar la palabra perdón. Él nos perdona
primero, siempre está ahí para perdonarnos, antes de que terminemos la palabra
perdón. Decimos «Perd...» y el Padre siempre nos perdona.
El Espíritu Santo intercede por nosotros, y también nos
enseña a interceder, a nuestra vez, por nuestros hermanos y hermanas; nos
enseña la oración de intercesión: rezar por esta persona, rezar por aquel
enfermo, por el que está en la cárcel, rezar...; rezar también por la suegra, y
rezar siempre, siempre. Esta oración es especialmente agradable a Dios, porque
es la más gratuita y desinteresada. Cuando cada uno reza por todos los demás,
sucede – lo decía san Ambrosio – que todos los demás rezan por cada uno y la
oración se multiplica. La oración es así. He aquí una tarea muy valiosa y
necesaria en la Iglesia, especialmente en este tiempo de preparación al
Jubileo: unirnos al Paráclito, cuya “intercesión a favor de todos nosotros es
según Dios”.
Pero no recen como los loros, ¡por favor! No digan: «bla,
bla, bla...». No. Digan «Señor», pero díganlo de corazón. «Ayúdame, Señor»,
«Te quiero, Señor». Y cuando recen el Padre Nuestro, recen «Padre, Tú eres mi
Padre». Recen con el corazón y no con los labios, no sean como los loros. Que
el Espíritu nos ayude en la oración, ¡porque la necesitamos tanto! Gracias.
(cfr. (Audiencia 6 de noviembre, año 2024).
CON LA
CONVERSIÓN DE LA PERSONA.
Orientador
Padre Jairo Yate
Ramírez
Arquidiócesis de
Ibagué.
Año 2026
La Iglesia
Católica cuenta con una serie de prácticas que marcan el calendario litúrgico y
guían la vida espiritual de los creyentes. Entre estas se encuentran el ayuno y
la abstinencia durante la Cuaresma, el periodo de 40 días de preparación para
la celebración del misterio Pascual del Hijo de Dios. Su Pasión, muerte y
resurrección.
¿Cuándo se
originan estas prácticas que nos ayudan a ser mejores personas en nuestras
vidas?
Estas prácticas tienen profundas
raíces en la historia de la salvación y la teología. El ayuno se remonta a
tiempos bíblicos, donde personajes como Moisés (Éxodo 34, 28), Elías (1 Reyes
19, 8) y Jesús mismo (Marcos 1, 13) practicaron el ayuno.
Por ejemplo: “Moisés estuvo allí con
Yahveh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió
en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.” (Éxodo 34, 28).
La experiencia de Elías: “Volvió
segunda vez el ángel de Yahveh, le tocó y le dijo: «Levántate y come, porque el
camino es demasiado largo para ti.» Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza
de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de
Dios, el Horeb.” (1 de Reyes 19, 8)
Jesucristo antes de iniciar su
misión, tiene su experiencia en el desierto: “el Espíritu le empuja al
desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por
Satanás. Estaba entre los animales del campo y los ángeles le servían.” (Marcos
1, 13).
En el Cristianismo primitivo, el ayuno era una forma común de expresar
arrepentimiento y buscar la cercanía con Dios.
La abstinencia de carne tiene sus raíces en la tradición de la Iglesia de
sacrificar algo como acto de penitencia, así como San Pablo invitó a someter y
dominar su cuerpo (1 Corintios 9, 27) por un bien mayor. “No vayas a destruir
la obra de Dios por un alimento. Todo es puro, ciertamente, pero es malo comer
dando escándalo. Lo bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer cosa que
sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad” (Romanos 14,
20-21).
¿Cuál es el
sentido de practicar el ayuno y la abstinencia?
La razón fundamental es la
conversión del corazón. Si no sucede este efecto espiritual nuestro ayuno es
engañoso y sin sentido. Nuestra Iglesia Católica nos enseña: “la llamada de
Jesús a la conversión y a la penitencia no mira, en primer lugar, a las obras
exteriores "el saco y la ceniza", los ayunos y las mortificaciones,
sino a la conversión del corazón, la penitencia interior. Sin ella, las
obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la
conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos
visibles, gestos y obras de penitencia (cfr.
Joel 2, 12-13).
El corazón del hombre es torpe y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cfr. Ezequiel 36, 26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: "Conviértenos, Señor, y nos convertiremos" (Lamentaciones 5, 21).
Dios es quien nos da la fuerza para
comenzar de nuevo. Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón
se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a
Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte
mirando al que nuestros pecados traspasaron (cfr. Juan 19,37). (cfr.
Catecismo Iglesia Católica, 1430 y 1432).
San Pedro
Crisólogo, obispo italiano y doctor de la Iglesia Católica le daba mucha
importancia al ayuno en la vida cristiana diciendo: «El ayuno es paz para el
cuerpo, fuerza de las mentes, vigor de las almas» (Sermon VII: de ieiunio 3), y
más aún: «El ayuno es el timón de la vida humana y rige toda la nave de
nuestro cuerpo» En el dominio de las propias pasiones y en el rechazar los
malos deseos reside la verdadera grandeza de un ser humano.
El Papa Benedicto XVI enseñaba:
el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. "el verdadero ayuno tiene como finalidad
comer el 'alimento verdadero', que es hacer la voluntad del Padre". (cfr.
Mensaje cuaresma, 2009). El Papa Francisco aclara que el verdadero ayuno
implica la humildad y la coherencia de reconocer y corregir los propios
pecados. (cfr. Homilía, 16 de febrero, 2018).
¿Cuál es el verdadero ayuno? Que
lo note solo Dios, no que se den cuenta los demás. (Mateo 6, 18). ¿Qué es lo principal que debe buscar un buen
creyente en su religión? Encontrar el Reino de Dios y su justicia. (Mateo 6,
33). ¿Cuál es la verdadera religión? La que le sirve a Dios siempre. No se le
puede servir a dos señores a la vez. (Mateo 6, 24).
El profeta Isaías nos enseña tres
momentos para reflexionar en torno al Ayuno.
Lo primero. ¿Existe
un falso ayuno? La respuesta es sí, según la experiencia en Israel. Los
judíos decían: ¿Para qué ayunamos si Dios no lo ve? (Isaías 58, 1-5). Dios
responde: ¿Cómo pueden ayunar si tratan con injusticia y egoísmo a los demás?
¿Existe un verdadero ayuno?
La respuesta es evidente. El ayuno que le agrada a Dios es romper toda clase de
yugo contra los demás. Practicar siempre la justicia, la caridad y la
misericordia con los demás. (Isaías 58, 6-7). Jesucristo recomienda: “Cuando
ayunes nunca tomes la actitud de un hipócrita” (Mateo 6, 16-18).
La excelente vida según el ayuno.
“Tu luz surgirá como la aurora y tus heridas sanarán rápidamente. Tu recto
obrar marchará delante de ti y la gloria de Dios te seguirá siempre” (Isaías
58, 8-14).
Existen dos momentos que se deben
entender en su justo equilibrio. En la Antigua Alianza el ayuno jugó un papel
importantísimo como medio de conversión para la salvación. Recordemos a los
Ninivitas, creyeron en Dios, proclamaron un ayuno, se vistieron de saco, se
convirtieron de su mala conducta y Dios viendo sus obras se compadeció de
ellos. (Jonás 3, 5-10).
Queda muy claro que para Dios lo más importante es la conversión del
corazón, no tanto las cosas externas. (cfr. Joel 2, 12-14). El segundo
momento histórico, es la presencia del Salvador del mundo. Dice el Mesías, si
ya llegó el Salvador, deben estar con el salvador sus seguidores. El ayuno
sigue vigente, sí, siempre como medio de conversión. “Cuando el novio ya no
esté, tendrán que ayunar”.
Nuestra
Iglesia Católica nos recomienda: El ayuno, la oración y la limosna.
Recomendaciones del Evangelio:
Cuídense de no practicar la justicia para ser vistos por los demás. Que tu mano
derecha no sepa lo que hace tu izquierda. Cuando ores hazlo en lo secreto que
tu Padre te premiará. Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara. No
amontones tesoros en la tierra. Donde está tu tesoro allí está tu corazón.
(cfr. Mateo 6, 1-18).
La conversión se realiza en la
vida cotidiana mediante gestos de reconciliación, la atención a los pobres, el
ejercicio y la defensa de la justicia y del derecho (cfr. Amós 5, 24;
Isaías 1, 17), por el reconocimiento de nuestras faltas ante los hermanos, la
corrección fraterna, la revisión de vida, el examen de conciencia, la dirección
espiritual, la aceptación de los sufrimientos, el padecer la persecución a causa
de la justicia. Tomar la cruz cada día y seguir a Jesús es el camino más seguro
de la penitencia (cfr. Lucas 9, 23).
LA EUCARISTÍA TIENE UNA RELACIÓN
CON LA PENITENCIA: La conversión y la penitencia diarias encuentran su
fuente y su alimento en la Eucaristía, pues en ella se hace presente el
sacrificio de Cristo que nos reconcilió con Dios; por ella son alimentados y
fortificados los que viven de la vida de Cristo; "es el antídoto que nos
libera de nuestras faltas cotidianas y nos preserva de pecados mortales"
(cfr. Catecismo Iglesia Católica. Numerales 1434 – 1436).
Mensaje Año 2026
Papa León XIV
Ayunar
Si la Cuaresma
es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a
la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético
antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión.
Precisamente porque
implica al cuerpo, hace más evidente aquello de
lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento.
Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener
despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación,
educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.
San Agustín, con
sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la
realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que:
«es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como
estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este
alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen
hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son
dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». El
ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo,
purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se
dirija a Dios y se oriente hacia el bien.
Sin embargo,
para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de
enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la
comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de
la Palabra de Dios». En cuanto signo
visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia,
del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación
destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que «sólo la
austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».
Por eso, me
gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco
apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y
lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a
las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están
ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.
Esforcémonos, en
cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en
la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los
debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades
cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de
esperanza y paz.
la Cuaresma
pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la
práctica del ayuno.
También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo,
cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la
lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la
confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios
(cf. Nehemías 9,1-3).
Del mismo modo,
nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están
llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha
de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se
convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento
real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia
del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del
diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo
que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como
en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.
TRIDUO PASCUAL
Jesucristo
dispuso todo
Para el gran
acontecimiento salvífico
Orientador:
Padre Jairo Yate Ramírez. Arquidiócesis de Ibagué. Año 2026
¿DE QUÉ SE
TRATA EL TRIDUO PASCUAL?
El Triduo es la celebración de la
Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Comienza con el Jueves Santo
con la Misa vespertina de la Cena del Señor, alcanza su punto máximo en la
Vigilia Pascual y termina con la Oración Víspera del Domingo de Pascua. Es el
punto culminante de todo el año litúrgico.
Nos ubicamos en el Jueves Santo:
Amor, servicio y caridad. Es el día de la cena, es el día del pan, es el del
día del vino, es la consigna del amor y el servicio, es la formación de la
nueva comunidad internacional que propone el Mesías: “Lo mismo que yo he hecho
con ustedes, háganlo también ustedes con sus hermanos”.
Entendemos el Viernes Santo:
Pasión, dolor, sufrimiento y gloria. Cuando contemplamos a Cristo
crucificado, descubrimos la extraordinaria riqueza que emana del madero de la
cruz, con un solo objetivo, el bien de cada uno de nosotros. Allí pende, su
sacerdocio, su realización, su visión profética, su sacrificio redentor, su
martirio, el hombre que sufre, el Dios que salva, el hombre que se hace
solidario, el Dios que perdona, la Iglesia misma que nace del costado de
Cristo. Nos decidimos a aceptar el
sufrimiento humano como un valor, como parte integrante de lo que significa el
camino de la vida.
La Vigilia Pascual del Sábado
Santo. La celebración central de la Semana Santa está en la Pascua. Cristo
resucitado de entre los muertos, ya no muere más (Romanos.6, 9) Es una
fiesta de alegría y de luz, de fuego, de agua, de bautismo y de celebración de
la Palabra de Dios. Todo estos símbolos
hacen que la noche se viva con ese sentido de una pascua sagrada que muestra la
victoria de la cruz, la victoria de Cristo sobre la muerte, victoria que se da
por medio de la fe, sobre los poderes del mal y sobre la misma muerte.
¿CÓMO PUEDO
VIVIR MEJOR EL TRIDUO PASCUAL?
Cinco caminos para vivir y entender
el misterio pascual de Jesús de Nazareth
LO PRIMERO
La oración: Es un momento muy
propicio para el encuentro con el Señor. Es la interiorización de ese gran
Misterio: Pasión - Muerte y Resurrección.
Es la manera como el pueblo creyente alaba y glorifica el nombre de
aquel que es la luz del mundo, la esperanza, la vida, el perdón y la Gracia. Es
lograr la contemplación de Jesús en el madero de la gloria y la esperanza, es
seguir paso a paso la gran enseñanza del Maestro de la fe: El que cree en Mí no
morirá jamás.
El Espíritu Santo es el gran
artífice de nuestra oración. Los
apóstoles esperaban la venida del Espíritu Santo en un ambiente de oración.
(cfr. Hechos 1, 14). La primera
experiencia como vida de Iglesia, se dio en la enseñanza, en la comunión, en la
fracción del pan y en la oración. (cfr. Hechos 2, 42). Los salmos en la Sagrada
Escritura son un buen ambiente de oración y alabanza a Dios creador. (cfr.
Lucas 24, 27. 44). (cfr. Catecismo
Iglesia, 2623-2625)
LO SEGUNDO
La Reflexión: Es un ambiente
privilegiado para volver sobre aquellos temas que tanto repetimos pero que aún
no hacen eco en el comportamiento diario.
Es lograr tomar conciencia de la importancia de una vida orientada desde
la fe. Es descubrir el valor de la Penitencia, la oración, el sacrificio, la
hermandad, la unidad, la conversión, abrirse a la esperanza de una mentalidad
siempre nueva y siempre fresca “todo lo puedo en Aquel que me conforta”.
Debemos aprender a reflexionar y
discernir para poder saber cuál es la voluntad de Dios. El apóstol san Pablo
recomienda: “No sigan la corriente del mundo en que vivimos, sino más bien
transfórmense a partir de una renovación interior. Así sabrán distinguir cuál
es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto.”
(Romanos 12, 2).
Cuando hablamos poco, cometemos
menos errores y fastidiamos menos a los demás
Si Guardamos
silencio en la imaginación, juzgamos menos y amamos más a los demás
Si Guardamos
silencio en la memoria, olvidamos más rápido y no archivamos rencor
Si Guardamos silencio
en el corazón, tenemos sentimientos más nobles, puros y sinceros
Si Guardamos
silencio en el espíritu, nos entendemos más con Dios y su Santa Palabra
LO TERCERO
La Reconciliación: Es tiempo de
Gracia. Es una Gracia especial que Dios
nos concede para volver al buen camino. Es la oportunidad que se nos
presenta para decirle sí a Dios, no a todo aquello que me aleje de la bondad y
el amor del Señor. Es aprender a caminar
de la mano de Dios. Es la propuesta de un Dios que me enseña a caminar “Vete y
no vuelvas a pecar”. De un Dios que me enseña a entenderme con los demás
“Perdona setenta veces siete” “Ama a tus enemigos” “ora por los que sufren”.
LO CUARTO
Celebración comunitaria de la Fe.
Vivir esa fe en comunión con mis hermanos. Es un encuentro de la gran
familia eclesial. Es la celebración de lo que creemos y de lo que vivimos
diariamente “Jesucristo murió y resucitó por la salvación de todos”. Es una celebración universal del día en que
cambió la historia del mundo. Es la unidad de una fe que nos beneficia a todos
y nos permite luchar unidos por la paz y la reconciliación de los hombres
“Convertíos de todo corazón” “Conviértete, cree y vive en Evangelio”
LO QUINTO
La resurrección. Me decido por una vida nueva. Es el fruto de
un proceso. Un proceso que se inició el
Miércoles de ceniza con esa gran convocatoria bíblica: Recuerda quién eres,
Revisa tus propias limitaciones, emprende un camino de conversión: por el bien
tuyo, por el bien de los demás, por el bien social. Resucitar implica decir
que el proceso se vivió en toda su plenitud, se puso todo el esfuerzo, se
tomó la decisión firme de ganar la Gloria.
Se vence el mal con la fuerza del bien, con el convencimiento de aceptar
a Jesucristo único camino de salvación y liberación para quien ha puesto su
confianza en El. “Vayan y anuncien lo que han visto y han odio.”
DESDE LA
PALABRA DE DIOS
EN EL LUNES SANTO
Los pobres son un espacio
privilegiado del pueblo de Dios. Dice el Maestro: «Déjala, que lo guarde
para el día de mi sepultura. Porque
pobres siempre tendrán con ustedes; pero a mí no siempre me tendrán.» Juan 12, 1-11 ““El corazón de Dios tiene un
sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo «se hizo pobre» (2
Corintios 8,9). Todo el camino de nuestra redención está signado por los
pobres.” (Papa Francisco)
EN EL MARTES
SANTO
Aprendemos a darle un verdadero
culto a Dios. No a la traición. Dice el Maestro: Cuando salió, dice Jesús:
«Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en
él. Si Dios ha sido glorificado en él,
Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto. JUAN 13, 21,
33.36-38. El Papa Francisco recuerda que en el Cenáculo aparece la
mezquindad, la curiosidad, la traición. Afirma el Papa: “Y cualquiera de
nosotros, y no sólo siempre los demás, puede encarnar estas actitudes, cuando
miramos con suficiencia al hermano, lo juzgamos; cuando traicionamos a Jesús
con nuestros pecados.” De un corazón corrupto, sale la traición.
EN EL MIÉRCOLES
SANTO
La traición y la hipocresía son
despreciables. Dice el Maestro: Él respondió: «El que ha metido conmigo la
mano en el plato, ése me entregará. El
Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el
Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!»
Mateo 26, 14-25. El Papa Francisco
enseña que la grandeza del Reino de Dios no es el poder según el mundo,
sino el amor de Dios: “un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas.
Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana,
probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono;
experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey
fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo
viviente.” (cfr. 1 Corintios 13, 7)
EN EL JUEVES
SANTO
Caridad, misericordia y servicio
deben ser principios de nuestra vida cristiana. Dice el Maestro: Jesús le
contestó: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Simón Pedro le dijo:
Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Juan 13,
1-15. Los gestos, las actitudes y las palabras
de Cristo permiten celebrar la Pascua del Señor. Es el cambio evangélico que
nos incita hacia una civilización del amor, a una cultura de la misericordia, a
una sociedad de la hermandad y el perdón. El Papa Francisco indica que la
lógica del amor culmina en la cruz de Cristo: “Jesús quiere que en cada
corazón triunfe el amor de Dios sobre el odio y el rencor. La lógica del amor,
que culmina en la Cruz de Cristo, es el distintivo del cristiano.
EN EL VIERNES
SANTO
Pasión, dolor, sufrimiento y
gloria. Dice el Maestro: Les
preguntó de nuevo: «¿A quién buscan?» Le contestaron: «A Jesús el Nazareno».
Respondió Jesús: «Ya les he dicho que yo soy; así que si me buscan a mí, dejen
marchar a éstos.» Así se cumpliría lo
que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno.» Juan 18,
1-19. 42. Nos decidimos a aceptar el
sufrimiento humano como un valor, como parte integrante de lo que significa
el camino de la vida. El sufrimiento
humano constituye en sí mismo casi un específico –mundo- que existe junto con
el hombre, que aparece en él y pasa, o a veces no pasa, pero se consolida y se
profundiza en él.
EN EL SÁBADO
SANTO
“Vana es nuestra Fe, si Cristo no
resucitó”. El Maestro dice: —No tengan miedo; vayan a anunciar y digan a
mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán. Mateo 28, 1-10 La resurrección
corre el velo de todo el misterio de Cristo como hombre y como Dios. Reafirma
la obra del Padre Celestial con su propósito intenso de la salvación del mundo.
Este es el sábado santo, y el culmen de la semana mayor. El Papa Francisco exhorta a vivir con
intensidad la Pascua cristiana, la pascua de Jesús: ““celebrar la Pascua, es
volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias
desafiando nuestros «conformantes» y paralizadores determinismos. Celebrar la
Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos
rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza”.
QUE NO CONOCE
OBSTÁCULOS
Audiencia Papa Francisco
23 de marzo 2016
El Evangelio de
san Juan proporciona la clave para entender este significado profundo
"Habiendo amado a los su yos que estaban en el mundo, los amó hasta
el extremo». “El amor de Dios no tiene límites. El misterio que adoramos
en la Semana Santa es una gran historia de amor que no conoce obstáculos.
La pasión de
Jesús dura hasta el fin del mundo, porque es una historia de compartición del
sufrimiento de toda la humanidad y una presencia permanente en los
acontecimientos de la vida personal de cada uno de nosotros. En resumen, el
Triduo Pascual es el memorial de un drama de amor que nos da la certeza de
que nunca seremos abandonados en las pruebas de la vida”.
El Jueves Santo
con la institución de la Eucaristía y el lavatorio de los pies Jesús nos enseña
que “la Eucaristía es el amor que se hace servicio. Es la sublime
presencia de Cristo que quiere alimentar a todos los hombres, especialmente a
los más débiles... Pero además, dándose a nosotros como alimento, Jesús
atestigua que tenemos que aprender a partir con los demás este alimento para
que se convierta en una verdadera comunión de vida con los necesitados. Él se
entrega a nosotros y nos pide que permanezcamos en El para hacer lo mismo.”
El Viernes
Santo es el momento culminante del amor. “Un amor que quiere abrazar a todos, sin
exclusión. Un amor que se extiende a cada tiempo y a cada lugar: una fuente
inagotable de salvación de la que podemos beber todos nosotros, pecadores. Si
Dios nos ha demostrado su amor supremo en la muerte de Jesús, entonces nosotros
también, regenerados por el Espíritu Santo, podemos y debemos amarnos unos a
otros.”
El Sábado
Santo, día del silencio de Dios. “Y tenemos que hacer todo lo posible – pidió Francisco- para que sea para
nosotros una jornada de silencio, como fue en aquel tiempo: el silencio de
Dios. Jesús depuesto en el sepulcro comparte con toda la humanidad el drama
de la muerte. Es un silencio que habla y expresa el amor como solidaridad
con los abandonados desde siempre a los que el Hijo de Dios alcanza llenando un
vacío que solo puede colmar la misericordia infinita del Padre.
En este día el
amor, ese amor silencioso, se convierte en espera de la vida en la
resurrección. El Sábado Santo nos hará bien pensar en la Virgen, en “la
Creyente”, que ese día esperaba la Resurrección. La Virgen tiene que ser el
icono del Sábado Santo. Pensar mucho en cómo vivió ese día: en espera. Es el
amor que no duda, sino que espera en la palabra del Señor, para que
...resplandezca el día de Pascua”.
TRES GRANDES
VERDADES
UN DIOS QUE ES
AMOR
“Dios te ama. Nunca lo dudes, más
allá de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres
infinitamente amado. Porque te ama. Intenta quedarte un momento en silencio
dejándote amar por Él.
Intenta acallar todas las voces y gritos interiores y
quédate un instante en sus brazos de amor”. (Los católicos el Jueves Santo,
celebramos el día del amor, la caridad, el servicio)
UN DIOS QUE SALVA
“Cristo, por amor, se entregó hasta
el final para salvarte. Sus brazos abiertos en la Cruz son el signo más
precioso de un amigo capaz de llegar hasta el extremo: «Él, que amó a los suyos
que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13,1). Su perdón y su
salvación no son algo que hemos comprado, o que tengamos que adquirir con
nuestras obras o con nuestros esfuerzos. Él nos perdona y nos libera gratis. Su
entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos
pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud”. (Los católicos
detenemos nuestro pensamiento en el Viernes Santo, Dios asume el camino de la
Cruz para Salvar a la humanidad. Dolor y sufrimiento en aras de la
salvación).
UN DIOS QUE ESTÁ
VIVO
“¡Él vive! Hay que volver a
recordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo
como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó
hace dos mil años. Es Cristo resucitado, lleno de vitalidad sobrenatural,
vestido de infinita luz. Por eso decía san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana
es la fe de ustedes» (1 Corintios 15, 17).
Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento,
para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aunque todos
se vayan Él estará, tal como lo prometió: «Yo estoy con ustedes todos los días,
hasta el fin del mundo» (Mateo 28, 20).”
(Los católicos celebramos el gran misterio de la resurrección de
Jesucristo. Él está vivo y está en medio de nosotros. Domingo de Pascua). (cfr.
Exhortación Christus Vivit, numerales, 112 – 125).
















