18 de enero 2026 “No
ceder ante la tentación del éxito” Ángelus Regina Coeli, Papa León XIV. Plaza
de san Pedro.
Queridos hermanos
y hermanas, ¡feliz domingo!
Juan reconoce
en Jesús al Salvador, proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se aparta,
una vez cumplida su tarea, como atestiguan estas palabras suyas: «Después de mí
viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo» (v. 30).
El Bautista es un
hombre muy querido por las multitudes, hasta el punto de ser temido por las
autoridades de Jerusalén (cf. Juan 1,19). Le habría sido fácil aprovecharse de
esta fama; en cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la
popularidad. Frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y le da espacio a
su grandeza. Sabe que ha sido enviado para preparar «el camino del Señor»
(Marcos 1, 3; cfr. Isaías 40, 3), y cuando el Señor viene, reconoce su
presencia con alegría y humildad y se retira de la escena.
¡Qué
importante es para nosotros hoy su testimonio! De hecho, a menudo se le da una importancia
excesiva a la aprobación, al consenso y a la visibilidad, hasta el punto de
condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las
personas, causando sufrimiento y divisiones, y produciendo estilos de vida y de
relación efímeros, decepcionantes y oprimentes. En realidad, no necesitamos
estos “sucedáneos de la felicidad”. Nuestra alegría y nuestra grandeza no
se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y
deseados por nuestro Padre que está en los cielos.
El amor del
que nos habla Jesús es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos
especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y asumir nuestras cargas,
revelándonos quiénes somos realmente y cuánto valemos a sus ojos.
Queridos
hermanos, no nos dejemos distraer ante su paso. No malgastemos tiempo y
energías persiguiendo lo que es mera apariencia. Aprendamos de Juan el
Bautista a mantener alerta el espíritu, amando las cosas sencillas y las
palabras sinceras, viviendo con sobriedad y profundidad de mente y de corazón,
conformándonos con lo necesario y encontrando cada día, en cuanto sea posible,
un momento especial en el que detenernos en silencio para rezar, reflexionar,
escuchar; en definitiva, para “ir al desierto”, y allí encontrarnos con el
Señor y estar con Él.
Que nos ayude en
esto la Virgen María, modelo de sencillez, sabiduría y humildad. Fuente:
Vatican. Va.

