19 de abril 2026 “El resucitado nos anima a ser testigos de
su resurrección” Homilía Papa León XIV en Kilamba (Angola) viaje apostólico.
Queridos hermanos y hermanas:
Con el corazón lleno de gratitud celebro la Eucaristía entre
ustedes. Gracias a Dios por este don y gracias a ustedes por la cálida
bienvenida que me han brindado.
Dos discípulos del Señor, con el corazón lastimado y
triste, salen de Jerusalén para regresar a Emaús, su aldea. Vieron morir a
aquel Jesús en el que habían confiado y al que habían seguido y, ahora,
decepcionados y derrotados, regresan a sus casas. «En el camino hablaban sobre
lo que había ocurrido» (v. 14); Necesitan hablar de ello, volver a contarse lo
que han visto, compartir lo que han vivido, aunque corran el riesgo de quedarse
atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza.
Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del Evangelio
veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado,
que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la
conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo
que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado
a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones,
de recursos malgastados y de pobreza.
Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan
marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos
discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo.
Ellos caminan, sin embargo, siguen detenidos en los hechos ocurridos tres
días antes, cuando vieron morir a Jesús; conversan entre ellos, pero sin
esperanza de encontrar una salida; continúan hablando de lo que ha sucedido,
con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible
hacerlo.
Queridos hermanos, la Buena Nueva del Señor, también hoy
para nosotros, es precisamente esta: Él está vivo, ha resucitado y va a
nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura,
abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la
gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.
El Señor se acerca a los dos discípulos desanimados y sin
esperanza y, al hacerse su compañero de camino, los ayuda a recomponer los
fragmentos de aquella historia, a mirar más allá del dolor, a descubrirles que no
están solos en el camino y que les espera un futuro en el que sigue habitando
el Dios del amor. Y cuando Él se detiene a cenar con ellos, se sienta a la
mesa y parte el pan, entonces «los ojos de los discípulos se abrieron y lo
reconocieron» (v. 31).
Para nosotros, y también para ustedes, queridos hermanos y
hermanas angoleños, queda así trazado el camino para volver a empezar: por un
lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros;
por otro, el compromiso que Él nos pide.
Experimentamos la compañía del Señor sobre todo en la
relación con Él, en la oración, en la escucha de su Palabra, que hace arder
nuestro corazón como el de los dos discípulos, y sobre todo en la
celebración de la Eucaristía. Es aquí donde nos encontramos con Dios. Por eso,
hay que estar siempre atentos a aquellas formas de religiosidad tradicional
que, sin duda, pertenecen a las raíces de la cultura de ustedes, pero que, al mismo
tiempo, suponen el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y
supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual.
Permanezcan fieles a lo que enseña la Iglesia, confíen en
sus Pastores y mantengan la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente
en la Palabra y en la Eucaristía. En ambas percibimos que el Señor
Resucitado camina a nuestro lado y, unidos a Él, también nosotros vencemos la
muerte que nos asedia y vivimos como resucitados.
A esta certeza de no estar solos en el camino se añade
también un compromiso generoso capaz de aliviar las heridas y reavivar la
esperanza. En efecto, si los dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando
parte el pan para ellos, eso significa que también nosotros debemos
reconocerlo así: no sólo en la Eucaristía, sino en cualquier lugar donde haya
una vida que se convierta en pan partido, en cualquier lugar donde alguien
se haga don de compasión como Él.
La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que
deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de
pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino
y escuchar el lamento de sus hijos. Una Iglesia que, con la luz de la
Palabra y el alimento de la Eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida.
Una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús
partió el pan para los dos discípulos de Emaús. Angola necesita obispos,
sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en
el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de
comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de
fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia
quienes más lo necesitan.
Con la gracia de Cristo Resucitado podemos convertirnos
en ese pan partido que transforma la realidad. Y así como la Eucaristía nos
recuerda que somos un solo cuerpo y un solo espíritu, unidos al único Señor,
también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para
siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia,
en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la
justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza,
sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.
Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro
con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de
hacerlo. Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como
pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de
una nueva humanidad y de una nueva sociedad.
Queridos hermanos, en este camino pueden contar con la
cercanía y la oración del Papa. Pero también yo sé que puedo contar con
ustedes, y se lo agradezco. Los encomiendo a la protección y a la intercesión
de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, para que siempre los sostenga en
la fe, la esperanza y la caridad. Fuente: Aciprensa.

