Arquidiócesis de
Ibagué.
Nuestro Reto es:
Lograr una santidad de vida. El ser y el quehacer de un sacerdote.
Un sacerdote debe ser un hombre espiritual, un hombre de
oración. Debe tener conciencia del carácter sobrenatural de su misión.
A continuación
comparto los apuntes que tomé en este Retiro con algunos anexos que fui
encontrando de acuerdo a la temática.
Iniciamos
nuestro primer encuentro hoy lunes 19 de enero a las 8 pm. En la casa de formación cristiana y
humana de nuestra Arquidiócesis. Recibimos la primera motivación con nuestro
predicador: Monseñor, Hency Martínez Vargas. Obispo Diócesis de la Dorada
Guaduas. Licenciado en teología dogmática. Universidad Gregoriana, de Roma.
La base de un
retiro espiritual es poder estar con Dios, estar con el Señor Jesús. Es un
momento de Gracia y bendiciones para nuestra vida sacerdotal. Momento para la
fraternidad sacerdotal. Es un encuentro con los hermanos. El silencio debe
ser el protagonista en el retiro. Estamos demasiado saturados con las
comunicaciones. Demasiadas comunicaciones. Necesitamos el momento de silencio. El
enemigo del silencio es el teléfono celular.
San Anselmo
recomienda dejar por un momento tantas ocupaciones y dedicarle un mayor tiempo
a Dios. Nosotros callamos y lo dejamos hablar a Dios. El retiro debe ser un
verdadero diálogo con el Señor. El silencio nos permite servirle mejor a
Dios. No debemos tener miedo al silencio. Romano Guardini dice que en el
silencio suceden los grandes acontecimientos.
Nuestro segundo día de retiro 20 de enero. Iniciamos con la celebración Eucarística a las 7 am, nuestro predicador insistió en pensar en el tema de la Reconciliación. Es importante que tomemos conciencia de nuestra conversión personal. Escuchamos atentamente la proclamación del primer libro de Samuel en el capítulo 16, 1-13. Saúl no logró cumplir con su misión, su dificultad fue la envida, los celos, la soberbia humana. El Señor le dijo a Samuel: “No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura. El mira a los ojos, Dios mira el corazón.
Hay que estar muy
atentos a no caer en la tentación de la apariencia. Dios no se fija en las apariencias, rechaza a Saúl y elige a David como
Rey. Así comienza
una nueva era para el pueblo de Israel. (1 Samuel 16) Dios encuentra en David
la persona indicada para sus planes salvíficos. (Hechos 13, 22-23). El legalismo no nos lleva a la conversión. “El sábado se hizo para el hombre y no
el hombre para el sábado”. (cfr. Marcos
2, 23-28).
La conversión
es siempre volver a Dios. Volver a restablecer el vínculo, la relación
personal, cerca e íntima con Dios. El pecado lo que hace es alejar la persona de Dios. El diablo está
interesado en que nos alejemos de Dios. Su estrategia es permanente. El maligno
hace atractivo el momento para que nos equivoquemos. Es Dios quien se da cuenta
de nuestra debilidad y siempre viene a buscarnos. El pecado tiene sus efectos.
Por ejemplo Adán sintió miedo, se esconde, se aleja. Cuando una persona peca,
le coge miedo a Dios, miedo al castigo, miedo a la autoridad. El problema que
muchas veces queremos esconder el pecado, negarlo o justificarlo.
El llamado a la
conversión es un llamado a la amistad con Dios. No debemos tenerle miedo a
Dios, hay que tenerle miedo al verdadero enemigo que es el pecado. Debemos
dejarnos reconciliar por Dios. El Señor permite que recuperemos el amor
primero. El santo cura de Ars es un excelente ejemplo de santidad de vida. Él
siempre tenía en cuenta la penitencia, la oración, la ascesis. Casi que se
podría decir que el Santo buscaba la santidad como una obsesión. Nuestro retiro
debe tener como eje fundamental la conversión.
No debemos vivir siempre con el mismo
pecado. Nuestra lucha es contra el pecado. No creamos en esa vana ilusión
que nosotros estamos exentos de caer en el pecado. No caer en la tentación de camuflar el
pecado. De creer que tenemos habilidad porque nadie se da cuenta. Si
perdemos el anhelo de ser santos, nos volvemos sinvergüenzas. Terminamos
creyendo que no somos como el publicano o pierdo el tiempo comparándome con los
demás.
El documento de
la quinta conferencia episcopal celebrada en Aparecida (Brasil) habla de la
conversión personal y la conversión pastoral. No existe una sin la otra. Mientras no exista nuestra conversión no va a
funcionar nuestra acción pastoral. “El sacerdote debe ser un hombre místico o
espiritual, si no lo logra, dejará de ser sacerdote cristiano” Karl Rhaner.
¿Puede un
sacerdote vivir su ministerio sin una ascesis personal? Estamos ante un mundo
que ofrece mucho hedonismo, materialismo, paganismo, transhumanismo. El mundo
propone que dejemos de ser lo que somos y que asumamos lo que no somos. El
humano termina despreciando su dignidad y su naturaleza original.
Debemos responder
a esa propuesta equivocada del mundo. No permitamos que el maligno nos quite el
celo pastoral. Un sacerdote debe ser un hombre espiritual, un hombre de
oración. Debe tener conciencia del carácter sobrenatural de su misión. La
ascética debe ser permanente en nosotros. Debemos vivir con alegría el
sacerdocio, incluso en medio de las dificultades. El modelo y el paradigma de
cada uno de nosotros debe ser el Señor, tener los mismos sentimientos de
Cristo. Hay que permitir que la Gracia
de Dios influya en nuestras vidas.
La Ascética es
un camino personal de purificación permanente de la propia vida y condición
humana, mediante la
meditación, la penitencia, la oración, la mortificación, la renuncia al mal, la
continua revisión de vida y el esfuerzo de crecimiento interior. (cfr. Vida del
santo Cura de Ars).
La Ascética se
expresa en una vida realmente sencilla coherente, en un acto de amor que se da
en una vida de oración en comunión con Dios. La Ascesis ayuda a tener una visión realista de
sus propias capacidades, de sus fuerzas morales y espirituales y ayudado por la
Gracia va creciendo como ser humano y como hombre de Dios.
Nuestra vocación
supone que en nosotros se pueda reflejar ese sol que viene de lo alto. San Juan
Crisóstomo decía que el sacerdote debería resplandecer más que el sol
terreno. El alma del sacerdote es sacudida por vientos mayores que aquellos
que agitan y provocan olas que intimidan. Uno de ellos es la vanagloria, tal
vez el más temible de todos, dice san Juan Crisóstomo. Es importante sentir el
deseo de buscar la misericordia que viene del Padre celestial.
Es importante una
revisión de vida, que sea una acción del Espíritu, de la Gracia de Dios en
nosotros. Los sacerdotes hemos sigo elegidos, ungidos, consagradas por Él mismo
que se hizo hombre en las entrañas de María. El sacerdote debe ser humilde,
no debe alardear del sacerdocio. No hacerle creer a los demás lo que no somos.
El problema no
es el sacerdocio sino la ambición del dominio y del poder. Debemos valorar más la gracia con la que
fuimos ungidos, como depender de nosotros mismos y no tanto de vivir según la
gracia del Señor. Comenzamos a vivir un sacerdocio inflado. En el sacerdocio la
santidad debe ser como un manto que lo cubre, como un espejo en el que se puede
contemplar a Cristo. Que las personas vean en nosotros la acción de Cristo.
Hoy existen
medios que propician las tentaciones, el pecado, incluso las justifican, por ejemplo: hay vacíos educativos en lo
humano, lo afectivo, lo religioso. Podemos también caer en el ocio, la rutina. El
ocio es el taller del diablo y el dispensario de pecados. Atentos al uso
exagerado de la Internet, de los medios. No dejar de lado la lectura y la
preparación doctrinal. Caemos en la pereza intelectual y en la monotonía
pastoral.
Nuestro
predicador para terminar la tarde de reflexión nos propone prepararnos para el
sacramento de la reconciliación con una serie de preguntas. Todos los sacerdotes vamos a confesar nuestras
faltas, dicho acto penitencial será a las 5 pm
Algunas preguntas
útiles para la buena confesión: Cuáles
son las motivaciones que tengo como sacerdote. He ido creciendo como ser
humano. Qué relación tengo con mi familia. Tengo buena relación de amistad y
respeto con mi obispo. Oro de una manera responsable. Leo con frecuencia la
Palabra de Dios. Me preocupo por la dirección espiritual.
Guardo un
equilibrio entre las tares pastorales y mi vida espiritual. Estoy convencido de
que lo mejor es para Dios. Celebro la Eucaristía con unción. Uso con equilibrio
los actuales medios de comunicación. Qué podría eliminar en mi closet. Cuáles
son las heridas que he ido acumulando a lo largo de mi vida. Me considero un
buen sacerdote. En qué debo mejorar como persona. Estoy de acuerdo con la
conversión personal y pastoral.
Nuestro tercer día de retiro, 21 de enero. Iniciamos con la celebración eucarística a las 7 am. Nuestra santa para hoy nos permite contemplar la grandeza, la nobleza, la pureza, la sencillez, la delicadeza. “santa Inés, virgen y mártir”. La Palabra de Dios para este día nos puso a pensar cómo logró Goliat vencer al Filisteo.
Confió más en el poder de
Dios y el Filisteo hizo demasiado alarde de su soberbia. (cfr. (1 Samuel
17, 32-33. 37. 40-51). El santo Evangelio nos propone la ley del corazón. Un
corazón sin compasión no tiene lógica en la fe. El Maestro de Nazareth
pregunta: “Es lícito en sábado hacer el bien en lugar de hacer el mal?
Hay que evitar el
legalismo en la vivencia de la Fe. Una buena solución es aprender a
interpretar la ley de Dios como el deseo profundo del corazón divino por toda
su obra. La ley de Dios tiene como fundamento el amor.
Nuestro
predicador en su charla de este día insistió en la vocación universal a la
santidad. El punto
central del tema es “Ser Santos”. Sería bueno releer el capítulo V de la
constitución dogmática Lumen Gentium en el Concilio Ecuménico Vaticano II. La Escritura nos enseña que a los primeros
discípulos de Jesucristo los llamaban “Los Santos” Dios nos quiere santos e
irreprochables ante él. La santidad es lo que Dios quiere transmitirnos. La
santidad es propia de Dios. ”Dios es santo” Dios quiere que lleguemos a ser
como él. La frustración más grande de una persona es no lograr ese objetivo, de
llegar a ser santo.
La santidad se
construye en el presente, nadie se hace santo en el futuro. Debemos recuperar
el deseo de la santidad. Hay que buscar la santidad en todo lo que hagamos y
realicemos en nuestra vida personal y pastoral. Que sea todo para
glorificar a Dios con la propia vida. Hay que evitar la mundanización de la
cual nos hablaba el Papa Francisco. Daña la santidad en un sacerdote la
envidia, rivalidades, egoísmo, inmadurez, peleas, malos entendidos. En un
presbiterio debe reinar la fraternidad. El amor fraterno es un buen camino para
la santidad de vida en un sacerdote.
El Concilio
Vaticano II nos recuerda: Sean pastores, no funcionarios; sean mediadores, no
intermediarios. No
consintamos que el mundo caricaturice nuestro sacerdocio y encuentre motivos
para ridiculizarlo. El sacerdote debe
sentirse siempre cada día, un hombre espiritual, un hombre ungido. La
importancia de su vida y de su ministerio le viene de Dios. El Papa Benedicto
XVI en una Eucaristía crismal advertía: “Es lamentable que algunos piensen que
el sacerdocio no es suficiente, que para tener prestigio, eficacia, aprobación,
se hace necesario complementarlo con alguna carrera profesional, con la que si
obtenemos reconocimiento en la sociedad.” (cfr. Homilía, 20 de junio, 2010).
Jesucristo
quiere establecer distinción y distancia de sus discípulos con el mundo injusto. Ellos son comunidad de vida y por lo
tanto de hermanos. En esta comunidad se debe manifestar la presencia del amor
de Dios que llega incluso a la donación de la propia vida. Jesús sabe que sus
discípulos van a quedar en un mundo hostil, difícil y seductor. (cfr. Juan 17,
7-19).
La vida de
oración es útil para buscar la santidad. La oración nos permite en conexión con Dios. La
oración es el aliento de la Fe. “La parroquia y la Iglesia debe ser escuela de
oración”. (San Juan Pablo II). La tarea fundamental de un sacerdote en una
comunidad puede ser la santidad. Solo con su excelente forma de ser,
amabilidad, humildad, ternura, buen trato. Toda la vida de ese sacerdote se
convierte en Evangelio. Nuestros comportamientos deben ser de acuerdo a lo
que somos: “Somos sacerdotes” y debemos tratar a los demás con la nobleza
de lo que Dios nos consagró como sacerdotes. El sacerdote debe confirmar con
su ejemplo lo que predica con su palabra. Jesucristo enseñó primero con su
ejemplo.
San Juan
Damasceno enseñaba: “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a
Dios de bienes convenientes” La oración cristiana es una relación de Alianza
entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del
Espíritu Santo. San Gregorio Nacianceno decía: "Es necesario acordarse
de Dios más a menudo que de respirar". El Señor conduce a cada persona
por los caminos de la vida y de la manera que él quiere. Cada fiel, a su vez,
le responde según la determinación de su corazón y las expresiones personales
de su oración.
San Juan
Crisóstomo decía: "Que nuestra oración se oiga no depende de la cantidad
de palabras, sino del fervor de nuestras almas". La oración se hace interior en la medida en que
tomamos conciencia de Aquél "a quien hablamos" (Santa Teresa de Jesús.
La oración es un don de la gracia y una respuesta decidida por nuestra parte.
Supone siempre un esfuerzo. Los grandes orantes de la Antigua Alianza antes de
Cristo, así como la Madre de Dios y los santos con Él nos enseñan que la
oración es un combate. ¿Contra quién? Contra nosotros mismos y contra las
astucias del Tentador que hace todo lo posible por separar al hombre de la
oración, de la unión con su Dios.
Se ora como se
vive, porque se vive como se ora. Jesucristo nos enseña a orar: Jesús insiste en la conversión del
corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre
el altar (cfr. Mateo 5, 23-24), el amor a los enemigos y la oración por los
perseguidores (cfr. Mateo 5, 44-45), orar al Padre "en lo secreto" (Mateo
6, 6), no gastar muchas palabras (cfr. Mt 6, 7), perdonar desde el fondo del
corazón al orar (cfr. Mateo 6, 14-15), la pureza del corazón y la búsqueda del
Reino (cfr. Mateo 6, 21. 25. 33). Esta conversión está toda ella polarizada
hacia el Padre, es filial. (cfr. Catecismo Iglesia Católica, numerales 2607 –
2679).
Jesucristo es
el modelo perfecto de la oración. Reflexionemos el capítulo 17 del Evangelio
según san Juan. Conocida
como la oración sacerdotal. En un primer momento Jesús ora por sí mismo: «Padre,
ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya
que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a
todos los que tú les has dado.” En un segundo momento ora por sus discípulos:
“ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son
tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido
glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a
ti.”
En un tercer
momento el Hijo de Dios ora por todos los creyentes: No ruego solamente por ellos, sino también por
los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú,
Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que
el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la gloria que tú me diste,
para que sean uno, como nosotros somos uno.”
Nuestro cuarto y último día de Retiro Espiritual: jueves 22 de enero. Iniciamos nuestra jornada con la celebración de la Eucaristía a las 7 am. Nuestro santo para hoy es San Vicente, diácono y mártir. Excelente orador y un hombre lleno de bondad y caridad.
Entregó su vida
al martirio defendiendo su Fe en Jesucristo.
Nuestro predicador Monseñor Hency Martínez quien presidió la Eucaristía
nos propuso pensar en dos temas. El primero tomando como punto de referencia la
historia de Saúl y de David. Pensamos en lo que debe ser una verdadera
amistad, una gran amistad, que sea limpia, transparente y edificante.
Jonatán el hijo de Saúl advierte a David que su Padre lo va a matar. Le
recomienda que se mantenga oculto. Pero él quiere solucionar ese problema de
envida y soberbia de su padre. Le promete a David dialogar con su padre para
que ellos puedan vivir en paz y armonía. Lo logra. Nuestro predicador decía ese es una gran
ejemplo de una buena y fraterna amistad. (cfr. 1 Samuel 18, 6-9; 19,
1-7).
El
segundo tema es una advertencia para el futuro y fecundo ministerio en un
sacerdote. Según el Evangelio según san Marcos 3, 7-12 debemos estar atentos a
no caer en la tentación del populismo, de la vanidad, de un ministerio
sacerdotal más pendiente de la publicidad, donde la gente eleva o endiosa
demasiado al ministro. Al contrario el Evangelio dice: Y los espíritus
inmundos, al verle, se arrojaban a sus pies y gritaban: «Tú eres el Hijo de
Dios». Pero él les mandaba enérgicamente que no le descubrieran. (Marcos 3,
12). El Hijo de Dios no cae en la trampa de dejar elevar el ego por sus
seguidores. Al contrario prohíbe que no lo divulguen a nadie. Y el Evangelio va
a decir. Siempre se retiraba y se iba para otro pueblo. Hay que evitar todo
aquello que lastime el ministerio sacerdotal.
Pensemos hoy en nuestra primera
charla de este día. Nuestro predicador dice: El Papa bueno afirmaba: Lo
esencial es llevar una vida santa. Cada cual debe saber el camino que debe
recorrer, ser santos. Ese debe ser el colmo de la felicidad humana, para el
presente y para el futuro. “San Juan XXIII”
Pensemos en la
alegría del ministerio sacerdotal en su ser y su quehacer. Alcanzar la santidad
personal, a partir de un encuentro permanente con Dios. Nos santificamos en la
cotidianidad. El punto es hacer de manera ordinaria lo extra ordinario. No es
irse al extremo. El cardenal Francois Xavier dice: debemos permanecer firmes
sin abandonar el puesto. Los que abandonan son los miedosos y los egoístas.
Todo cristiano es un soldado en el frente. Hay que pedirle a Dios que nos salve
de la sabiduría del mundo que no está en la lista de los dones.
El cardenal Francois Xavier Nguyen
Van Thuan (Vietnamita) habla de las diez enfermedades que nos limitan en el
mundo, nos perturban el trabajo pastoral. Por el ejemplo la primera
enfermedad: vivir añorando el pasado. Siempre mirando hacia atrás. Vivimos
como los cangrejos en reversa. Hay que volver a comenzar con humildad, dejar
muchas cosas atrás. No debemos tenerle miedo ni al presente ni al futuro.
Ejemplos pueden ser: María Magdala, Pedro, Nicodemo. Dios plantea una vida nueva. Dice el profeta:
“No se acuerden de las cosas pasadas, yo hago las cosas nuevas, abriré caminos
en el desierto y ríos en la soledad” (Isaías 43, 18)
La segunda enfermedad es la del pesimismo negativo, como decir “Hoy
nada se puede hacer”. A veces fracasamos antes de empezar un trabajo pastoral.
Algunos dicen: “Eso aquí no hay nada que hacer”. Dice el apóstol: “No se preocupen por nada,
oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que
Él ha hecho” (Filipenses 4, 6-7) El Papa Francisco enseña: “Nos convertimos en
pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. (cfr. 2 Corintios 12,
9). (Exhortación Evangelii Gaudium, numeral, 85)
La tercera enfermedad es la
autoglorificación, es supremamente dañina. Las emociones desaparecen muy
rápido. Debemos actuar es para la gloria de Dios. A veces buscamos nuestra
propia gloria. No debemos ostentar. Es el afán de reconocimiento. De Placas en
los templos, decretos de honor, glorificaciones humanas. Eso nos hace mas mal
que bien. Hay que tenerle miedo cuando la gente se llena de euforia por
nosotros. Esas son las glorias que el mundo ofrece. Dice el Evangelista: “El
que quiera ser grande, que sea el servidor. El Hijo de Dios vino para servir.”
(Mateo 20, 26)
La cuarta enfermedad es el
individualismo. Le hace mucho daño a los presbiterios. Eso se convierte en
competencia, carrerismo, envidias y egoísmo entre nosotros. Genera seres
humanos que se sienten solos. Eso es como caminar en medio de una multitud
donde nadie lo tiene en cuenta. Ese es el individualismo de nuestro tiempo. A
un sacerdote le puede hacer mucho daño. Nos lleva a la soledad, como una pena o
una carga. Una soledad enfermiza. Se vuelve tedio y aburrimiento. Nunca
visitamos a los demás compañeros. La sabiduría divina enseña: “Más valen dos
que uno. Si uno cae, el otro lo levanta. Nada de individualismo” (Eclesiastés
4, 9).
La quinta enfermedad es la pereza
y evitar lo que nos cuesta. El colmo de los perezosos. Sacarle el cuerpo a
las grandes responsabilidades, y a los demás quehaceres en lo que debemos ser
responsables. Dice la Escritura: “El alma del perezoso desea y nada alcanza
pero el alma de los dirigentes será prosperada” (Proverbios 13, 4). La pereza
se hunde en el techo y por la flojera de manos tiene goteras la casa”
(Eclesiastés 10, 18)
La sexta enfermedad es la Mundanidad.
Más afanados por estar en el ritmo del mundo que en las cosas de Dios. El
Papa Francisco advertía: Dios nos defiende de la mundanidad espiritual que
lastima tanto a la Iglesia. Es la cultura de lo efímero, que no conoce la
fidelidad, no tolera la Cruz y quiere destruir la Iglesia. Dice el Evangelista:
“Si el mundo los aborrece, sepan que a mí me ha aborrecido antes que a ustedes.
Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque en cambio no son del
mundo, pero yo los elegí del mundo, por eso el mundo los aborrece”. (Juan 15,
18-21). (cfr. Homilía 16 de mayo, 2020).
“Quien cae en la mundanidad mira de
arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a quien lo
cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la
apariencia. (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, numeral 97)
La séptima enfermedad, es esperar
un milagro. Siempre esperando que
Dios haga lo que nosotros debemos hacer. Hay personas que esperan todo de los
demás. Dios nos recomienda la paciencia, la perseverancia, no cansarnos de
hacer el bien. (Hebreos 10, 24). “No nos cansemos de hacer el bien que nos
corresponde” (Gálatas 6, 9).
La octava enfermedad, es la
indecisión. Siempre pensando si hace o no hace lo que debemos hacer todos
los días. Es como quien no tiene un ideal claro. Para quien no quiere ir, todo
queda lejos. La sabiduría enseña: “Si alguno es indeciso y le falta sabiduría
pídala a Dios que él le dará sin reproche” (Santiago 1, 5). “El indeciso debe
confiar más en Dios y no apoyarse en su propia sabiduría” (Proverbios 3, 5).
La novena enfermedad, es la
irresponsabilidad. Indiferencia ante las dificultades de la Iglesia y los
sufrimientos de los demás. La persona perdió el sentido del Bautismo cristiano,
no quiere hacer la tarea. No cumplimos ni siquiera lo que debemos hacer. Dice
la Escritura “Siervos inútiles” Dice el profeta: “"Decid al justo que le
irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos. ¡Ay del impío! Mal le irá,
porque según las obras de sus manos le será pagado" (Isaías 3, 10-11).
La décima enfermedad son las
divisiones y fracciones. Se forman grupos de sacerdotes. Unos contra los
otros. Hasta se ponen nombre como grupo. Eso le hace mucho daño al presbiterio.
El sacerdote pierde con todas estas enfermedades el celo pastoral y el ser
ministerial. El verdadero celo pastoral es que el sacerdote salga a buscar
la oveja perdida. El Papa francisco insistía que saliéramos a callejear la Fe.
Prefiero una Iglesia herida por tanto trabajo y no una Iglesia encerrada en sí
misma. Encerrada en su zona de confort.
Hemos ido perdiendo el sentido trascendente de la vida. (cfr. Exhortación
Apostólica, Evangelii Gaudium, numeral 50). El apóstol enseña: "Les
suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en
armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en
un mismo pensar y en un mismo propósito" La división es fruto de la carne
y contraria el Espíritu. (1 Corintios 1, 10).
No a la guerra entre nosotros: “Reconocerán que somos discípulos que
seamos uno” (Juan 17, 21) “Vence el mal con el bien” (Romanos 12, 21) (cfr.
Papa Francisco, Evangelii Gaudium, numeral, 101).
San Juan XXIII enseñaba:
el camino de la virtud es arduo pero el punto de llegada es grande.
El sacerdote debe
revelar lo que es en toda su manera de ser, en su bondad, en su espontaneidad,
en su nobleza, en su servicio, en su comprensión. Gran parte de nuestra tarea
pastoral la realizamos en la manera como actuamos frente a nuestros fieles. Que
bueno que la gente nos identifique por lo que somos.
Pensemos un
poco en la virtud de la Esperanza. Estamos llamados a ser hombres de esperanza.
El Papa Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi del año 2007 afirmaba: El presente aunque sea un presente fatigoso,
se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de
esa meta, es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. (cfr. Numeral
1).
El tema de la
Esperanza tiene como propósito transformar y orientar nuestra vida; le da una
dirección muy concreta;
nos hace caminar hacia la redención y la consumación que consiste en el “encuentro
final y definitivos con Dios. Caminar hacia Él, pero conducido por la Fe y
unidos por el amor. Las tres virtudes teologales interactúan en el caminar de
nuestra vida.
El Santo Padre
Benedicto XVI enseñaba: Jesucristo nos propone vivir desde la Esperanza. Desde
el comienzo de la predicación de Jesús en la proclamación de las bienaventuranzas.
Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como
hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las
pruebas que esperan a los discípulos de Jesús
La esperanza es “el ancla del
alma”, segura y firme, que penetra... “a donde entró por nosotros como
precursor Jesús” (Hebreos 6, 19-20). Es también un arma que nos
protege en el combate de la salvación: “Revistamos la coraza de la fe y de la
caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación” (1 Tesalonicenses 5,
8).
¿Cómo podemos cultivar la
Esperanza?: Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es
la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no
puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios.
(Numeral 32)
El actuar y el
sufrir como lugares de aprendizaje de la esperanza
Toda actuación
seria y recta del hombre es esperanza en acto. Lo es ante todo en el sentido de
que así tratamos de llevar adelante nuestras esperanzas, más grandes o más
pequeñas; solucionar éste o aquel otro cometido importante para el porvenir de
nuestra vida. (Numeral 35)
Al igual que el obrar, también el sufrimiento
forma parte de la existencia humana. Éste se deriva, por una parte, de nuestra finitud y, por otra, de la gran
cantidad de culpas acumuladas a lo largo de la historia, y que crece de modo
incesante también en el presente. (Numeral 36)
Todos los
sacerdotes agradecimos de todo corazón a Monseñor Hency Martínez Vargas por su sabias enseñanzas a lo largo de
estos cuatro días de Retiro Espiritual. Dios lo siga bendiciendo por la
grandeza de persona que es, por su amabilidad, su sencillez, su cordialidad, su
alegría. Mil gracias Monseñor Hency. Ibagué 22 de enero, 2026 a las 4. 30 pm




