10 de agosto 2025 “Estemos atentos, dispuestos, sensibles”
Ángelus Regina Coeli, Papa León XIV, Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo.
Nos exhorta, por tanto, a no guardar para nosotros los dones
que Dios nos ha dado, sino a emplearlos con generosidad para el bien de los
demás, especialmente de quienes están más necesitados de nuestra ayuda.
Se trata no sólo de compartir las cosas materiales de las
que disponemos, sino de poner en juego nuestras capacidades, nuestro
tiempo, nuestro afecto, nuestra presencia, nuestra empatía. En resumen, todo
aquello que hace de cada uno de nosotros, en los designios de Dios, un bien
único, inapreciable, un capital vivo, palpitante, que para crecer requiere ser
cultivado y empleado, porque si no se seca y se devalúa. O bien termina
perdido, a merced de quienes, como ladrones, se apropian de él para convertirlo
simplemente en un objeto de consumo.
El don de la vida, recibido de Dios, no se nos entregó
para terminar así, sino que necesita espacio, libertad, relación, para
realizarse y expresarse; necesita amor, que es lo único que trasforma y
ennoblece cada aspecto de nuestra existencia, haciéndonos cada vez más
semejantes a Dios. No es casualidad que Jesús pronuncia estas palabras mientras
está de camino hacia Jerusalén, donde se ofrecerá a sí mismo en la cruz para
nuestra salvación.
Las obras de misericordia son el banco más seguro y
rentable al que confiar el tesoro de nuestra existencia, porque en él, como
nos enseña el Evangelio, con “dos monedas” incluso una pobre viuda puede
convertirse en la persona más rica del mundo (cf. Marcos 12, 41-44).
San Agustín, a este propósito, dice: «Si dieses una libra de
bronce y la recibieses de plata, o la dieses de plata y la recibieras de oro,
te considerarías feliz. Lo que das se transforma realmente; se
convertirá para ti no en oro ni en plata, sino en vida eterna» (Sermón 390, 2).
Y explica por qué: «se transformará, porque te transformarás tú» (ibid..).
Y para entender lo que quiere decir, podemos pensar en una
mamá que abraza a sus hijos, ¿no es la persona más hermosa y rica del mundo? O
también dos novios, cuando están juntos, ¿no se sienten un rey y una reina? Y
podríamos poner tantos otros ejemplos.
Por eso, en la familia, en la parroquia, en la escuela y en
los lugares de trabajo, en cualquier lugar donde nos encontremos, intentemos no
perder ninguna ocasión para amar. Esta es la vigilancia que nos pide Jesús, habituarnos
a estar atentos, dispuestos, sensibles los unos con los otros, como Él lo
está con nosotros en cada instante.
Hermanas y hermanos, confiemos a María este deseo y este
compromiso.
Que ella, la Estrella de la mañana, nos ayude a ser, en un mundo
marcado por tantas divisiones, “centinelas” de la misericordia y de la paz,
como nos ha enseñado san Juan Pablo II (cf. Vigilia de oración para la XV
Jornada Mundial de la Juventud, 19 agosto 2000) y como nos han mostrado de una
manera tan hermosa los jóvenes que han venido a Roma para el Jubileo. Fuente:
Vatican. Va