27 de agosto 2019. Santa Mónica. «Madre de san Agustín,
mujer de fe invencible, creyó firmemente en la conversión de su hijo por la que
suplicó sin cesar vertiendo ardientes lágrimas. Con su santidad de vida logró
también la conversión de su violento esposo»
A esta madre santa le cupo la gloria de dar a luz a uno de
los grandes santos y doctores de la Iglesia, Agustín, al que, con sus ardientes
y emocionadas súplicas, rescató del mundo, instándole a volver los ojos a Dios.
Es modelo y patrona de las madres cristianas.
De origen bereber, nació en Tagaste, actual Souk-Aharás,
Argelia, el año 332. Después de recibir el bautismo en plena juventud, según la
costumbre de la época, se sintió cada vez más inclinada a la vida de oración. A
ella hubiera querido consagrar su existencia, pero sus padres la desposaron con
Patricio, que además de ser pagano y mucho mayor que ella, nunca la respetó,
sino que le infligió gravísimo maltrato durante treinta años. Era pronto a la
ira, mujeriego, bebedor, ludópata, y tan insensible hacia lo espiritual que su
temperamento violento se manifestaba a la primera de cambio. En medio de esta dramática espiral que
presidía su hogar, Mónica acudía a misa diariamente y sobrellevaba los
constantes atropellos con heroica paciencia.
No queriendo exasperarlo en
modo alguno, guardaba silencio o respondía con dulzura mostrando su buen
carácter cuando la situación se tornaba insostenible.
Poco a poco, y a
fuerza de dar testimonio con su vida, amparada en el amor de Dios, con oración
y sacrificios fue venciendo la dureza del corazón de su esposo y se produjo lo
que parecía un imposible: su conversión al cristianismo. Patricio se
bautizó el año 371. Antes Mónica ya se había ganado a pulso la simpatía de su
suegra, una mujer de agrio carácter y entrometida en las cuestiones de su
hogar. Pero a Mónica aún le quedaba apurar otro cáliz, ya que de tres hijos
nacidos en el matrimonio, una mujer y dos varones, Agustín iba a darle no pocos
quebraderos de cabeza.
Patricio murió un año después de ser bautizado, y ella tuvo
que lidiar en soledad con el tarambana de Agustín, que si bien era brillante en
sus estudios y se había formado rigurosamente en Cartago, en su vida personal
dejaba mucho que desear. Experto en filosofía, literatura y oratoria, pero
completamente alejado de la fe, iba sumiéndose en un pozo cada vez más hondo
para consternación de Mónica que sufría indeciblemente. Hubo una breve
inflexión en la vida de Agustín que hizo pensar que le daría un giro
definitivo. El hecho es que tras la muerte de su padre, enfermó, y temiendo
seguir sus pasos pensó en hacerse católico; hasta recibió instrucción para
ello. Pero en cuanto sanó, se involucró con los maniqueos y prosiguió dando
tumbos.
Un día Mónica lo echó de casa sin contemplaciones al ver que
no desistía de sus errores y falsedades contrarios a la verdadera religión. En
un sueño vio que alguien se acercaba a consolarla en medio de su dolor por la
pérdida espiritual de Agustín, y le aseguraba que volvería con ella. La
interpretación de éste fue que su madre se haría maniquea como él. Pero Mónica
respondió: «En el sueño no me dijeron, la madre irá a donde el hijo, sino el
hijo volverá a la madre». Aunque Agustín quedó impresionado por la respuesta,
aún tardó nueve años en convertirse.
El obispo de Tagaste, conmovido por los sacrificios y
sufrimientos de Mónica, le había asegurado: «es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas». Ella
continuó orando y llorando, pero también lo siguió con religiosa terquedad a
Roma para rescatarlo de las malas influencias. Agustín, al ver que iba tras él,
intentó esquivarla tomando un barco, pero cuando ella se percató de la
maniobra, se embarcó en otra nave. Después, en Milán Mónica tomó contacto con
san Ambrosio, cuya intervención sería decisiva para la conversión de Agustín el
año 387. Abrazado por fin al cristianismo, el santo volvió con su madre. Antes
de que le asaltara la última enfermedad, Mónica le había confiado: «Hijo, ya
nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por
qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único
deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más
de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y
te has consagrado a su servicio». Poco tiempo después, ese mismo año 387,
hallándose unidos, murió en Ostia cuando Agustín estaba a punto de partir a
África; él aseguraba que su madre le
había engendrado dos veces. Fuente: Zenit. Org. Isabel Orellana Wilches.
ÁNGELUS REGINA COELI, Papa
emérito, Benedicto XVI
CASTEL GANDOLFO, domingo, 27 agosto 2006 (ZENIT.org).-
Haciéndose cercano al sufrimiento de las madres por el extravío de sus propios
hijos, Benedicto XVI propuso este domingo, e hizo actual, el modelo de oración
perseverante y de búsqueda de la verdad de dos grandes figuras de la Iglesia,
madre e hijo: Santa Mónica y San Agustín.
Ambos vivieron en el siglo IV, pero «sus testimonios pueden
ser de gran consuelo y ayuda para muchas familias también de nuestro tiempo»,
reconoció el Papa, calurosamente acogido por los peregrinos que colmaron el
patio de la residencia pontifica de Castel Gandolfo. De Santa Mónica, a quien
la Iglesia recuerda el 27 de agosto, Benedicto XVI recalcó su manera ejemplar
de vivir «su misión de esposa y madre»: por un lado ayudando a su marido
Patricio «a descubrir la belleza de la fe en Cristo y la fuerza del amor
evangélico», y por otro, cuidando valientemente de sus hijos al enviudar
precozmente.
San Agustín mismo, quien al principio hizo sufrir a su madre
con su temperamento rebelde, reconocía que ella le había engendrado dos veces.
«La segunda –recalcó el Papa- requirió
una larga tribulación espiritual, hecha de oración y de lágrimas, pero coronada
al final por la alegría de verle no sólo abrazar la fe y recibir el Bautismo,
sino también dedicarse enteramente al servicio de Cristo».
«¡Cuántas dificultades existen también hoy en la relaciones
familiares y cuántas madres están angustiadas porque sus hijos se encaminan por
senderos equivocados!», lamentó Benedicto XVI. A todas esas madres invita
Mónica «a no desanimarse, sino a perseverar en la misión de esposas y de madres
-propone el Santo Padre-, manteniendo
firme la confianza en Dios y agarrándose con perseverancia a la oración». Profundo
conocedor de la figura y espiritualidad de San Agustín –del que escribió su
tesis doctoral y a quien ha querido recordar en su escudo pontificio-,
Benedicto XVI subrayó la «apasionada
búsqueda de la verdad» que trazó toda la existencia de quien llegó a ser obispo
de Hipona.
En su adolescencia, Agustín «se lanzó» «a la belleza
terrena» «de manera egoísta y posesiva con comportamientos que crearon no poco
dolor en su piadosa madre», apuntó el Papa. En un «fatigoso itinerario», y con
ayuda de la oración de su madre, «Agustín se abrió cada vez más a la plenitud
de la verdad y del amor», y al final, «no sin una larga tormenta interior,
descubrió en Cristo el sentido último y pleno de la propia vida y de toda la
historia humana», prosiguió. Por eso Agustín –cuya memoria celebra la Iglesia
el lunes- es «modelo del camino hacia Dios, suprema Verdad y sumo Bien»,
describió el Papa.
Y expresó su deseo de que San Agustín obtenga también para
nosotros «el don de un sincero y profundo encuentro con Cristo», especialmente
«para todos aquellos jóvenes que, sedientos de felicidad, la buscan recorriendo
caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida». Antes de iniciar la
oración mariana, en medio de un impresionante silencio, Benedicto XVI encomendó
a la Virgen María «a los padres cristianos, para que, como Mónica, acompañen
con el ejemplo y la oración el camino de sus hijos», y a la juventud, para que,
«como Agustín, tienda siempre hacia la plenitud de la Verdad y del Amor, que es
Cristo». «Sólo Él puede saciar los deseos profundos del corazón humano»,
concluyó.