24 de mayo 2026. “El
Espíritu del resucitado es Paz, Misión y Verdad” Homilía Papa León XIV,
Solemnidad de Pentecostés. Basílica de san Pedro.
Queridos hermanos
y hermanas:
El tiempo de
Pascua llega hoy a su culminación, en la solemnidad de Pentecostés. Para
evidenciar la unidad de este acontecimiento de salvación, el Evangelio nos
lleva nuevamente al “primer día de la semana” (cf. Juan 20,19), es decir, a
aquel nuevo día en el que Jesús resucitado aparece a sus discípulos
mostrándoles «sus manos y su costado» (v. 20). El Señor revela su cuerpo
glorioso, precisamente sus llagas, las heridas de la crucifixión. Estos
signos de la pasión, más elocuentes que cualquier discurso, han sido
transfigurados: Aquel que estaba muerto vive para siempre.
Al ver al
Señor, también los discípulos vuelven a vivir: se habían sepultado en el cenáculo llenos de
miedo, pero Jesús entra allí a pesar de las puertas cerradas y los colma de
alegría. Él pasa a través de la muerte, abre el sepulcro de par en par, ahí
donde para nosotros ya no había una salida. Cristo, a este gesto, une la
palabra: «¡La paz esté con ustedes!» (v. 19); e inmediatamente después sopla
sobre los discípulos dándoles el Espíritu Santo.
El Resucitado está lleno de
vida; luego de haber mostrado la vida del cuerpo, como verdadero hombre, da
la vida de Dios, como Hijo amado del Padre, vuelto para nosotros hermano y
Redentor. En el mismo cenáculo donde ha instituido la alianza nueva y eterna,
Jesús infunde el Espíritu; el lugar de la cena y de la traición se transforma
y, de sepulcro de los apóstoles, se convierte para toda la Iglesia en fuente de
resurrección. Por eso Pentecostés es fiesta pascual y fiesta del cuerpo de
Cristo, que por gracia somos nosotros.
Celebrando este
misterio, quisiera detenerme en tres aspectos.
En primer
lugar, el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la paz. En su Pascua, Cristo reconcilia a Dios y
a la humanidad, y el Espíritu Santo infunde la paz en los corazones y la
difunde en el mundo. Esta paz viene del perdón y nos lleva al perdón; comienza
con el perdón que da el mismo Jesús, traicionado por nosotros, condenado y
crucificado. Sorprendiéndonos con su amor, precisamente Él, el resucitado,
dice: «Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» (Juan
20,23).
Con estas
palabras Jesús nos confía una obra divina, porque sólo Dios puede perdonar los
pecados (cf. Marcos 2,7). Esta autoridad viene dada bajo el signo de una
reconciliación universal: el Señor infunde el Espíritu de la paz desde el
comienzo hasta el final de la historia, porque no excluye a nadie Aquel que ha
redimido a todos de la muerte. El Espíritu Santo, en efecto, es Señor y
dador de vida desde el inicio de la creación, cuando aleteaba sobre las aguas
(cf. Génesis 1,2), y ahora, en su rescate, cambia la historia del mundo;
realmente Pentecostés se realiza como fiesta del nuevo Pacto, es decir, de la
alianza entre Dios y todos los pueblos de la tierra. Mientras el fragor del
cielo, el viento y las lenguas de fuego en el cenáculo recuerdan los antiguos
signos del Sinaí (cf. Hechos 2,2-3; Ex 19,16-19), la santa ley de Dios se
inscribe en nuestros corazones, grabada por el Espíritu con caracteres de
amor en la carne de Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia.
Esta ley es el
código de la paz; es el doble mandamiento del amor, que el Espíritu nos
recuerda en cada latido del corazón. Con nuestro corazón podemos, por tanto,
invocar: “Veni Sancte Spiritus”, porque Él ya nos ha sido dado. Podemos
desearlo, porque ya nos ha sido prometido. Podemos acogerlo, porque Él mismo es
dulce huésped del alma.
Un segundo
aspecto: el Espíritu del Resucitado es el Espíritu de la misión: «Como el Padre me envió a mí», dice el
Señor, «yo también los envío a ustedes» (Juan 20,21). Somos así partícipes en
la misión de Jesús; la de Aquel que sale de Dios y vuelve a Dios con el poder
del Espíritu, que procede del Padre y del Hijo, con ellos es adorado y
glorificado, único Dios. El Espíritu Santo es la caridad viviente de Cristo
que nos desborda, nos impulsa, nos sostiene en la misión (cf. 2 Corintios
5,14).
El mismo
Espíritu, mientras da a los apóstoles el poder de expresarse en la variedad de
las lenguas (cf. Hechos 2,4), enseña a la humanidad la palabra de la
salvación. Ahora que los apóstoles han recibido el soplo del Resucitado
dentro de sí, este anuncio viene de sus bocas, tiene la voz de Pedro y de
cuantos están con él. Justo en el día de Pentecostés los apóstoles comienzan a
anunciar a Jesús, crucificado y resucitado; las «maravillas de Dios» (Hechos 2,
11) se resumen todas en la redención, que empieza con la fe.
De hecho, la
primera obra del Espíritu Santo en nosotros es la fe con la que profesamos:
«Jesús es el Señor» (1 Corintios 12, 3). Esta fe vive y se expresa en cada
buena acción, en cada acto de misericordia y de virtud. La obra de Dios, por
tanto, somos nosotros, que llegamos hoy aquí de todas las partes del mundo,
invitados a la mesa del Señor, reunidos en la escucha de su palabra y enviados
a testimoniarla por doquier.
Queridos
hermanos, realmente somos partícipes del Evangelio; toda la Iglesia es
protagonista, no sólo guardiana. Con la fuerza del Espíritu, nuestro anuncio se
ve colmado de alegría y de esperanza, porque nosotros, precisamente nosotros,
somos la novedad del mundo, la luz y la sal de la tierra (cf. Mateo 5, 13-14).
Ciertamente, no por nuestros méritos, ni por privilegio, sino por la palabra
del Señor, que santifica al pecador, sana al leproso, convierte a quien ha
renegado de él en un apóstol. Por una parte —lo vemos bien—, hay cambios que
no renuevan el mundo, sino que lo envejecen entre errores y violencia.
Por otra parte,
en cambio, el Espíritu Santo ilumina las mentes y suscita en los corazones
nuevas energías de vida. Así transfigura la historia abriéndola a la salvación,
es decir, al don que el único Señor comparte con todos. La misión de la Iglesia
confirma ese compartir, transformando la confusión del mundo en comunión con
Dios y entre nosotros.
Esta misión
comienza afirmando la verdad de Dios y del hombre, porque el Espíritu del
Resucitado es el «Espíritu de la verdad» (Juan 14, 17). El Señor mismo nos
lo ha prometido, pidiendo unidad para su Iglesia, una unidad fundada en el amor
de Dios, fuente de nuestro amor. El Espíritu, que habló por medio de los
profetas, promueve siempre la unidad en la verdad, porque suscita en
nosotros comprensión, concordia y coherencia de vida. Como enseña san Agustín,
el don de lenguas que se comprenden en la única fe, «el Espíritu Santo […]
quiso que fuera una prueba de su presencia» (Sermón 269,1). El Paráclito nos
defiende entonces de todo lo que impide este entendimiento: de los prejuicios,
de las hipocresías y de las modas que apagan la luz del Evangelio. La
verdad que Dios nos da sigue siendo así palabra liberadora para todos los
pueblos, mensaje que transforma cada cultura desde dentro.
El Espíritu del
Resucitado no se infunde una vez para siempre, sino constantemente. Como la
Eucaristía es la presencia viva de Cristo, que siempre nos alimenta, así el
Espíritu Santo imprime en nosotros su carácter en el Bautismo, que nos hace
cristianos; en la Confirmación, que nos convierte en testigos; en el Orden, que
constituye ministros y pastores para el pueblo de Dios. En cada sacramento
Él es dator munerum, fuente de santidad que multiplica dones y carismas en la
oración, en las obras de misericordia, en el estudio de la Palabra de Dios.
Como enseña el Apóstol: «En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien
común» (1 Corintios 12, 7). Precisamente porque somos Iglesia, único cuerpo que
vive de Dios y sirve al mundo. Gracias al Espíritu podemos llevar a todos la
paz verdadera, la verdad que salva, es decir, al mismo Cristo Señor.
Queridos
hermanos, con corazón ardiente, pidamos hoy que el Espíritu del Resucitado nos
salve del mal de la guerra, que es vencida no por una superpotencia, sino por
la omnipotencia del amor. Recemos para que libere a la humanidad de la miseria,
que es rescatada no por una riqueza incalculable, sino por un don
inextinguible. Pidámosle que nos sane del flagelo del pecado, para la
redención anunciada a todos los pueblos en el nombre de Jesús. Esta es la
gracia que infunde valentía a los apóstoles; que lo infunda también a nosotros,
hoy y siempre, por intercesión de María, Madre de la Iglesia. Fuente: Vatican.
Va.

