18 de marzo 2026 “Todos
formamos el santo pueblo de Dios” Audiencia Papa León XIV. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos
y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy quisiera
detenerme de nuevo en el segundo capítulo de la Constitución conciliar Lumen Gentium,
dedicado a la Iglesia como pueblo de Dios.
El pueblo
mesiánico (Lumen Gentium, 9) recibe de Cristo la participación a la obra
sacerdotal, profética y real en la que se lleva a cabo su misión salvífica. Los
Padres conciliares enseñan que el Señor Jesús ha instituido mediante la
nueva y eterna Alianza un reino de sacerdotes, constituyendo a sus discípulos
en un «sacerdocio real» (1Pedro 2,9; cfr. 1Pedro 2,5; Apocalipsis 1,6).
Este sacerdocio
común de los fieles es donado con el Bautismo, que nos habilita para rendir
culto a Dios en espíritu y en verdad y a «confesar delante de los hombres la fe
que recibieron de Dios mediante la Iglesia» (Lumen Gentium, 11).
Además, a través
del sacramento de la Confirmación, todos los bautizados «se vinculan más
estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu
Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender
la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las
obras» (ibid.).
Esta consagración
está en la raíz de la misión común que une a los ministros ordenados y a los
fieles laicos.
A propósito, el
Papa Francisco observaba así: «Mirar al Pueblo de Dios, es recordar que
todos ingresamos a la Iglesia como laicos. El primer sacramento, el que
sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre
orgullosos es el del bautismo. Por él y con la unción del Espíritu Santo, (los
fieles) “quedan consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo” (Lumen
Gentium 10), entonces todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios»
(Carta al Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, 19 de marzo
2016).
El ejercicio
del sacerdocio real tiene lugar de muchas maneras, todas ellas encaminadas a nuestra santificación,
sobre todo participando en la ofrenda de la Eucaristía. Mediante la oración, el
ascetismo y la caridad activa dan testimonio de una vida renovada por la gracia
de Dios (cfr. Lumen Gentium 10).
Como sintetiza el
Concilio, «el carácter sagrado y orgánicamente estructurado de la comunidad
sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por las virtudes» (Lumen
Gentium, 11).
Los padres
conciliares enseñan además que el pueblo santo de Dios participa también en la
misión profética de Cristo (cfr. Lumen Gentium, 12). En este contexto introduce
el tema importante del sentido de la fe y del consenso de los fieles. La
Comisión Doctrinal del Concilio precisaba que este sensus fidei «es como una
facultad de toda la Iglesia, gracias a la cual en su fe reconoce la revelación
transmitida, distinguiendo entre lo verdadero y lo falso en las cuestiones de
fe, y al mismo tiempo penetra más profundamente en ella y la aplica más
plenamente en la vida» (cfr. Acta Synodalia, III/1, 199).
El sentido de
la fe pertenece por tanto a cada fiel no a título individual, sino como miembros del pueblo de Dios en
su conjunto.
Lumen Gentium
concentra la atención sobre este último aspecto y lo relaciona con la
infalibilidad de la Iglesia, a la cual pertenece la infalibilidad del Romano
Pontífice, al servirla.
«La totalidad de
los fieles, que tienen la unción del Santo (cfr. 1 Juan 2,20 y 27), no puede
equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta
mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando desde los
Obispos hasta los últimos fieles laicos presta su consentimiento universal en
las cosas de fe y costumbres» (Lumen Gentium, 12).
La Iglesia, por
tanto, como comunión de los fieles que incluye obviamente a los pastores, no
puede errar en la fe: el órgano de esta propiedad suya, fundado en la unción
del Espíritu Santo, es el sobrenatural sentido de la fe de todo el pueblo de
Dios, que se manifiesta en el consenso de los fieles. De esta unidad, que el
Magisterio eclesial custodia, se deduce que cada persona bautizada es un
sujeto activo de evangelización, llamado a dar un testimonio coherente de
Cristo según el don profético que el Señor infunde en toda su Iglesia.
El Espíritu
Santo, que nos viene de Jesús Resucitado, dispensa de hecho «entre los fieles
de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Corintios
12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las
diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor
edificación de la Iglesia» (Lumen Gentium, 12). Una demostración peculiar de
tal vitalidad carismática es ofrecida por la vida consagrada, que continuamente
brota y florece por obra de la gracia.
También las
formas asociativas eclesiales son ejemplo luminoso de la variedad y de la
fecundidad de los frutos espirituales para la edificación del Pueblo de Dios.
Queridos,
despertemos en nosotros la conciencia y la gratitud de haber recibido el don
de formar parte del pueblo de Dios; y también la responsabilidad que esto
conlleva. Fuente: Aciprensa. Com. Imagen de Vatican. Va

