12 de diciembre 2025. “Hagan lo que Él les diga” Homilía Papa León XIV. Basílica de san Pedro. Bienaventurada Virgen María de Guadalupe.
Queridos hermanos y hermanas:
En la lectura del Sirácida, se nos presenta una descripción poética de la Sabiduría, una imagen que halla su plena identidad en Cristo, «sabiduría de Dios» (1 Corintios 1,24), quien, llegada la plenitud de los tiempos, se hizo carne, naciendo de una mujer (cf. Gálatas 4,4).
En el Evangelio, escuchamos cómo María vive la dinámica
propia de quien permite que la Palabra de Dios entre en su vida y la transforme.
Como un fuego abrasador que no puede ser contenido, la Palabra nos impulsa a
comunicar la alegría del don recibido (cf. Jeremías 20, 9; Lucas 24,32). Ella,
alegre por el anuncio del ángel, comprende que el gozo de Dios se plenifica en
la caridad, y entonces va presurosa hacia la casa de Isabel.
Realmente las palabras de la Llena de gracia son «más dulces
que la miel» (Sirácida 24,27 NV). Basta su saludo para hacer exultar al niño en
el seno de Isabel, y ella, llena del Espíritu Santo, se pregunta: «¿Quién soy
yo para que la madre de mi Señor venga a verme?» (Lucas 1,43). Ese júbilo
desemboca en el Magníficat, donde María reconoce que su dicha proviene del
Dios fiel, que ha vuelto sus ojos hacia su pueblo y lo ha bendecido (cf. Samol
66,2) con una heredad más dulce que la miel en los panales (cf. Sirácida 24,20
NV); la presencia misma de su Hijo.
Durante toda su existencia, María lleva ese gozo allí
donde la alegría humana no basta, allí donde el vino se ha agotado (cf. Juan
2,3). Así ocurre en Guadalupe. En el Tepeyac, ella despierta en los habitantes
de América la alegría de saberse amados por Dios. En las apariciones de 1531,
hablándole a san Juan Diego en su lengua materna, ella declara que “mucho
desea” que se levante allí una “casita sagrada” desde la cual ensalzará a Dios
y lo pondrá de manifiesto (cf. Nican mopohua, 26-27). En medio de conflictos
que no cesan, injusticias y dolores que buscan alivio, María de Guadalupe
proclama el núcleo de su mensaje: «¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu madre?»
(ibíd., 119). Es la voz que hace resonar la promesa de la fidelidad divina, la
presencia que sostiene cuando la vida se vuelve insoportable.
La maternidad que ella declara nos hace descubrirnos hijos.
Quien escucha “yo soy tu madre” recuerda que, desde la cruz, al «aquí tienes a
tu madre» corresponde el «aquí tienes a tu hijo» (cf. Juan 19,26-27). Y como
hijos, nos dirigiremos a ella para preguntarle: “Madre, ¿Qué debemos hacer para
ser los hijos que tu corazón desea?”. Ella, fiel a su misión, con ternura nos
dirá: «Hagan lo que Él les diga» (Juan 2,5). Sí, Madre, queremos ser
auténticos hijos tuyos: dinos cómo avanzar en la fe cuando las fuerzas decaen y
crecen las sombras. Haznos comprender que contigo, incluso el invierno se
convierte en tiempo de rosas.
Acompaña, Madre, a los más jóvenes, para que obtengan de
Cristo la fuerza para elegir el bien y el valor para mantenerse firmes en la fe,
aunque el mundo los empuje en otra dirección. Muéstrales que tu Hijo camina a
su lado. Que nada aflija su corazón para que puedan acoger sin miedo los planes
de Dios. Aparta de ellos las amenazas del crimen, de las adicciones y del
peligro de una vida sin sentido.
Busca, Madre, a los que se han alejado de la santa
Iglesia: que tu mirada los alcance donde no llega la nuestra, derriba los
muros que nos separan y tráelos de vuelta a casa con la fuerza de tu amor.
Madre, te suplico que inclines el corazón de quienes siembran discordia hacia
el deseo de tu Hijo de que «todos sean uno» (Juan 17,21) y los restaures en la
caridad que hace posible la comunión, pues dentro de la Iglesia, Madre, tus
hijos no podemos estar divididos.
Fortalece a las familias: que, siguiendo tu ejemplo, los
padres eduquen con ternura y firmeza, de modo que cada hogar sea escuela de fe.
Inspira, Madre, a quienes forman mentes y corazones para que transmitan la
verdad con la dulzura, precisión, y claridad que nace del Evangelio. Alienta a
los que tu Hijo ha llamado a seguirlo más de cerca: sostén al clero y a la vida
consagrada en la fidelidad diaria y renueva su amor primero. Guarda su
interioridad en la oración, protégelos en la tentación, anímalos en el
cansancio y socorre a los abatidos.
Madre “del verdadero Dios por quien se vive”, ven en
auxilio del Sucesor de Pedro, para que confirme en el único camino que conduce
al Fruto bendito de tu vientre, a cuantos me fueron confiados. Recuerda a
este hijo tuyo, «a quien Cristo confió las llaves del Reino de los cielos para
el bien de todos», que esas llaves sirvan «para atar y desatar y para redimir
toda miseria humana» (S. Juan Pablo II, Homilía en Siracusa, 6 noviembre 1994).
Y haz que, confiando en tu protección, avancemos cada vez más unidos, con Jesús
y entre nosotros, hacia la morada eterna que Él nos ha preparado y en la que tú
nos esperas. Amén. Fuente e Imagen de Vatican. Va
