15 de marzo 2026.
“La Fe no es un renunciar a la razón” Ángelus Regina Coeli Papa León XIV. Plaza
de san Pedro.
Queridos hermanos
y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de
este cuarto domingo de Cuaresma nos relata la curación de un hombre ciego de
nacimiento (cf. Juan 9,1-41). Por medio de la simbología de este episodio, el
evangelista Juan nos habla del misterio de la salvación: mientras estábamos en
la oscuridad, mientras la humanidad caminaba en las tinieblas (cf. Isaías 9,1),
Dios envió a su Hijo como luz del mundo, para abrir los ojos de los ciegos e
iluminar nuestra vida.
Los profetas
habían anunciado que el Mesías abriría los ojos de los ciegos (cf. Isaías
29,18; 35,5; Sal 146,8). Jesús mismo acredita su misión mostrando que «los
ciegos ven» (Mateo 11,4); y se presenta diciendo: «Yo soy la luz del mundo»
(Juan 8,12). En efecto, podemos decir que todos nosotros somos “ciegos de
nacimiento”, porque solos no podemos ver en profundidad el misterio de la vida.
Por eso Dios se
hizo carne en Jesús, para que el barro de nuestra humanidad, amasado con el
aliento de su gracia, pudiera recibir una luz nueva, que nos hace capaces de
ver finalmente a Dios, a los demás y a nosotros mismos en la verdad.
Llama la atención
el hecho de que durante siglos se haya difundido la opinión, presente aún hoy,
según la cual la fe sería una especie de “salto en la oscuridad”, una renuncia
a pensar, por lo que tener fe significaría creer “ciegamente”. El
Evangelio, en cambio, nos dice que en contacto con Cristo los ojos se abren,
hasta el punto de que las autoridades religiosas piden con insistencia al ciego
sanado: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» (Juan 9,10); y también: «¿Cómo te
abrió los ojos?» (v. 26).
Hermanos y
hermanas, también nosotros, sanados por el amor de Cristo, estamos llamados a
vivir un cristianismo “de ojos abiertos”. La fe no es un acto ciego, un
renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos
lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a
mirar «desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en
su modo de ver» (Carta Encíclica Lumen Fidei, 18) y, por eso, nos pide que
“abramos los ojos”, como hacía Él, sobre todo a los sufrimientos de los demás y
a las heridas del mundo.
Hoy, en
particular, frente a las numerosas preguntas del corazón humano y a las
dramáticas situaciones de injusticia, violencia y sufrimiento que marcan
nuestro tiempo, es necesaria una fe despierta, atenta y profética, que abra
los ojos ante las oscuridades del mundo y lleve allí la luz del Evangelio
por medio de un compromiso de paz, de justicia y de solidaridad.
Pidamos a la
Virgen María que interceda por nosotros, para que la luz de Cristo abra los
ojos de nuestro corazón y podamos dar testimonio de Él con sencillez y
valentía. Fuente: Vatican. Va.

