31 de mayo 2026 “Cada
criatura está hecha para la comunión” Ángelus Regina Coeli, Papa León XIV.
Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos
y hermanas, ¡feliz domingo!
Con la solemnidad
de Pentecostés, hace una semana, concluyó el Tiempo Pascual. Al celebrar hoy el
Misterio de Dios Trinidad, se nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el
camino recorrido, partiendo de su centro, que es la vida de Dios que se nos ha
entregado en Jesucristo. Esta vida es una comunión dinámica, inagotable,
fecunda, de la que ahora participamos: el Espíritu que une al Padre y al Hijo
ha sido derramado en nuestros corazones, de modo que en el mundo toma forma la
Iglesia, sacramento de comunión, espacio de encuentro, de amor y de vida en el
que el cielo y la tierra ya se tocan.
El Evangelio de
la liturgia de hoy (Juan 3, 16-18) nos presenta a Nicodemo, una figura
destacada en Israel que sintió una profunda atracción por Jesús. En efecto, fue
a buscarlo —de noche, para no ser visto—, deseoso de conocer mejor a este
misterioso Maestro y de hacerle preguntas. Al recibirlo, el Señor dio
importancia a su búsqueda. Lo sorprendió, sugiriéndole que también par un
adulto es posible renacer; le dejó entrever que la vida de Dios habría podido
transformar su vida.
Jesús habló a Nicodemo del Espíritu Santo, iluminó su
noche con la verdad que en la fiesta de hoy resuena en todas nuestras
iglesias: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo
el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (v. 16). Y también: «Dios
no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se
salve por él» (v. 17).
Queridos amigos,
en el Misterio de Dios, Padre e Hijo y Espíritu Santo, estamos en casa, tal y
como Nicodemo se sintió en casa junto a Jesús. La vida de Dios es
maravillosa y cautivadora, da paz a nuestro corazón, a menudo tan inquieto,
y nos permite encontrarnos como hermanos y hermanas en la alegría del Espíritu.
La Trinidad nos hace amar todo y a todos; descubrimos que cada
criatura está hecha para la comunión, la relación, el encuentro. Y, por
contraste, comprendemos por qué las divisiones, las polarizaciones y el
desprecio de la diversidad traen al mundo destrucción, tristeza y aridez.
Nicodemo formaba
parte del Sanedrín, el Consejo de los jefes de Israel. Cuando oyó en el
Sanedrín palabras de desprecio hacia Jesús, invitó a todos a escucharlo antes
de condenarlo. Había recibido de Dios, a través del mismo Cristo, el Espíritu
de la comunión, que abre el corazón a la nueva verdad y a la verdadera novedad.
Quien no acoge a este Espíritu envejece pronto, sumido en la queja; se
encuentra solo, nunca tiene el ánimo festivo. Hoy, en cambio, queridos hermanos
y hermanas, es fiesta.
La fiesta de Dios es nuestra fiesta. Por eso san Pablo
escribe a los corintios: «Por lo demás, hermanos, alegraos, trabajad por
vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el
Dios del amor y de la paz estará con vosotros» (2 Corintios 13, 11).
Y ahora, con la
oración del Ángelus, nos dirigimos a la Virgen María; que en su “sí” a la
divina Voluntad florezca también nuestro “sí” al amor de la Santísima Trinidad.
Fuente: Aciprensa.

