8 de octubre 2025 “La resurrección no es un giro teatral”
Audiencia Papa León XIV La pascua de Jesús. Plaza de san Pedro.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera invitaros a reflexionar sobre un aspecto
sorprendente de la resurrección de Cristo: su humildad. Si recordamos los
relatos evangélicos, nos damos cuenta de que el Señor resucitado no hace
nada espectacular para imponerse a la fe de sus discípulos. No aparece
rodeado de huestes de ángeles, no hace gestos sensacionales, no pronuncia
discursos solemnes para revelar los secretos del universo.Al contrario, se
acerca discretamente, como un viandante cualquiera, como un hombre hambriento
que pide compartir un poco de pan (cf. Lucas 24,15.41).
María de Magdala lo confunde con un jardinero (cf. Juan
20,15). Los discípulos de Emaús creen que es un forastero (cf. Lucas 24,18).
Pedro y los demás pescadores creen que es un simple transeúnte (cf. Juan 21,4).
Habríamos esperado efectos especiales, signos de poder, pruebas abrumadoras.
Pero el Señor no busca eso: prefiere el lenguaje de la proximidad, de la
normalidad, de la mesa compartida.
Hermanos y hermanas, en esto hay un mensaje precioso: la
Resurrección no es un giro teatral, es una transformación silenciosa que llena
de sentido cada gesto humano. Jesús resucitado come una porción de pescado
delante de sus discípulos: no es un detalle marginal, es la confirmación de que
nuestro cuerpo, nuestra historia, nuestras relaciones no son un envoltorio para
tirar. Están destinados a la plenitud de la vida. Resucitar no significa
convertirse en espíritus evanescentes, sino entrar en una comunión más profunda
con Dios y con nuestros hermanos, en una humanidad transfigurada por el amor.
En la Pascua de Cristo, todo puede convertirse en gracia.
Incluso las cosas más ordinarias: comer, trabajar, esperar, cuidar de la casa,
apoyar a un amigo. La Resurrección no resta vida al tiempo y al esfuerzo, sino
que cambia su sentido y su "sabor". Cada gesto realizado en gratitud
y comunión anticipa el Reino de Dios.
Sin embargo, hay un obstáculo que a menudo nos impide
reconocer esta presencia de Cristo en lo cotidiano: la pretensión de que la
alegría debe ser sin heridas. Los discípulos de Emaús caminaban tristes
porque esperaban otro final, un Mesías que no conociera la cruz. A pesar de
haber oído que la tumba está vacía, son incapaces de sonreír. Pero Jesús está a
su lado y, con paciencia, les ayuda a comprender que el dolor no es la
negación de la promesa, sino el modo en que Dios ha manifestado la medida de su
amor (cf. Lucas 24, 13-27).
Cuando por fin se sientan a la mesa con Él y parten el pan,
se les abren los ojos. Y se dan cuenta de que su corazón ya ardía, aunque no lo
sabían (cf. Lucas 24, 28-32). Esta es la mayor sorpresa: descubrir que bajo
las cenizas del desencanto y del cansancio siempre hay un rescoldo vivo, a la
espera de ser reavivado.
Hermanos y hermanas, la resurrección de Cristo nos enseña
que no hay historia tan marcada por el desengaño o el pecado que no pueda ser
visitada por la esperanza. Ninguna caída es definitiva, ninguna noche es
eterna, ninguna herida está destinada a permanecer abierta para siempre. Por
distantes, perdidos o indignos que nos sintamos, no hay distancia que pueda
apagar la fuerza infalible del amor de Dios.
A veces pensamos que el Señor sólo viene a visitarnos en
momentos de recogimiento o de fervor espiritual, cuando nos sentimos con
fuerzas, cuando nuestra vida parece ordenada y luminosa. En cambio, el
Resucitado se acerca en los lugares más oscuros: en nuestros fracasos, en las
relaciones desgastadas, en los trabajos cotidianos que pesan sobre nuestros
hombros, en las dudas que nos desaniman. Nada de lo que somos, ningún fragmento
de nuestra existencia le es ajeno.
Hoy, el Señor resucitado viene junto a cada uno de nosotros,
tal como recorremos nuestros caminos -los del trabajo y el compromiso, pero
también los del sufrimiento y la soledad- y con infinita delicadeza nos pide
que nos dejemos calentar el corazón. No se impone con clamores, no exige
ser reconocido inmediatamente. Con paciencia espera el momento en que nuestros
ojos se abran para ver su rostro amigo, capaz de transformar la decepción en
confiada espera, la tristeza en gratitud, la resignación en esperanza.
El Resucitado sólo desea manifestar su presencia, hacerse
nuestro compañero de camino y encender en nosotros la certeza de que su
vida es más fuerte que cualquier muerte. Pidamos, pues, la gracia de reconocer
su presencia humilde y discreta, de no esperar una vida sin pruebas, de
descubrir que todo dolor, si es habitado por el amor, puede convertirse en
lugar de comunión.
Y así, como los discípulos de Emaús, también nosotros
volvemos a nuestras casas con un corazón que arde de alegría. Una alegría
sencilla, que no borra las heridas, sino que las ilumina. Una alegría que nace
de la certeza de que el Señor está vivo, que camina con nosotros y nos da en
cada momento la posibilidad de recomenzar. Fuente e Imagen de Vatican. Va
