1 de abril 2026. “Los
laicos son todos los fieles cristianos”. Audiencia Papa León XIV, Plaza de san
Pedro. Los laicos piedras vivas en la Iglesia y testigos en el mundo.
Hermanos y
hermanas, ¡buenos días!
Seguimos nuestro
camino de reflexión sobre la Iglesia como se nos presenta en la Constitución
conciliar Lumen Gentium (Lumen Gentium). Hoy afrontamos el cuarto capítulo, que
trata sobre los laicos. Todos recordamos lo que al Papa Francisco le gustaba
repetir: “Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A
su servicio está la minoría de los ministros ordenados” (Exhortación. apostólica.
Evangelii Gaudium, 102).
Esta sección del documento
se preocupa de explicar en positivo la naturaleza y la misión de los laicos,
después de siglos en los que habían sido definidos simplemente como aquellos
que no forman parte de los clérigos o de los consagrados. Por esto me gusta
releer con vosotros un pasaje muy hermoso, que habla de la grandeza de la
condición cristiana: “Por tanto, el Pueblo de Dios, por Él elegido, es uno:
‘un Señor, una fe, un bautismo’ (Efesios 4,5). Es común la dignidad de los
miembros, que deriva de su regeneración en Cristo; común la gracia de la
filiación; común la llamada a la perfección: una sola salvación, única la
esperanza e indivisa la caridad” (Lumen Gentium, 32).
Antes que
cualquier diferencia de ministerio o de estado de vida, el Concilio afirma la
igualdad de todos los bautizados. La Constitución no quiere que se olvide lo
que ya había afirmado en el capítulo sobre el pueblo de Dios, es decir que la
condición del pueblo mesiánico es la dignidad y la libertad de los hijos de
Dios (cfr. Lumen Gentium, 9).
Naturalmente, cuanto
más grande es el don, más grande también es el compromiso. Por esto el
Concilio, junto con la dignidad, subraya también la misión de los laicos en la
Iglesia y en el mundo. ¿Pero dónde se funda esta misión y en qué consiste? Nos
lo dice la descripción misma de los laicos que el Concilio se propone: “Con
el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos […] que, en
cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y
hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de
Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo
cristiano en la parte que a ellos corresponde” (Lumen Gentium, 31).
El pueblo santo
de Dios, por tanto, nunca es una masa informe, sino el cuerpo de Cristo
o, como decía Agustín, el Christus Totus: es la comunidad orgánicamente
estructurada, en virtud de la relación fecunda entre sus formas de
participación al sacerdocio de Cristo: sacerdocio común de los fieles y
sacerdocio ministerial (cfr. Lumen Gentium, 10).
En virtud del
Bautismo, los fieles laicos participan en el mismo sacerdocio de Cristo. De
hecho, “Cristo Jesús, supremo y eterno Sacerdote, quiere continuar su
testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su
Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta” (Lumen
Gentium, 34).
¿Cómo no
recordar, en este sentido, a san Juan Pablo II y su exhortación apostólica
Christifideles Laici (30 de diciembre de 1988)? En ella él subrayaba que “el
Concilio, con su riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha
reservado páginas verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad,
espiritualidad, misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y los Padres
conciliares, haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los
fieles laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña” (n. 2).
De este modo, mi
venerado predecesor relanzaba el apostolado de los laicos, a quienes el
Concilio había dedicado un documento específico, del que hablaremos más
adelante. El amplio campo del apostolado laical no se limita al espacio de
la Iglesia, sino que se amplía al mundo. La Iglesia, de hecho, está
presente en todos los lugares donde sus hijos profesan y testimonian el
Evangelio: en los ambientes de trabajo, en la sociedad civil y en todas las
relaciones humanas, allá donde ellos, con sus elecciones, muestran la belleza
de la vida cristiana, que anticipa aquí y ahora la justicia y la paz que serán
plenas en el Reino de Dios.
El mundo
necesita que “se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la
justicia, en la caridad y en la paz” (Lumen Gentium, 36). ¡Y esto es posible
solamente con la contribución, el servicio y el testimonio de los laicos!
Es la invitación
a ser esa Iglesia “en salida” de la que nos ha hablado el Papa Francisco: una
Iglesia encarnada en la historia, siempre abierta a la misión, en la que
todos estamos llamados a ser discípulos-misioneros, apóstoles del Evangelio,
testigos del Reino de Dios, ¡portadores de la alegría del Cristo que hemos
encontrado!
Hermanos y
hermanas, ¡la Pascua que nos preparamos a celebrar renueve en nosotros la
gracia de ser, como María Magdalena, como Pedro y Juan, testigos del
Resucitado! Fuente: Aciprensa. Com

