22 de marzo 2026 “Cristo
resucitado vence la muerte” Ángelus Regina Coeli. Papa León XIV. Plaza de san
Pedro.
Queridos hermanos
y hermanas, ¡buenos días!
En el itinerario
cuaresmal, este es un signo que habla de la victoria de Cristo sobre la
muerte y del don de la vida eterna que recibimos en el Bautismo (cf.
Catecismo de la Iglesia Católica, numeral 1265). Hoy, Jesús nos dice también a
nosotros, al igual que a Marta, la hermana de Lázaro: «Yo soy la Resurrección y
la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en
mí, no morirá jamás» (Juan 11,25-26).
La liturgia nos
invita así a revivir, a la luz de la inminente celebración de la Semana Santa,
los acontecimientos de la Pasión del Señor —la entrada en Jerusalén, la
última cena, el juicio, la crucifixión, el entierro— para percibir su
sentido más auténtico y abrirnos al don de la gracia que contienen.
De hecho, es en
Cristo Resucitado, que vence a la muerte y que vive en nosotros por la
gracia del Bautismo, en quien estos acontecimientos encuentran su culmen, para
nuestra salvación y plenitud de vida.
Su gracia ilumina
este mundo, que parece estar en una búsqueda constante de novedades y cambios,
incluso a expensas de sacrificar cosas importantes —tiempo, energías, valores,
afectos— como si la fama, los bienes materiales, el entretenimiento o las relaciones
pasajeras pudieran satisfacer nuestro corazón o hacernos inmortales. Es el
síntoma de una necesidad de infinito que cada uno de nosotros lleva dentro,
pero cuya respuesta no puede depositarse en lo efímero. Nada de lo creado
puede saciar nuestra sed interior, porque estamos hechos para Dios, y no
encontramos paz hasta que descansamos en Él (cfr. Las Confesiones, I,1.1).
El relato de la
resurrección de Lázaro nos invita, entonces, a ponernos a la escucha de esa
profunda necesidad y, con la fuerza del Espíritu Santo, liberar nuestros
corazones de hábitos, condicionamientos y formas de pensar que, como grandes
piedras, nos encierran en el sepulcro del egoísmo, el materialismo, la
violencia y de la superficialidad. En estos lugares no hay vida, sino sólo
desorientación, insatisfacción y soledad.
Jesús también
a nosotros nos grita: «¡Ven afuera!» (Juan 11,43), animándonos a salir,
renovados por su gracia,
de esos espacios angostos, para caminar en la luz del amor, como mujeres y
hombres nuevos, capaces de esperar y amar según el modelo de su caridad
infinita, sin cálculos y sin límites.
Que la Virgen
María nos ayude a vivir así estos días santos: con su fe, con su confianza, con
su fidelidad, para que también en nosotros se renueve cada día la experiencia
luminosa del encuentro con su Hijo resucitado. Fuente: Vatican. Va.

