2 de abril 2026 “Los santos hacen la historia” Homilía Papa
León XIV. Basílica de san Pedro, en el Jueves Santo. Eucaristía Crismal.
Queridos hermanos y hermanas:
Nos encontramos ya en el umbral del Triduo Pascual. Una vez
más, el Señor nos llevará a la cumbre de su misión, para que su pasión, muerte
y resurrección se conviertan en el corazón de nuestra misión. Lo que estamos a
punto de revivir, de hecho, tiene en sí la fuerza de transformar aquello que el
orgullo humano tiende generalmente a endurecer: nuestra identidad, nuestro
lugar en el mundo. La libertad de Jesús cambia el corazón, sana las heridas,
perfuma y hace brillar nuestros rostros, reconcilia y reúne, perdona y
resucita.
En este primer año en el que presido la Misa Crismal como
Obispo de Roma, deseo reflexionar con ustedes sobre la misión a la que Dios nos
consagra como su pueblo. Es la misión cristiana, la misma de Jesús, no otra. En
ella participa cada uno según su propia vocación y en una obediencia muy
personal a la voz del Espíritu, ¡pero nunca sin los demás, nunca descuidando o
rompiendo la comunión! Obispos y presbíteros, al renovar nuestras promesas,
estamos al servicio de un pueblo misionero. Somos, junto con todos los
bautizados, el Cuerpo de Cristo, ungidos por su Espíritu de libertad y de
consuelo, Espíritu de profecía y de unidad.
Lo que Jesús vive en los momentos culminantes de su misión
ya se anticipa en el pasaje de Isaías, que Él mismo señaló en la sinagoga de
Nazaret como la Palabra que «hoy» se cumple (cf. Lucas 4,21). En la hora de la
Pascua, de hecho, queda definitivamente claro que Dios consagra para enviar. Él
«me envió» (Lucas 4,18), dice Jesús, describiendo ese movimiento que une su
Cuerpo a los pobres, a los prisioneros, a quienes caminan a tientas en la
oscuridad y a quienes se encuentran oprimidos. Y nosotros, miembros de su
Cuerpo, llamamos “apostólica” a una Iglesia enviada, no estática, impulsada más
allá de sí misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas: «Como
el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Juan 20,21).
Sabemos que ser enviados implica, en primer lugar, un
desprendimiento, es decir, el riesgo de dejar lo que es familiar y seguro, para
adentrarse en lo nuevo. Es interesante que «con el poder del Espíritu» (Lucas
4,14), descendido sobre Él después del Bautismo en el Jordán, Jesús regrese a
Galilea y vaya «a Nazaret, donde se había criado» (v. 16). Es el lugar que
ahora debe abandonar. Se mueve «como de costumbre» (ibíd.), pero para inaugurar
un tiempo nuevo. Ahora deberá partir definitivamente de aquel pueblo, para que
madure lo que allí ha germinado, sábado tras sábado, en la escucha fiel de la
Palabra de Dios. Del mismo modo, llamará a otros a partir, a arriesgarse,
para que ningún lugar se convierta en una celda, ninguna identidad en una
guarida.
Queridos hermanos, nosotros seguimos a Jesús, quien «no
consideró la igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al
contrario, se anonadó a sí mismo» (Filipenses 2,6-7). Toda misión comienza
con ese tipo de vaciamiento en el que todo renace. Nuestra dignidad de hijos e
hijas de Dios no nos puede ser quitada, ni se puede perder, pero tampoco pueden
borrarse los afectos, los lugares y las experiencias que están en el origen de
nuestra vida. Somos herederos de tanto bien y, al mismo tiempo, de los límites
de una historia en la que el Evangelio debe llevar luz y salvación, perdón y
sanación.
Así, la misión comienza por la reconciliación con nuestros orígenes,
con los dones y los límites de la formación recibida; al mismo tiempo, no
hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del
desprendimiento, no hay alegría sin arriesgar. Somos el Cuerpo de Cristo si
nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con
el pasado sin quedarnos prisioneros de él: todo se recupera y se multiplica si
primero se deja ir, sin miedo. Es un primer secreto de la misión. Y no se
experimenta una sola vez, sino en cada nuevo comienzo, en cada ulterior envío.
El camino de Jesús nos revela que la disponibilidad para
perder, para vaciarse, no es un fin en sí misma, sino una condición para el
encuentro y la intimidad. El amor sólo es verdadero si está desarmado,
necesita pocas cosas, ninguna ostentación, y custodia con delicadeza la
debilidad y la desnudez. Nos cuesta lanzarnos a una misión tan expuesta, y sin
embargo no hay «buena nueva para los pobres» (cf. Lucas 4,18) si acudimos a
ellos con signos de poder, ni hay auténtica liberación si no nos liberamos
de la posesión.
Aquí tocamos un segundo secreto de la misión cristiana. Tras
el desprendimiento está la ley del encuentro. Sabemos que, a lo largo de la
historia, la misión ha sido no pocas veces trastocada por lógicas de dominio,
totalmente ajenas al camino de Jesucristo. San Juan Pablo II tuvo la lucidez y
el valor de reconocer que «por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo
místico, y aún sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios,
el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y
de las culpas de quienes nos han precedido»
Por consiguiente, es ahora prioritario recordar que ni en
el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede provenir
de la prepotencia. Los grandes misioneros son testigos de acercamientos
cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio
desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el diálogo y el
respeto. Es el camino de la encarnación, que siempre y de nuevo toma la forma
de la inculturación. La salvación, de hecho, sólo puede ser acogida por cada
uno en su lengua materna. «¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su
propia lengua?» (Hechos 2,8).
La sorpresa de
Pentecostés se repite cuando no pretendemos dominar los tiempos de Dios, sino
que confiamos en el Espíritu Santo, que “está presente también hoy, como en
tiempos de Jesús y de los apóstoles, está presente y actuante, llega antes que
nosotros, trabaja más y mejor que nosotros; a nosotros no nos corresponde ni
sembrarlo ni despertarlo, sino ante todo reconocerlo, acogerlo, seguirlo,
abrirle camino e ir tras él. Está ahí y nunca ha perdido la esperanza respecto
a nuestro tiempo; por el contrario, sonríe, baila, penetra, envuelve, llega
incluso allí donde nunca hubiéramos imaginado”.
Para establecer esta sintonía con lo invisible, es necesario
llegar con sencillez al lugar al que se nos envía, honrando el misterio que
cada persona y cada comunidad lleva consigo: una sacralidad que nos trasciende
por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como dueños de los
lugares y de la vida ajena. Somos huéspedes: lo somos como obispos, como
sacerdotes, como religiosas y religiosos, como cristianos. De hecho, para
acoger debemos aprender a dejarnos acoger. Incluso los lugares donde la
secularización parece más avanzada no son tierra de conquista, ni de
reconquista: «Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes
geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador
de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y
paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en
contraste con el Evangelio de Jesús […].
Es necesario llegar allí donde se
gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los
núcleos más profundos del alma de las ciudades». Esto sólo ocurre si en la Iglesia caminamos
juntos, si la misión no es una aventura heroica de alguien, sino el testimonio
vivo de un Cuerpo con muchos miembros.
Existe además una tercera dimensión, quizá la más radical,
de la misión cristiana. Ya en la violenta reacción de los habitantes de Nazaret
ante las palabras de Jesús se manifiesta la dramática posibilidad de la
incomprensión y del rechazo: «Al oír estas palabras, todos los que estaban en
la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad,
hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con
intención de despeñarlo» (Lucas 4,28-29).
Aunque la lectura litúrgica haya omitido esta parte, lo que
nos disponemos a celebrar a partir de esta tarde nos compromete a no huir, sino
a “pasar en medio” de la prueba, como Jesús, quien, arrastrado por la gente
hasta el borde del precipicio, «pasando en medio de ellos, continuó su camino»
(Lucas 4,30). La cruz es parte de la misión; el envío se vuelve más amargo y
atemorizante, pero también más gratuito y revolucionario. La ocupación
imperialista del mundo se ve entonces interrumpida desde dentro, la violencia
que hasta hoy se erige en ley queda desenmascarada. El Mesías pobre,
prisionero, oprimido, se precipita en la oscuridad de la muerte, pero así saca
a la luz una nueva creación.
¡De cuántas resurrecciones somos testigos también
nosotros, cuando, liberados de una actitud defensiva, nos entregamos al
servicio como una semilla en la tierra! Podemos atravesar en nuestra vida
situaciones en las que parece que todo ha terminado. Entonces nos preguntamos
si la misión ha sido inútil. Es cierto, a diferencia de Jesús, nosotros también
vivimos fracasos que dependen de nuestra insuficiencia o de la de los demás, a
menudo de una maraña de responsabilidades, de luces y sombras.
Pero podemos hacer nuestra la esperanza de muchos
testigos. Recuerdo uno, a quien estimo particularmente. Un mes antes de su
muerte, en el cuaderno de los Ejercicios espirituales, el santo obispo Óscar
Romero escribía: «El Sr. Nuncio de Costa Rica me avisó de peligros inminentes
para esta semana. […] Las circunstancias desconocidas se vivirán con la gracia
de Dios. Él asistió a los mártires y si es necesario lo sentiré muy cerca al
entregarle mi último suspiro. Pero que más valioso que el momento de morir es
entregarle toda la vida y vivir para él. […] Me basta para estar feliz y
confiado saber con seguridad que en él está mi vida y mi muerte que, a pesar de
mis pecados, en él he puesto mi confianza y no quedaré confundido y otros
proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la
Patria».
Queridas hermanas y hermanos, los santos hacen la
historia. Este es el mensaje del Apocalipsis. «La gracia y la paz de parte
[…]de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los
muertos, el Rey de los reyes de la tierra» (Apocalipsis 1, 4-5). Este saludo
resume el camino de Jesús en un mundo en conflicto entre potencias que lo
devastan. En su interior se gesta un pueblo nuevo, no de víctimas, sino de
testigos. En esta hora oscura de la historia, Dios ha querido enviarnos a
difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte. Renovemos
nuestro “sí” a esta misión que nos pide unidad y que trae la paz. ¡Sí, aquí
estamos! ¡Superemos el sentimiento de impotencia y de miedo! Nosotros
anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, en la espera de tu
venida. Fuente: Vatican. Va.

