Lectura bíblica: “¡A aquel que es capaz de hacer
infinitamente más de lo que podemos pedir o pensar, por el poder que obra en
nosotros” a él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por todas las
generaciones y para siempre! Amén. (Efesios 3, 20-21).
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Vivimos este encuentro de reflexión en el último día del año
civil, cerca del final del Jubileo y en el corazón del tiempo de Navidad.
El año que ha pasado ha estado marcado por eventos
importantes: algunos felices, como la peregrinación de tantos fieles con
ocasión del Año Santo; otros dolorosos, como el fallecimiento del añorado Papa
Francisco y los escenarios de guerra que siguen devastando el planeta. Al
concluir el año, la Iglesia nos invita a poner todo frente al Señor,
encomendándonos a Su Providencia y pidiéndole que se renueven, en nosotros
y a nuestro alrededor, en los días venideros, los prodigios de su gracia y de
su misericordia.
En esta dinámica se inscribe la tradición del solemne canto
del Te Deum, con el que esta tarde agradeceremos al Señor por los beneficios
recibidos. Cantaremos: «Te alabamos, Dios», «Tú eres nuestra esperanza», «Que
tu misericordia esté siempre con nosotros». A este respecto, el Papa Francisco
observaba que mientras «la gratitud mundana, la esperanza mundana son
aparentes, […] aplastadas por el yo, por sus intereses, […] en esta
Liturgia se respira otra atmósfera diferente: la de la alabanza, del asombro,
del agradecimiento» (Homilía de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María
Santísima Madre de Dios, 31 de diciembre de 2023).
Y es con estas actitudes que hoy estamos llamados a meditar
sobre lo que el Señor ha hecho por nosotros el año pasado, así como también a
hacer un honesto examen de conciencia, a valorar nuestra respuesta a sus dones
y a pedir perdón por todos los momentos en los que no hemos sabido atesorar sus
inspiraciones e invertir mejor los talentos que nos ha confiado (cfr. Mateo
25, 14-30).
Esto nos lleva a reflexionar sobre otro gran signo que nos
ha acompañado en los meses pasados: el del “camino” y de la “meta”. Tantos
peregrinos han venido, este año, desde todas las partes del mundo, a rezar
sobre la Tumba de Pedro y a confirmar su adhesión a Cristo. Esto nos recuerda
que toda nuestra vida es un viaje, cuya meta última transciende el espacio y
el tiempo, para cumplirse en el encuentro con Dios y en la plena y eterna
comunión con Él (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1024).
Pediremos
también esto en la oración del Te Deum, cuando digamos: «Acógenos en tu
gloria en la asamblea de los santos». No en vano, San Pablo VI definía el
Jubileo como un gran acto de fe en «la espera de nuestros futuros destinos […]
que desde ahora anticipamos y […] preparamos» (Audiencia general, 17 de
diciembre de 1975).
Y en esta perspectiva escatológica del encuentro entre lo
finito y lo infinito se encuadra un tercer signo: el paso de la Puerta Santa,
que hemos hecho muchos, rezando e implorando la indulgencia para nosotros y
para nuestros seres queridos. Esto expresa nuestro “sí” a Dios, que con su
perdón nos invita a cruzar el umbral de una vida nueva, animada por la gracia,
modelada en el Evangelio, inflamada por el «amor al prójimo, en cuya definición
[está…] comprendido todo el hombre, […]
necesitado de comprensión, de ayuda, de consuelo, de
sacrificio, aunque sea un desconocido para nosotros, aunque sea molesto y
hostil, pero dotado de la incomparable dignidad de hermano» (S. Pablo VI,
homilía con ocasión del cierre del Año Santo, 25 de diciembre de 1975; cfr.
Catecismo de la Iglesia Católica,1826-1827). Es nuestro “sí” a una vida
vivida con compromiso en el presente y orientada a la eternidad.
Queridos, nosotros meditamos sobre estos signos en la luz de
la Navidad. San León Magno, al respecto, veía en la fiesta del Nacimiento de
Jesús el anuncio de una alegría que es para todos. «Que exulte el santo –
exclamaba –, porque se acerca la recompensa; que se alegre el pecador,
porque se le ha ofrecido el perdón; que recupere el ánimo el pagano, porque
está llamado a la vida» (Primer discurso para la Navidad del Señor, 1).
Su invitación hoy va dirigida a todos nosotros, santos por
el Bautismo, porque Dios se hizo nuestro compañero en el camino hacia la Vida
verdadera; a nosotros, pecadores, para que, perdonados, con su gracia podamos
levantarnos y volvernos a poner en marcha; y, por último, a nosotros, pobres y
frágiles, para que el Señor, haciendo suya nuestra debilidad, la ha redimido y
nos ha mostrado la belleza y la fuerza en su humanidad perfecta (cfr. Juan
1,14).
Por ello, quisiera concluir recordando las palabras con las
que San Pablo VI, al finalizar el Jubileo de 1975, describía el mensaje
fundamental: este, decía, se resume, en una palabra: “amor”. Y añadía: «¡Dios
es amor! Esta es la revelación inefable, de la que el Jubileo, con su
pedagogía, con su indulgencia, con su perdón y finalmente con su paz, llena
de lágrimas y de alegría, nos ha querido llenar el espíritu hoy y siempre la
vida mañana:
¡Dios es amor! ¡Dios me ama! ¡Dios me espera y yo lo he
encontrado! ¡Dios es misericordia! ¡Dios es perdón! ¡Dios, sí, Dios es la
vida!» (Audiencia general, 17 de diciembre de1975).
Que nos acompañen estos pensamientos en el paso entre el
viejo y el nuevo año y después siempre en nuestra vida. Fuente: Vatican. Va.

