1 de marzo de 2026

LA TRANSFIGURACIÓN ANTICIPA LA LUZ DE LA PASCUA Papa León XIV


1 de marzo 2026 “La transfiguración anticipa la luz de la Pascua” Ángelus Regina Coeli, Papa León XIV. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio litúrgico de hoy nos ofrece a todos un icono luminoso, que narra la Transfiguración del Señor (cf. Mateo 17,1-9). Para representarla, el evangelista se adentra en la memoria de los apóstoles, representando a Cristo entre Moisés y Elías.
El Verbo hecho hombre se sitúa entre la Ley y la Profecía: es la Sabiduría viva que lleva a cumplimiento toda palabra divina. Todo lo que Dios ha ordenado e inspirado a la humanidad encuentra su manifestación plena y definitiva en Jesús.
 
Como en el día de su bautismo en el Jordán, también hoy en la montaña escuchamos la voz del Padre que proclama: «Este es mi Hijo amado», mientras el Espíritu Santo envuelve a Jesús en una «nube luminosa» (Mateo 17,5). Con esta expresión verdaderamente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios.
 
Al hacerse visible, el Señor exhibe su grandeza ante nuestra mirada: ante Jesús, cuyo rostro resplandece «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se muestra como un espectáculo para las multitudes, sino como una solemne confidencia.
 
La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, un acontecimiento de muerte y resurrección, de oscuridad y nueva luz que Cristo irradia sobre todos los cuerpos azotados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, esta misma carne resplandece con la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las heridas de la historia, iluminando nuestras mentes y corazones: ¡su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Nos fascina? ¿El verdadero rostro de Dios encuentra en nosotros una mirada de asombro y amor?
 
Ante la desesperación del ateísmo, el Padre responde con el don de su Hijo Salvador; de la soledad agnóstica, el Espíritu Santo nos redime, ofreciéndonos una comunión eterna de vida y gracia; ante nuestra débil fe, se yergue el anuncio de la futura resurrección: esto es lo que los discípulos vieron en el esplendor de Cristo, pero comprenderlo requiere tiempo (cf. Mateo 17,9). Un tiempo de silencio para escuchar la Palabra, un tiempo de conversión para disfrutar de la compañía del Señor.
Al experimentar todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la Mañana, que vigile nuestros pasos en la fe. Fuente: Vatican. Va.